Cántame... una canción de amor (Capítulo 03)

viernes, 4 de septiembre de 2015

CANCIÓN 03

Lucía

El día siguiente amaneció fabuloso.
Nos habíamos despertado temprano, y aunque nuestros relojes internos nos indicasen que ya era cerca del mediodía, en California no eran más de las ocho de la mañana. Estaba famélica.
Karen entró a la habitación que yo compartía con mi madre y me invitó:
—¿Qué tal un paseo por la playa?
—¿Hace frío? —pregunté curiosa, para saber cómo vestir a Jamie.
—No. Se supone que estamos en la más cruda etapa del invierno norteamericano pero hace más de 16 grados, es un día increíble. Mateo y Lucas ya están jugando fútbol en la playa con Orlando.
—Perfecto, termino de vestir a mi precioso —le hice cosquillitas en la pancita, el rio feliz—, desayunamos y podemos salir a pasear.
—Pasaremos por la casa de Geral y Phil para ver si ya despertaron —le dio un beso en la frente a mi bebé—, los espero abajo.
Asentí y abrigué a Jamie.
Mami, tete —me pidió con impaciencia, quería su leche.
—¡Claro! Arriba, campeón —le dije. Él me extendió sus bracitos, sonriendo.
Mamá ya estaba en la cocina preparando el desayuno. Por suerte Phil había llenado la heladera, así que no teníamos que ir al supermercado, por lo menos por unos días.
—¿A qué hora llega Alice? —pregunté sentándome en el desayunador para darle el desayuno a Jamie.
Mi hermana venía de Utah con su marido Peter y la pequeña Sheyla de 20 meses. Estábamos llenos de bebés en nuestra familia, al parecer todos nos habíamos divertido casi al mismo tiempo. Maurice tenía 19 meses y Jamie 15.
Habíamos dejado vacía la habitación de planta baja para ellos. Los tres dormitorios de planta alta los ocupábamos: mamá y yo, Karen y su marido, y el último todos los niños, incluyendo a Jamie, porque había varias camas cuchetas y una cuna, que probablemente tuviera que compartir con su prima.
Era la primera vez en años que esa casa estaba tan llena.
—Me imagino que habrán salido bien temprano, así que llegarán cerca del mediodía— contestó mi madre, y me sirvió gofres.
Gozamos de una preciosa mañana al aire libre.
La primera vez que pasamos frente a la casa de Geral y Phil un taciturno guardaespaldas nos informó que todavía no habían bajado de los dormitorios, así que seguimos caminando. Cuando volvimos de nuestro paseo una hora después, la familia entera estaba desayunando.
Disfrutamos del encuentro entre los dos primitos. Los sentamos en la alfombra de la sala con algunos juguetes, y fue fantástico verlos reconocerse, tocarse las caritas y balbucear incoherencias entre ellos, como si de verdad tuvieran una conversación de adultos. Eso duró exactamente cinco minutos, porque a continuación empezaron a pelear y a lloriquear por un dinosaurio que los dos querían.
Yo estaba deleitándome con mi princesa, hacía meses que no la veía. Nos sentamos en el sofá frente a los niños, ella en mi regazo, y abrazadas conversamos sobre todo lo que había hecho. Paloma iba a un colegio especial en California, para estudiantes con "altas capacidades", era algo así como una niña genio. Inteligentísima.
Phil tuvo que intervenir en la segunda pelea entre los dos bebés. Se sentó en la alfombra con ellos y con dulzura, palabras simples y suaves los regañó por pelear. Jamie lo miraba con sus ojazos pardos abiertos como platos, ya que no estaba acostumbrado a la autoridad masculina. Maurice al instante se subió a su regazo.
Tento, papi —se disculpó.
Aparentemente Jamie no quiso quedarse atrás.
Papi —anunció él también y se subió a la otra pierna de mi hermano, quién lo acogió con ternura y lo llenó de besos.
Me paralicé. Nunca, nunca antes había dicho esa palabra.
¡Papi mííío! —se enojó Maurice.
—Vamos, Mauri… no seas malo con tu primo —lo regañó Phil—. Papi tiene un corazón muy grande —le dio un beso ruidoso en su cuello—, y los ama a tooooodos por igual —anunció besando de la misma forma a Jamie, que rio feliz.
¡Papi! —anunció de nuevo mi bebé abrazando a mi hermano.
De repente toda la atención estaba fija en mí. Llevé mi mano a la boca. Sentía que mis ojos me pesaban, que estaba a punto de llorar, pero yo no hacía eso, no lloraba frente a mi familia… nunca. Me levanté, y disimuladamente salí a la galería. Si alguien se dio cuenta, no dijo nada… ni siquiera me siguieron, menos mal.
Caminé hacia la piscina, y lagrimeando me apoyé en la barandilla de madera mirando hacia el horizonte. Suspiré, pensando en que tenía que idear una historia verosímil que contarle a mi niño sobre su padre, quizás pronto empezaría a hacer preguntas… y yo aún no tenía respuestas.
Un ruido llamó mi atención al costado.
Miré hacia la casa del vecino y vi salir a un hombre al balcón, solo vestía un bóxer blanco de algodón ajustado al cuerpo. Me quedé muda e inmóvil.
¡Por Dios, era Jared! ¿Jared era vecino de Phil?
Ni siquiera me di cuenta que lo miraba embobada, se desperezó sin pudor alguno y bostezó. Luego miró su reloj y abrió enormemente sus ojos, al parecer asustado por la hora. Sin percatarse de mi presencia, volvió a entrar a la habitación corriendo y lo perdí de vista.
Recién ahí pude reaccionar, pero en vez de entrar a la casa caminé apresurada hacia la escalera que daba a la playa y me senté allí. Estaba demasiado alterada como para ver a mi familia en ese momento. Mi hijo acababa de llamar «papi» a mi hermano y el «papi» de mi hijo hizo su aparición segundos después como por arte de magia… ¿no era eso algún tipo de advertencia del destino?
Cerré mis ojos, y como la idiota que era, volví a recordarlo desperezándose en el balcón, con su tatuaje moviéndose junto con los músculos de su pecho, en perfecta sincronía. ¡Oh, Santo Cielo! Tenía un físico perfecto. Era alto y delgado, pero totalmente esculpido, como si fuera de mármol. Esa imagen se mezcló de repente con otras del pasado, y por primera vez desde nuestro encuentro hacía dos años, me permití rememorar lo que había pasado:

«No me beses», empecé con exigencias. Frunció el ceño.
«Fóllame duro y rápido», seguí con mis exigencias. Al parecer esta última le había gustado. Me levantó del piso y salió del ascensor riendo y casi embistiendo a una pareja que iba a entrar. Si no hubiera estado tan nerviosa, habría incluso disfrutado de su apuro.
—Hola, Hetera —saludó al entrar a la habitación—. ¿Estás lista?
—Ho-hola… —balbuceé— lista y…
No me dejó continuar, simplemente me tomó en sus brazos, cerró la puerta con uno de sus pies y me empujó contra ella. Me aferré a sus hombros con las mismas ansias y correspondí a su pasión, metiendo una de mis manos entre las suaves hebras de su pelo y con la otra le acariciaba la espalda sobre la camisa.
Él levantó mi falda y bajó mis bragas, hundiendo sus dedos dentro de mi calor, uno, luego otro, sacando y metiendo, excitándome, comprobando que estuviera preparada.
—Ay nena, estás tan mojada y caliente. Déjame tomarte ahora.
—Por favor, hazlo… no puedo aguantar más —mentí.
¿Iba a ser tan fácil? Apuro = olvido = no condón. Sonreí feliz.
No necesité pedírselo dos veces, sacó su duro miembro y se introdujo en mí con un solo movimiento rápido y certero. Entonces empujó profundamente sin que en ningún momento sus manos dejaran de tocar mis pliegues. Yo grité contra su cuello mientras un profundo gemido escapaba de él.
Me tenía atrapada contra la puerta de acceso, y nos movíamos al unísono, levanté una de mis piernas para darle mayor acceso y lo apreté contra mí con el talón, mientras metía las manos dentro de su camisa, acariciaba la piel de su espalda y lo arañaba con mis uñas.
La lengua de él recorría mi cuello y mi oreja, sus dientes me mordisqueaban y sus manos se movían apretando, acariciando mis pechos sobre el vestido y alrededor de mi cintura. Me arqueé contra él, había logrado que incluso mis muslos se mojaran. ¿Cómo lo hizo? Negué con la cabeza, porque las sensaciones eran extrañas para mí. Él empujó hacia arriba, y yo gemí cuando me elevó contra la puerta. El pulso palpitante entre mis piernas se intensificó, ahogándose con el latido de mi corazón.
¿Qué mierda ocurría?
Sus ojos me miraron sonrientes, y ardieron en los míos, él empujó otra vez, acariciando con sus dedos mi pequeño capullo de nervios. Mi cuerpo entero comenzó a sacudirse y abrirse. Sentí que todo dentro de mí iba a romperse.
Me asusté.

—¿Estás bien, cielo?
—¡Oh! —me sobresalté y casi me resbalé del escalón donde estaba sentada—. Aníbal, me asustaste —lo regañé.
Suspiré y cerré mis ojos, porque todavía estaba excitada solo con recordar esa noche hacía dos años. Mi amigo se sentó a mi lado y me abrazó, apoyé la cabeza en su hombro y volví a suspirar.
Aníbal era el mejor amigo de Phil, y siempre fue mío también, incluso cuando éramos niños. Pero desde que mi hermano se había trasladado a los Estados Unidos a vivir y él se hizo cargo de suplirlo en la agro-ganadera fuimos estrechando aún más nuestra amistad, hasta llegar al punto de ser la única persona a la que permitía ciertas libertades como opinar sobre mis decisiones –aunque no le hiciera caso– o… tocarme.
—¿Te sorprendió, no?
—¿Qu-quién? —balbuceé, creyendo que hablaba de Jared.
—Jamie, al decirle «papi» a Phil.
—Mmmm, en teoría debería estar preparada, pero sí… me tomó de sorpresa —él besó mi pelo, cerca de mi frente—. No sé qué voy a hacer el día que tenga que enfrentarme a sus preguntas.
—Ya sabes mi parecer al respecto.
Sí, lo sabía… él quería que le contara la verdad, incluso al donador de esperma.
Su opinión era importante para mí, porque era el único amigo varón que tenía. Pero no estaba de acuerdo, así que me levanté de un salto y caminé hacia la casa. Me volteé para ver si me seguía y no reconocí la expresión de su mirada. ¿Acaso era… reproche? ¿Crítica?
Me encogí de hombros. Como siempre, no tomaba en cuenta la opinión de los demás, así que… ¡que se fuera al infierno!
Yo sabía lo que tenía que hacer.
Meta a corto y largo plazo: evitar la casa de Geral y Phil, en lo posible.

*****

Jared

¡Oh, por Dios! Caroline era divertidísima.
Luego de una espectacular cena temprana en casa, preparada por ella, la llevé a una fiesta en la casa de un amigo. Una de esas reuniones llenas de glamour y sofisticación, repleta de estrellas de Hollywood y otros rostros anónimos pero con tanta influencia y poder, que uno solo de sus movimientos o palabras podían hundir a más de un ilustre astro del firmamento hasta convertirlo en… estrellado.
¿Y qué hizo ella? Los tuvo comiendo de su mano toda la noche… con su gracia, simpatía y desenfado.
Podía haber llevado a Caroline a la casa de Geral, ellos festejaban lo que Phil llamaba la "Nochebuena", al parecer era una costumbre sudamericana cenar esperando la medianoche. Incluso creo que uno de ellos se disfrazaba de Papá Noel para entregarles los regalos a los niños. Preferí dejar que los Logiudice disfrutaran de su intimidad.
La verdad, me hubiera gustado estar allí, la calidez de esa familia me hacía sentir bien, como si fuera uno de ellos. Pero yo tenía un efecto negativo en Lucía –no sabía el motivo–, y no quería incomodarla, no cuando era tan poco lo que se veían, dos o tres veces al año.
—Jared… estoy cansada —dijo mi madre en mi oído—. Si deseas quedarte yo tomaré un taxi.
—Pensé que te estabas divirtiendo —retruqué abrazándola.
—Claro que sí, cariño… pero fue un día agotador —me miró sonriente—, ya no tengo tu edad, dame un respiro —acarició mi mejilla.
—Te llevo, Caroline…
—No hace falt….
—Te llevo y punto —la interrumpí mirándola muy serio.
Bien. Se calló. Menos mal, me conocía.
Hicimos en trayecto desde Hollywood Hills hasta Malibú casi en silencio, escuchando la suave melodía de Queens de fondo. Primero nos reímos del despiste de muchos, que creyeron que ella y yo éramos pareja y comentamos que no sería la primera vez que sacaran una foto nuestra en los periódicos o revistas publicando estupideces como: «La nueva conquista "antigua" de Jared Moore», o… «¿A Jared Moore le gustan las maduritas?». Luego Caroline bostezó y se quedó callada, entramos al garaje con ella cabeceando de sueño.
Vi al llegar a mi casa que la de Geral y Phil estaba todavía completamente iluminada. Uno de sus mastodontes estaba en la puerta, y suponía que el otro en la terraza, esperaba que no me prohibiera la entrada, porque iría a saludarlos.
Despedí a mi somnolienta madre con un beso y salí a la calle, sentía mi corazón latir descontrolado al acercarme. ¿Por qué? No tenía idea, pero una imagen apareció en mi subconsciente: Lucía. Cuando llegué a la puerta de entrada vi que era Enzo el que estaba allí. Todo bien, era el guardaespaldas más accesible. Lo saludé, le deseé feliz Navidad y entré.
Geraldine –que estaba sentada en una butaca del desayunador al lado de Phil– pegó un gritito, se levantó y corrió hacia mí cuando me vio. La recibí gustoso en mis brazos, se colgó de mi cuello y me abrazó, riendo le di una vuelta entera y la bajé al piso.
—¡Feliz Nochebuena, mi pelirroja!
Y empecé a saludar a todos, la familia en pleno estaba allí, menos los niños, supuse que ya habían ido todos a dormir. Algunos de los adultos estaban sentados en la sala, otros en la galería y los demás conversando en la terraza. Fruncí el ceño. La que estaba en la terraza era Lucía, muy cerca de… de… enfoqué la vista para ver bien… ¿Aníbal? ¿Era él quién la estaba abrazando?
Lo admito, verla tan cerca de otro hombre aunque fuera su supuesto "casi hermano" me cayó mal, muy mal. ¿Por qué? No reconocí el sentimiento y tampoco quería hacerme esas preguntas, porque nada referente a ella tenía coherencia para mí. Era una harpía, insoportable, desagradable, con un pésimo carácter. La antítesis de lo que a mí me gustaba en una mujer, sin embargo… me atraía como una flor a una abeja.
Resistí la tentación de acercarme a ella.
Después de saludar a Geral, a Phil, a Karen y su esposo Orlando continué hacia la sala para hacer lo mismo con la madre de mi tormento.
—¡Stella! Que gusto verte… —la abracé fuerte y le llené de besos. Adoraba a la mamá de Phil, era una mujer madura, hermosa, de carácter fuerte pero a la vez amorosa. Una madre moderna que supo educar a sus hijos. La había conocido dos años atrás cuando fui de gira a su país. Y nos habíamos visto un par de veces más aquí en California cuando vino a visitar a sus hijos y nietos.
Su hija menor, Alice, estaba con ella junto a su esposo Peter. También los saludé a ambos y me senté al lado de ella para conversar.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó acariciándome la mejilla— ¿Cómo te trata la música? ¿Siempre triunfador?
—Eso espero —y sonreí—, te mandé unos discos compactos... ¿los escuchaste?
—¡Ahhh, claro que sí! Me sé las letras de memoria… ¿quieres que te las cante? —y empezó a tararear La muchacha de ojos grises, una de las melodías, la que le había hecho a Geral hacía unos años. Era una de las más lentas que tenía y la preferida de las mujeres.
Todos reímos a carcajadas.
—Mi madre está aquí, Stella… —le conté— mañana te la presentaré. Bueno, hoy —dije mirando mi reloj. Ya era más de las una de la madrugada—, cuando se despierte. Estaba muy cansada por el viaje, y además la llevé a una fiesta. Así que… se fue a la cama apenas llegamos.
—¡Ah, qué bueno! Geral habla maravillas de ella… me encantaría conocerla.
—Estoy seguro que se llevarán muy bien.
Y seguimos conversando entre todos. Geral se acercó en ese momento y se sentó a mi lado, la abracé también a ella y empezamos a bromear.
Pero mis ojos se disparaban a cada rato hacia la terraza. ¡Idiota! Lucía seguía allí conversando íntimamente con Aníbal. Al parecer no me había visto todavía. Suspiré al verla tan relajada, incluso sonriente. ¿Por qué no podía conseguir que se sintiera así conmigo? Yo era un tipo alegre, simpático, las mujeres por lo general caían rendidas a mis pies.
Menos ella. Mierda.
En ese momento mandó su cabeza hacia atrás y rio a carcajadas. Observé embobado su cuello de cisne y recordé otro momento y otro lugar en el cuál ella hizo lo mismo, aunque sin reír.

Yo la tenía apretada entre mi cuerpo y la puerta de acceso a la habitación del hotel, envolviéndola con uno de mis brazos en su cintura y con la otra mano acariciaba su clítoris mientras mi polla entraba y salía de ella a un ritmo frenético. Una de sus piernas me envolvía, apretándome las nalgas sobre el pantalón.
—¡Oh, Jared… sí, sí…! —y envió su cabeza hacia atrás.
Vi su precioso cuello rogándome que la besara y no pude resistirlo, pasé mi lengua a lo largo y la llevé hasta su oreja, mordí su lóbulo y respiré en ella, susurrándole suaves palabras al oído.
—Eres tan hermosa, tan cálida, tan apretada. Córrete para mí, quiero verte. Necesito tu placer, que será el mío.
En ese momento me miró confundida y gimió, se balanceó, tembló e hizo todo lo correcto, menos lo que realmente debía hacer.
¿Acaso pensaba que yo era un idiota?

Alguien me sacudió. Me sobresalté.
—¡Jared! Estás en la luna —dijo Geral riendo y volteó a observar hacia donde yo aparentemente estaba mirando. Frunció el ceño.
—Lo siento… —carraspeé— ¿qué decías, pelirroja?
Vi que Lucía también nos miró desde la terraza. Parecía sorprendida. Aníbal también volteó hacia donde estábamos y sonrió, le dijo algo a su amiga, ella negó y lo empujó, como mandándolo hacia donde yo estaba.
Mientras Aníbal se acercaba, me levanté del sofá para saludarlo.
Nos dimos un gran abrazo, el mejor amigo de Phil me caía muy bien. Habíamos viajado juntos dos años atrás y varias veces se coló conmigo en alguna fiesta que me invitaron durante la gira, él estaba con su novia de turno y yo solo. Geraldine y Phil cuidaban a Paloma, así que no podían salir con nosotros, pero recuerdo una o dos locuras que llegamos a hacer juntos, incluso compartir a su amiga colorida, que si mal no recuerdo se llamaba, mmmm…
—¿Qué tal, amigo? ¿Y… eh, Macarena? —menos mal que recordé su nombre.
—Bien, todo bien. Maca también, aunque jugando a "tener novio" —lo enfatizó con los dedos—, nos vemos menos que antes… ¿y tú?
Seguimos conversando mientras yo no perdía de vista a Lucía. La vi caminar disimuladamente hacia Phil que había salido a la terraza y decirle algo al oído. Su hermano lo negó, ella se resistió ceñuda, le puso las manos en los hombros y lo hizo sentarse en el sofá de la galería. ¡Oh, esa mujer sí tenía carácter!
Se acercó hacia la baranda de madera del lado opuesto a donde anteriormente estaba y le pidió fuego al guardaespaldas. Encendió un cigarrillo y se alejó de él.
La gente a mi alrededor hablaba… ¡quién sabe de qué! Yo solo sonreía sin escuchar, asentía como idiota y no dejaba de mirar de soslayo a esa diosa vestida con jeans ajustados que avanzaba despacio hacia las escaleras.
Aunque disimuladamente… ¡se iba!
Tardó unos diez minutos –lo que le duró el cigarrillo– para decidirse a bajar las escaleras. Y la perdí de vista.
Me excusé rápidamente con todos alegando cansancio, le prometí a Geral pasar al día siguiente para darles los regalos a la princesa y a mi ahijado, y prácticamente corrí hacia la playa.
Eran 200 metros hasta su casa, así que no debía estar lejos.
Bajé las escaleras tan rápidamente que casi tropecé, por suerte eran los últimos escalones, salté, me arrodillé y me así de la baranda. Al instante me puse de pie y la seguí.
¡Oh, mierda… yo y mi ceguera nocturna!
No veía un carajo.

Continuará...

Cántame... una canción de amor (Capítulo 02)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

CANCIÓN 02


Lucía

Miré a mi bebé con ternura.
Hacía horas que estaba durmiendo en mis brazos. En California podía ser solo las 20:00 hs. pero para nosotros ya era más de medianoche. Miré a mi familia desperezándose, algunos se habían quedado dormidos y despertaron cuando la azafata anunció que estábamos aterrizando.
—Arriba, hija —dijo mi madre sonriendo.
—Mmmm, sí —acepté y me levanté para tomar el bolso de bebé que estaba guardado en el maletero arriba nuestro. Era lo único que había subido a la cabina, le pasé a mi madre su cartera. Jamie ni se inmutó con el movimiento, siguió durmiendo de lo más campante en el morral para bebés sobre mi pecho.
Luego de hacer los trámites de aduana mi cuñado recogió todos nuestros tiquetes de las maletas y fue en busca de ellas.
—Vayan, chicas… seguro Geral y Phil están esperando afuera. Yo me encargo —dijo el buenazo de Orlando, marido de Karen. Aníbal lo acompañó.
Ok. A veces… y solo a veces… los hombres podían servir para algo. Lucas y Mateo, sus hijos, nos siguieron, se los veía somnolientos y malhumorados.
Karen pegó un gritito y se escabulló a un costado en un free shop. Sonreí y la seguí, sabía perfectamente qué era lo que había encontrado. Se volvía loca por los caramelos Jelly Belly Dr. Pepper que en Paraguay no llegaban. Mientras los estaba comprando miré hacia la puerta de salida y vi a lo lejos a Phil y a Geral con Maurice en brazos… ¿y mi princesa dónde estaba?
Me quedé muda y estática, como si por mi cuerpo hubiera circulado un frío polar que me dejó helada. Las puertas corredizas se cerraron detrás de mi madre y mis sobrinos, pero la imagen de ÉL… –sí, era él con Paloma sobre sus hombros– todavía perduraba en mi retina.
Cuando pude recuperarme del susto solo atiné a desatar a mi bebé de mi pecho.
—Karen, por favor… toma a Jamie —se lo di temblando, él siguió durmiendo como si nada—, voy al baño.
Y me escabullí bajo la mirada atónita de mi hermana.
Llegué al sanitario como una autómata, creo que hasta tropecé con dos maletas, no lo recuerdo. Entré a un box y me apoyé en la mampara respirando entrecortada.
Sabía que volvería a verlo alguna vez, y estaba segura que estaría en el casamiento, pero no me imaginaba que el encuentro sería tan rápido, apenas al llegar. ¡Oh, Dios Santo! No estaba preparada.
No sé cuánto tiempo estuve dentro del box, pero me obligué a salir.
Me miré en el espejo.
Madre Santa, parecía un cadáver, estaba blanca pálida, sin nada de color en mis mejillas… probablemente del susto. Me salpiqué un poco de agua en la cara, me sequé con las toallitas de papel y busqué mi lápiz de labios en el bolso de Jamie. Me los pinté… ¡oh, era peor! El rojo de mis labios hacía que mi piel pareciera más pálida aún. Me pasé el papel en los labios y lo esparcí por mis mejillas.
Quedó mejor.
Pero… ¿qué mierda estaba haciendo? ¿Arreglándome para quién? ¿Es que de repente me había vuelto loca? Bufé y salí del baño enojada conmigo misma. Ese sentimiento reemplazó a mi desconcierto, por suerte.
Caminé más segura de mí misma.
Nada pasaría, nada… era imposible.
No vi a nadie al salir, todos se habían ido… ¿eh? ¿Se olvidaron de mí? Caminé hacia la salida, pero en ese momento Lucas me estiró del pantalón.
—Te estamos esperando afuera, tía —dijo mi precioso sobrino de 10 años.
Le di la mano sonriendo y me llevó hacia donde estaban tres camionetas estacionadas. Paloma bajó de una de ellas y corrió hacia mí gritando:
—¡Me voy con tía Lucy! —saltó encima mío y se prendió de mi cuello.
Luego de llenarla de besos, me acerqué a la primera camioneta y saludé a Phil, a Geral, vi a Aníbal y a Maurice a punto de dormirse en la sillita pata bebés. Con el guardaespaldas no había lugar, estaba llena. Fui a la segunda y también estaba llena, vi a mi bebé en brazos de Karen. Perfecto, allí estaría mejor.
¡Y ocurrió lo que me temía! Miré con los ojos entornados al tercer vehículo de la fila y vi que ÉL se bajó y me abrió la puerta del acompañante sonriendo con cara de pícaro. Típico.
—Bienvenida, Luciérnaga… su carruaje las espera, princesas.
Y nos hizo una reverencia exagerada.
Paloma aplaudió contenta y seguida de Lucas subieron detrás, no pude evitar ocupar el asiento del acompañante. Si me negaba solo pasaría por una maleducada y además le daría demasiada transcendencia al asunto.
Jared me tomó de la mano para que pudiera subir, sentí una corriente eléctrica solo con ese ligero toque. Por lo visto, él también lo percibió, porque me apretó los dedos y sonrió complacido. Luego llevó mi mano a su boca y la besó.
Ok. Me mojé, lo sentí… percibí el flujo entre mis piernas… ¿qué mierda tenía este hombre que podía lograr ese efecto instantáneo en mí?
Miedo, me dije a mi misma. No, en realidad era terror, ese era el poder que Jared Moore tenía sobre mí. Me aterrorizaba. Pero él no lo sabía, y no permitiría que lo supiera, no podía dejar que tuviera ese poder sobre mí.
Suspiré y cerré los ojos.
De repente sentí que me sacudían ligeramente.
—¿Dónde estás, en la luna? —preguntó Jared— Ponte el cinturón, Luciérnaga.
Lucas y Paloma rieron detrás al escuchar el apodo.
—No me llames así —le ordené altanera.
Los chicos empezaron a conversar y a reír. Mi niña me hizo preguntas, estuvimos hablando un rato, y de repente nos quedamos en silencio. Podía escuchar susurros y risitas detrás, pero nada más.
Jared conducía en silencio. Aproveché para mirarlo de reojo.
Se había sacado el gorro con el cuál pretendía pasar desapercibido en el aeropuerto y tenía su cabello recogido en una coleta baja. ¡Y llevaba gafas! Incluso con ellas y su nariz aguileña, su perfil era perfecto… sin duda alguna era un hombre muy atractivo sin ser excesivamente guapo. Podía ver una porción del tatuaje de su pecho debajo de la camisa semi abierta. Nunca me gustaron los tatuajes, pero el suyo era especial, lo recordaba perfectamente.
Cerré mis ojos y pensé en la única vez que estuvimos juntos, la sensualidad al recorrer los dibujos de su cuerpo con mis manos, sus gemidos cuando lo rocé con la lengua, sus suspiros cuando mis uñas lo acariciaron. El extraño tatuaje le cubría uno de los pechos, un brazo hasta cerca de la muñeca y la mitad de su espalda. Era un intrincado dibujo arabesco, creí ver un nombre escrito en él, pero no recuerdo bien.
Agité mi cabeza y suspiré.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
—No —y miré hacia atrás—. Mmmm, se durmieron —dije observando a los niños y sonriendo con ternura.
—Tienes una sonrisa preciosa… ¿por qué será que solo la he visto cuando miras a tu sobrina?
—Ella es mi sol —susurré y cambié de tema—. ¿Falta mucho para llegar?
—¿Acaso no conoces Los Ángeles? —preguntó asombrado.
—Hace como 9 años que no vengo… ya ni me acuerdo —me encogí de hombros.
—El Aeropuerto está en Inglewood, son cerca de 30 millas hasta Malibú, no hay mucho tráfico… en media hora llegamos.
A partir de ahí el pobre hombre intentó conversar, realmente hizo el esfuerzo pero mis respuestas eran monosilábicas. A los diez minutos se cansó y se quedó en silencio. Puso una suave música de fondo.
Cuando llegamos frente a casa Phil y Geral solo estaban esperando a Paloma para irse. La levantaron dormida y se despidieron. Todos ya habían entrado, incluso mi hermana con Jamie. ¡Bendición! Orlando levantó a Lucas en brazos y lo llevó dentro.
—Eh, bueno… —amagué con entrar— gracias por traernos.
Me tomó de la mano para evitar que me moviera mientras se sacaba las gafas y las guardaba en el bolsillo de su camisa. ¡Oh, no! De vuelta la corriente eléctrica. Balbuceé algo… ¡quién sabe qué! Mi corazón se paralizó. Cuando me di cuenta, estaba a dos centímetros de su cuerpo. ¿Cómo llegué allí?
—Parece que hay sobre población en tu casa… —acarició las palmas de mis manos con sus pulgares— ¿habrá lugar para ti?
¿Eh? Oh… no… sí… qué se yo… ¡auxilio!
—¿Te comió la lengua el gato? —acercó su cara y me susurró al oído— En mi casa hay lugar de sobra, tengo una cama muy amplia. ¿Te imaginas la fabulosa semana que podríamos pasar juntos? —mordió mi oreja. Casi me derrito— ¿Alguna vez piensas en nuestra noche juntos, Candy? —y subió sus manos por mis brazos.
Candy. Todas las alarmas se encendieron.
Yo respiraba agitada, pero tomé aire y lo empujé con todas mis fuerzas.
—Ve a masturbarte solo en tu amplia cama —me alejé de él—. Y nunca, nunca más vuelvas a tocarme… ¡¿escuchaste?!
Di media vuelta y me metí a la casa.
Antes de cerrar la puerta en sus narices lo vi apoyado sobre su camioneta con las manos cruzadas, y sonriendo… ¡sonriendo!

*****

Jared

¡Oh, mierda! Esa mujer era fascinante.
Se hubiera derretido en mis brazos si no cometía la estupidez de pronunciar ese nombre ficticio con el que se presentó la noche que nos conocimos.
Suspiré y pensé en ella durante el camino hasta casa.
Y seguí pensando en ella mientras me desnudaba para acostarme.
Mi capricho con Lucía no era solo por el hecho de haberme rechazado. No era la primera que lo hacía, y no sería la última, aunque tampoco fueron muchas. En definitiva no era solo «algo que no podía conseguir», sino que era algo que ya había conseguido y deseaba más… no podía entender por qué no quería volver a experimentar lo mismo siendo que nuestra noche juntos fue realmente fabulosa, memorable… inolvidable.
No era fácil que una mujer o una situación me sorprendieran, había vivido tantas experiencias y tan diferentes que ya todo me sabía igual. Y ella tampoco lo hizo… no me sorprendió, pero sí me conmovió profundamente. ¿Por qué? Porque vi una mezcla increíble de antípodas en ella. Por un lado tenía una técnica impecable como si hubiera estudiado sus movimientos, sin embargo en ciertas situaciones la noté casi… inocente. Parecía como si quisiera empezar y terminar rápido, pero cuando logré descontrolarla –algo que no fue fácil– fue como si me hubiera entregado su alma entera en cada gemido, cada suspiro, cada beso… que en un principio –hace ya casi dos años– me negó.

—¡No lo hagas!
—¿Q-qué? —le pregunté confundido en el ascensor camino a mi habitación.
Estábamos solos, y la tenía apoyada contra el espejo, con mi cuerpo entero cubriéndola como un manto.
—No me beses —susurró volteando la cara.
—Bien, sin besos —acepté frunciendo el ceño.
Y le recorrí el cuello con mi boca hasta llegar a su oreja, sentí su estremecimiento al respirar en su oído y mordisquearle el lóbulo. Subió las manos por mis hombros y me abrazó, la envolví en mis brazos completamente y la levanté ligeramente del piso presionándola contra la pared, haciendo que mi entrepierna coincidiera con la suya, restregándome contra ella.
La otra mano la subí por su pierna hasta llegar a sus nalgas, la metí dentro de sus pequeñas bragas y acaricié esos dos perfectos y firmes montículos. Luego las deslicé hacia adelante y llegué a los suaves pliegues de su sexo. Estaba mojada, no… estaba empapada, sus jugos humedecieron mis dedos mientras dos de ellos se introducían dentro con una facilidad espantosa.
—¡Demonios…! Estás tan caliente y húmeda —le susurré en el oído. La miré, saqué mis dedos de su centro y los metí en mi boca, chupándolos—. Y tienes un sabor increíble, eres como el rocío de primavera.
—Qué romántico —¿se burló?—. No necesitas seducirme con frases bonitas, Jared… ya me tienes, necesito que me folles —se restregó contra mí—. Duro y rápido.
Oh, mierda… ¡sí!
Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento.
La levanté del piso y bajo la mirada atónita de una pareja que iba a entrar salí riendo de allí con ella en brazos.
¡Duro, duro, duro! Era todo lo que podía procesar mi mente, como un eco.
Mi especialidad.

Debí haberme quedado dormido apenas me acosté en la cama, porque ya no recuerdo nada más, solo la molesta erección que me provoca rememorar lo vivido con esa insoportable y preciosa mujer a la que no podía encasillar en ninguna categoría.
Ok, sí. Para mí había tres categorías de mujeres.
Uno. Las que respetar, en ella estaban mi madre y mis amigas. Y no tenía muchas: Geraldine y Ximena. Quizás también podía incluir a Susan, la socia de Geral. Y a Sarah, la esposa de Hugh, un amigo muy querido. ¡Ahhh! Y otras tres amigas con las que normalmente tenía sexo: Kim, Anne y Megan. Ese círculo era muy, muy pequeño.
Dos. Las follables, cualquier mujer de más de 18 años que no fuera mi amiga y que lograba despertar mis instintos animales, pero que una vez cumplido el objetivo pasaban a la categoría siguiente.
Tres. Las descartables, cualquiera que no me interesara.
¿Dónde mierda meto a la Luciérnaga?
No era mi amiga, así que en la categoría uno no entraba. Ya la había follado, pero quería volver a hacerlo, así que en la dos tampoco encajada. Y no era descartable, sin duda alguna.
Acaricié mi erección gimiendo y suspirando.
Necesitaba una mujer… ¡urgente!
Mmmm, tenía unos días de vacaciones, pero algo había olvidado, con seguridad… ¿qué era? Normalmente tenía un séquito de personas detrás de mí recordándome mis obligaciones, así que no había desarrollado esa cualidad. Me desperecé en la cama pensando, luego mi mejor amigo me recordó que tenía que complacerlo… ¿a quién llamar? En otra época la respuesta hubiera sido clara, pero desde que Phil apareció en la vida de mi pelirroja muchas cosas cambiaron, empezando porque ella dejó de lado los servicios de plomería que solía brindarle. Y Ximena, bueno… a ella le gustaban los juegos de a tres, normalmente con Geraldine, así que de vuelta Phil me cagó el expediente.
Pero todo bien, era parte de la vida y sus cambios impredecibles. Y si mi pelirroja era feliz, yo también lo era. Abrí los ojos y me levanté, tambaleante salí al balcón de mi habitación. Me volví a desperezar y estiré los brazos bostezando. Pude ver que el sol ya estaba bastante alto en el horizonte.
¡Oh, por Dios! Sol, día, cielo, avión… ¡buscar a Caroline!
Miré la hora. Ya eran más de las diez de la mañana. Corrí hacia la ducha. ¡Mi madre llegaba al mediodía!
Apenas llegué a tiempo al aeropuerto.
Ella ya estaba esperando en la vereda de la entrada de la terminal aérea repiqueteando sus tacones de aguja con plataformas al lado de una impecable maleta con rueditas fucsia fosforescente. Toda vestida de rosado, estaba seguro que no era por querer llamar la atención, ¿o sí?
Sí, sin duda alguna… Caroline Moore era muy especial.
Me miró con los ojos entornados, frunciendo el ceño y negando con la cabeza cuando estacioné frente a ella. Su cabello platinado ondeaba al viento. Mi madre tenía 52 años, y no los aparenta. Yo fui un desliz adolescente en su vida, me tuvo con apenas 17 años. Nunca supe quién fue mi padre, no me lo dijo y tampoco me interesó saberlo… ¿para qué? No creo en la paternidad solo por haber proveído un poco de semen en un momento de calentura, para mí un padre es aquel que cría un niño, se preocupa por él y le provee todo lo necesario para que crezca sano y feliz. Mi madre había hecho todo eso, ella era mi padre también.
—Lo siento, mamá… perdona la tardanza —me excusé bajando de la camioneta.
—Caroline, mi nombre es Caroline —recalcó ofreciéndome su mejilla.
Ok, era mi madre y padre… aunque ella lo negara.
¿Quién creería que soy su hijo, de todas formas?
Sonreí y le di un beso. Más que eso, la abracé, la levanté del piso, le di una vuelta entera y la besuqueé por todos lados. Recién ahí, riendo los dos, la ayudé a subir a la camioneta.
Llegamos a casa después de las cuatro de la tarde. ¿Por qué? Fácil… mi madre es chef y bajo la excusa de que estoy muy delgado me hizo desviar a una pescadería –donde según ella los frutos del mar eran más frescos–, luego a un mercado callejero donde vendían especias raras y por último terminamos en un hipermercado donde tardamos exactamente dos horas en hacer las compras para cuatro días de estadía, ella volvía a Nueva York el día después de la boda.
¿Por qué vivimos tan lejos uno del otro?
Porque en el mismo momento en el que empecé a tener éxito en mi carrera y compré la casa en Malibú, ella también despegó en la suya, le ofrecieron ser el jefe de cocina de un carísimo y renombrado restaurant en Soho. Sin dudarlo aceptó la propuesta, y desde entonces vivíamos separados.
Nos veíamos cuatro o cinco veces al año. Pero hablábamos casi todos los días, aunque sea un «hola y chau, estoy ocupado», o un «hola, te llamo luego». Los dos teníamos un temperamento muy especial, éramos bastante… desamorados, por decirlo de alguna forma.
La adoraba, amaba a mi madre con todo mi corazón, pero no la necesitaba permanentemente en mi vida, y eso me ocurría con todos los que me rodeaban. Nunca me aferré a nadie ni a nada, mi desarraigo es lo único estable de mi existencia. Mi casa en Malibú es todo lo que tengo además de mi camioneta, ni siquiera sé qué mierda hacer con todo el dinero que gano. Allí está, en un banco, acumulando intereses… esperando algún día encontrar "algo" en qué invertir que no implique demasiado riesgo y que me guste.
Ya había hablado con Phil al respecto. Él era un excelente hombre de negocios, al parecer todo lo que tocaba lo convertía en oro, me ofreció varias alternativas que implicaban invertir en los rubros que él manejaba bien: la carne, la soja y la hoja de moringa. O bien, me sugirió el negocio inmobiliario que también era uno de los rubros en los que su familia confiaba. Todavía estaba pensándolo.
—Caroline —le dije a mi madre de repente cuando estábamos llegando a casa— deberíamos hacer algo juntos…
—¿Algo como qué, Rulitos?
Oh, Rulitos… solo a ella le permitía llamarme así. Lo hizo siempre, desde que era un bebé lleno de rizos incontrolables.
—Poner un restaurante, o una confitería, una rotisería, lo que quieras… yo invierto, tú lo administras. Quizás con el tiempo podamos hacer del nombre de nuestro negocio una franquicia famosa y tener una cadena completa de locales en todo los Estados Unidos.
—¡Ay, mi amor! Ya te dije que no sé nada de administrar cosas… a mí solo me gusta cocinar —se quejó.
Y de nuevo el asunto quedó en la nada.
—Es que… necesito encontrar algo que hacer cuando me retire —metí el vehículo en mi cochera y cerré el portón—, algún día me haré viejo, mamá.
—Mmmm, Caroline —se quejó.
—Estamos solos, Caroline —le dije fastidiado, y reímos.
—Lo encontrarás, Rulitos… —me abrazó— pero debe ser algo que a ti te guste, que te apasione… no invertir en tu madre, porque eso es lo que realmente quieres, asegurar mi futuro, ¿no?
—Tú me diste tu juventud entera, mamá… ¿por qué no invertir en algo que a ti te haría feliz? Tengo el dinero para hacerlo…
—Yo soy feliz, te tengo a ti —me dio un beso y se bajó de la camioneta.
Hice lo mismo, tomando su maleta de la valijera, y cuando estaba por seguirla, se volteó y me dijo:
—Hay algo que me haría muy feliz —me miró pícaramente.
—¿Q-qué? —balbuceé expectante.
—Quiero un nieto… —y rio— pero por favor, seré la tía Caro.
Dio media vuelta y se metió a la casa.
¡Oh, mierda!
Lo único que me pidió en toda su vida y no podría complacerla.
¿Cómo explicarle a mi madre que en un momento de locura hacía 6 años atrás me había hecho la vasectomía?

Continuará...

Cántame... una canción de amor (Capítulo 01)

lunes, 31 de agosto de 2015

CANCIÓN 01


Asunción, Paraguay
casi dos años después… 

Lucía

—No pienso ir —negué rotundamente.
—¡¿Q-qué?! —balbuceó mi madre anonadada— ¡No puedes faltar a la boda de tu hermano!
—¿Por qué no? —me encogí de hombros— ¿Qué tan importante puede ser? Ya estuve en su primer casamiento. Además, viven juntos hace más de dos años. Es solo una tonta formalidad para que el romántico de Phil pueda llamar "mi esposa" —acentué con mis dedos los paréntesis— a su gringa.
—¡Su gringa! —mi madre se tomó la cabeza con sus manos y suspiró— ¿Por qué te diriges a Geraldine de esa forma? Tiene un hermoso nombre y es una bella persona. Se casan porque se aman, y nos invitan porque quieren compartir con nosotros su alegría… ¿qué es lo que te pasa, hija? Hasta enviaron los pasajes con fecha abierta para que nadie tuviera excusa alguna para negarse. Y hacen coincidir su boda entre Navidad y Año Nuevo, para que podamos pasarlos todos juntos.
—Pagaron los pasajes… —bufé— solo la gringa, con sus millones y sus excentricidades puede hacer semejante cosa. Como si no pudiéramos costear un puto tiquete… ¡no quiero ir, mamá! —exploté enojada— Ay, por favor… déjame en paz.
—¿Van a quedarse solos? —preguntó desesperada.
—¿Y qué? ¿Acaso alguien va a violarme? ¿Van a asaltarnos? Por Dios, madre… vivimos en un búnker.
Me refería a que la mansión de mis padres estaba dentro de un condominio de cinco casas. Las otras cuatro eran nuestras, una de cada uno de sus hijos. Éramos tres mujeres y un varón. Mi hermana menor vivía en Utah con su esposo y su nena; y mi hermana mayor –aunque menor que Phil– en una ciudad en la periferia de Asunción con su marido y sus dos hijos. Yo alquilaba la casa que me correspondía, mi madre no quería quedarse sola en un caserón tan grande, y la verdad… no había necesidad de que me mudara. Desde que mi padre murió nos hacíamos compañía.
—¿Qué hay de Jamie? —usó su último recurso.
Mi bello nene levantó su cabecita y nos miró al escuchar su nombre. Estaba jugando en la alfombra al lado nuestro, rodeado de animales de granja y dinosaurios. Esa era su perdición, ni siquiera los autitos, los trenes o las pelotas le gustaban tanto. A donde íbamos tenía que llevarle su granjita, que no era más que un maletín con forma de establo, que se abría y estaba lleno de cerdos, vacas, caballos y demás. Y por si fuera poco, él había metido a la prehistoria en el paquete.
—¿Qué hay con él? —pregunté sin responder.
—¿No querrá pasar con su familia? Ver a sus primitos, jugar con ellos…
Me reí a carcajadas.
—Míralo, mami —las dos lo hicimos, mi niño sonrió mostrando sus pequeños dientecitos—. Tiene poco más de un año… ¿crees que lo recordará en unos meses?
Volteé y di por zanjada la conversación metiéndome en la cocina. Era hora de la merienda de mi bello hijo, mi sol… mi vida entera.
Pero no conté con la astucia de mi familia.
Yo podía negarme, pero ellos tenían un as en la manga que no preví.
—Tiíííííta, quiero verteeeeee —lloriqueó Paloma desde el monitor de la laptop dos días después, era la hija de Phil, mi otro sol, mi niña… a la que había criado—. Papi y mami dijeron que este año no vamos a ir, que ustedes van a venir para la boda. Y después… —sorbió su nariz y se pasó la remera por su cara llena de lágrimas— me contaron que ni tú ni Jamie vendrán… tíííííííía, nooooo —y lloró desconsoladamente.
—Mi princesita hermosa, no llores, mi nena… —mi corazón empezó a latir descontrolado, no podía verla sufrir… ¡y menos por mi causa!
—Pero tííííííía, no puedo callarme, quiero que vengas. Desde las vacaciones de verano que no te veo… —se refería a las suyas, en julio— y si no vienes ahora, va a pasar un año entero, tíaaaaaaaaaa.
Yo ya estaba a punto de llorar, algo que solo Paloma podía lograr.
Y dijo lo que no debía:
—Te amo, tiíta… te amo… ven, por favor —y lloró más fuerte—, te extraño muuuuuuucho. Porfi, porfi… porfiiiiii —su preciosa boquita temblaba y su carita estaba llena de lágrimas.
—Sí, sí… sí, mi amor… allí estaré mi nena hermosa —respondí desesperada—. Pero deja de llorar, por favor.
—¿Lo prometes? —preguntó haciendo un pucherito.
—Te lo juro, mi vida —y le hice la señal de la "V" con los dedos sobre mi corazón.
Y por fin pude ver de nuevo la preciosa sonrisa de mi niña. Se acercó a la cámara y llenó de besos mi monitor. Solo por verla, solo por abrazarla, y solo por hacerla feliz merecía la pena arriesgarme a ir a California… y volver a verlo…
A él… al donador de esperma.
¿Qué podría pasar realmente? Nadie, absolutamente nadie sospechaba nada. El nombre del padre de mi hijo era un secreto que toda mi familia deseaba saber, pero que si de mí dependía… moriría conmigo.
Él estaría en la boda, con seguridad. Volvió mi desesperación. Suspiré, me costaba respirar solo con pensar en la posibilidad de que ese hombre pudiera enterarse de la verdad. Luego negué con la cabeza… no había forma de que eso ocurriera.
Y le había hecho una promesa a Paloma, debía cumplirla.
¡Oh, mi niña! La desesperación por perderla me hizo cometer la locura de embarazarme dos años atrás.
Todo estaba bien, hasta que mi padre murió y Philippe, mi hermano, tuvo que hacerse cargo de todo. Viajó a los Estados Unidos para enfrentarse en un juicio a un gigante: la Petrolera Vin Holden, con quien mi padre había dejado un contrato firmado y nosotros, sus hijos, no estábamos de acuerdo con algunos términos.
La petrolera alquiló nuestras tierras en el Chaco paraguayo con el fin de encontrar el tan preciado crudo que ya escaseaba en las suyas. Pero mi padre no previó temas importantes como el medio ambiente, la fauna, la flora y sobre todo, la vida de los residentes indígenas. Por esas cuestiones Phil fue a pelear.
Y allí en California la conoció a ella… Geraldine Vin Holden. Es nuestra vecina en la casa de verano que tiene mi familia en Malibú, donde Phil fue a quedarse.
Ok. No la soporto, la aborrezco. Nunca me cayó bien, y lo peor de todo es que sé que ama profundamente a mi hermano y a Paloma, a quien trata como si fuera su propia hija, incluso mi niña la llama «mamá». Analicé mucho ese sentimiento y llegué a la conclusión de que no podía odiar a mi hermano, a él lo amo a pesar de que peleamos como perro y gato, así que la culpé a ella, era más fácil.
¿Cómo no iba a hacerlo? Con esa mujer empezaron todos mis problemas. El idiota de Phil luego de más de cuatro años de viudez volvió a enamorarse, tuvieron muchos conflictos, incluso llegué a pensar que no volvería con ella, que era demasiado el abismo que los separaba. Pero lo hizo cuando descubrió que el hijo que Geral esperaba era de él. En ese tira y afloje entre los dos, en el cuál no decidían qué iban a hacer o dónde iban a vivir, seguí haciendo de madre sustituta de mi sobrina y ahijada. Pero sabía que tarde o temprano me la quitarían. Geraldine era demasiado famosa, cosmopolita y sofisticada como para marchitarse viviendo en Asunción… una ciudad perdida en el corazón de Sudamérica.
Phil fue tras ella y con él… mi niña.
Pero ya estaba embarazada cuando eso ocurrió.
A veces me pongo a pensar en la locura que cometí y dudo seriamente si lo volvería a hacer, pero no me arrepiento… ¡NO! Tuve a mi niño… y era todo lo que siempre quise, era mi vida entera.
Un mes después de que ellos se fueran nació Jamie Maurice Logiudice Girardon –lleva mis dos apellidos, por supuesto–, se adelantó porque tuve complicaciones, más específicamente: placenta previa. A las 36 semanas esa conexión vital entre el bebé y la madre me cubría completamente la abertura del útero y tuve un sangrado intenso, repentino e indoloro. Gracias a la intervención de mi madre, me practicaron una cesárea inmediata y nos salvaron, a mi bebé y a mí. Jamie apenas necesitó una semana de incubadora por precaución, estaba en perfecto estado y pesaba más de 2 kilos.
Maurice también se llama el hijo de Phil y Geral: Maurice Alexander Logiudice Vin Holden. Me ganaron de mano. De la misma forma que ellos quise recordar a mi padre incluyendo su nombre en el de mi bebé, así que lo dejé en segundo lugar, como un homenaje a un hombre maravilloso.
¡Lo extrañaba tanto! Aún ahora, a más dos años y medio de su muerte puedo sentir su aroma. A veces entro al que fue su despacho en casa y me siento en el sillón gerencial de su escritorio, como si todavía lo hiciera en su regazo y él me abrazara… puedo estar horas enteras sentada en posición fetal en ese lugar, añorándolo.
Mi padre fue el único hombre en este mundo que nunca me defraudó.
Al final me dejó sola también, como todos… pero de eso no puedo culparlo. Si alguien tiene la culpa ese fue August Vin Holden, el padre de Geraldine. El mío sufría del corazón, y tratar con un auténtico coloso como lo es la petrolera fue más de lo que su frágil órgano pudo soportar. Él fue el responsable, sin duda alguna, menos mal que también estaba muerto.
Nadie culpaba a Geraldine, por supuesto que no… ¡mi familia era tan altruista! Ella era solo la hija, y se suponía que tampoco se llevaba muy bien con su padre. Al menos, esos son los cuentos que Phil nos hizo creer.
¡Oh, mierda! De vuelta me estaba haciendo la paja mental con historias pasadas. Mi terapeuta me lo recalcaba cada vez que iba: deja de aferrarte al pasado, vive el presente y no pienses en el futuro. El hoy es lo importante, escarbar el ayer solo sirve para abrir viejas heridas que envenenan.
¡Hoy, hoy, hoy! Era demasiado terca para hacerle caso.
Y estacioné mi vehículo en el lugar asignado para mí en la oficina. Porque si bien solo tenía que pensar en el «hoy», había muchas cosas que debía organizar para que en el «mañana» la oficina siguiera funcionando sin nosotros cuando viajáramos.
«Nosotros» éramos mi hermana Karen, Aníbal Ferros y yo.
Aníbal era el mejor amigo de Phil, y el gerente general de nuestra Agro-ganadera. Él se hizo cargo de todas las responsabilidades de mi hermano cuando decidió ir a vivir a los Estados Unidos. Además, eran socios en un emprendimiento paralelo, algo relativo a hojas de moringa, qué se yo, nunca indagué demasiado. Lo que sí sé es que Phil ahora se dedica a la importación, con sede en Malibú distribuye nuestros productos y materias primas a todos los Estados Unidos.
Los tres nos vamos a California para su casamiento, así como mi madre, el marido de Karen, sus dos hijos y Jamie. La oficina queda abierta, pero solo para recibir pedidos que serán procesados a nuestra vuelta. Se supone que estaremos 10 días fuera, desde el 23 de diciembre hasta el 2 de enero. Nada se mueve demasiado en época de fiestas de todas formas.
Ya solo faltaban 15 días…
Mi corazón volvió a latir con ímpetu.

*****

Malibú, California
Diciembre, 15 días después…

Jared

—¡¿Dónde está mi pequeña noviaaaa?! —pregunté gritando.
Acababa de llegar a California y desde la terraza de mi casa en Malibú podía ver una parte de la de Geraldine y Phil –mis vecinos y amigos– y su piscina. Pero no veía a Paloma, su hija, seguro estaría jugando en la galería. Volví a llamarla mientras caminaba hacia la escalera que bajaba a la playa.
—¡¡¡Tío Jared!!! —gritó mi princesa y la vi corriendo al costado de la pileta seguida por un desesperado guardaespaldas como si fuera su niñero.
Geraldine salió riendo de la casa.
—¡Déjala, Bruno! —le ordenó— Jared la traerá.
Y mi bella princesa bajó corriendo las escaleras de su casa en el mismo momento en el que yo descendía de la mía. Nos encontramos en la playa a mitad de camino. Paloma me saltó encima a horcajadas y me abrazó fuerte, como si no me hubiera visto en años, y solo fueron dos semanas. La llené de besos en la mejilla y el cuello.
—Te extrañé mucho, tío… muuuuucho —aseguró sin soltarme.
Ya estaba subiendo de nuevo las escaleras de su casa con ella a cuestas contándome sus novedades cuando vi a Geraldine esperándome en la galería sonriendo y con las manos en la cintura. Pasé al lado del mastodonte y carísimo niñero con cara de pocos amigos, lo saludé con la cabeza y seguí caminando para encontrarme con mi adorada amiga.
—Hola, mi pelirroja —la saludé con un beso tomándola de la cintura con una mano y elevándola del piso—. Estás tan bella como siempre.
—Y tú tan zalamero —respondió riendo y abrazándome también.
—Mami, tío Jared vino para la boda —anunció Paloma.
—Por supuesto —le aseguré—, soy el hombre que entregará a tu mami en el altar —hice como que lo estuviera pensando—. Mmmm, creo que analizaré bien esa situación. No sé si tu papi se merece a esta hermosa mujer.
—¡Claro que se la merece! —protestó la niña— Mi papilindo es el mejor.
—¿No era yo el mejor? ¿Ehhhh? —y empecé a hacerle cosquillas.
—¡Basta, tío, bastaaaaaa! —gritaba riendo a carcajadas.
—Bueno, dejen de hacer payasadas —dijo Geraldine riendo y llamó a la empleada—. ¡Consuelo! ¿Nos traes café y masitas dulces, por favor? Y dile a Lina que es la hora de merendar de los chicos. Siéntate, cariño —me pidió.
—Mmmm, tengo un regalito para mi noviecita por su cumpleaños —dije misterioso, hacía unos días había cumplido 7 años. Paloma abrió los ojos como platos, sentada en mi regazo—. Lo tengo puesto… ¿lo ves? —y abrí los brazos en posición histriónica.
Mi dulce niña empezó a revisar mi cuello, mis brazos, los pendientes de mis orejas, cualquier cosa. Pero no encontró nada nuevo. Geraldine sonreía divertida. Entonces llevé mi mano a la cabeza y me saqué el gorro con visera que llevaba y se lo puse a ella.
—Ahhhh… ¡gracias tíoooo! —y me abrazó.
¡Oh, mi niña hermosa! Era tan demostrativa y agradecida.
—Pero míralo, princesa —le pedí. Se lo sacó, lo observó. Sonrió. No entendió—. ¿Sabes de quiénes son estos autógrafos? —le pregunté.
—Ohhh… ¡NOOOOOOOO! —se bajó de mi regazo y empezó a saltar en círculos—. Tío, tío… no me digas, no lo digas, me desmaaaaayo —hizo una actuación digna de Hollywood—. ¡¿De Miley y Justin?!
Vi que mi amiga frunció el ceño. Esos dos jóvenes cantantes no eran el mejor ejemplo que ella deseaba para su niña, y aunque no era su madre biológica, la sentía como si fuera suya. Al final terminamos los dos riendo a carcajadas de las payasadas de Paloma. Empezó a correr por todos lados mostrándole su gorro al guardaespaldas, la mucama, la niñera y terminó subiendo las escaleras para ir a enseñárselo a su papá que estaba en la planta alta.
—¿Y tú cómo estás futura señora Logiudice? —pregunté riendo.
—Estupendamente bien, esperando a toda la familia que viene desde Paraguay, llegan esta noche. Y mañana también llega la otra hermana de Phil, Alice, con su familia desde Utah… ya ves. Hogar lleno.
—¿Necesitas espacio? Mi casa está vacía, pelirroja.
—No, claro que no… la casa de Phil está a 200 metros, y tiene 4 dormitorios. La familia Logiudice completa se quedará allí, menos Aníbal, a él le preparamos el cuarto de huéspedes aquí.
—Ahhh, pero yo quiero hospedar a la Luciérnaga en mi casa… será un placer —dije bromeando pícaramente refiriéndome a Lucía, la hermana de Phil.
—¿Quieres ser asesinado mientras duermes? —preguntó con sorna— Y no la llames así, es muy capaz de escupirte.
Ambos reímos a carcajadas.
A pesar de lo hermosa que era, los dos sabíamos que esa mujer no tenía el carácter más dulce del mundo, por lo menos con nosotros. A Geraldine apenas le dirigía la palabra, y a mí… bueno, no entiendo qué pasó con nosotros dos años atrás cuando la conocí. Un día fue todo fuego y pasión, y dos días después cuando se enteró quién era yo… por poco me ahoga en la pileta.
¡Quién entendía a las mujeres!
En ese momento llegó corriendo el más pequeñín de la familia, seguido por una muy cansada niñera, que realmente había que levantar un monumento en su nombre, Maurice era dinamita pura.
Tiotare, tiotareee —era una extraña forma de decir «tío Jared»— ¡Upa! —me pidió prendiéndose de mi pierna.
Lo levanté riendo. Era un regordete bebé de poco más que un año y medio, idéntico a su papá, imposible negar su paternidad.
—¡Hola campeón! —y le mostré mi mano. Él me chocó las cinco.
¿Degalo? —preguntó con su inocente vocecita.
Geraldine me miró riendo, como diciéndome: «no puedes hacer diferencias, le traes regalo a uno, debes traerle a los dos».
Pero yo había venido preparado. Metí la mano en los bolsillos de mis pantalones y saqué dos gomas de mascar. Mi amiga frunció el ceño. Desenvolví una, Maurice me miraba feliz, creyendo que le daría el dulce a él. Pero no… lo metí en mi boca. El hermoso bebé hizo pucherito.
—Mami no quiere que te dé goma de mascar, así que pásame tu manito —le dije. Me la dio. Puse el envoltorio sobre el dorso y la rasqué con mis uñas mientras él observaba atento y con la boca abierta— ¡TAAA TAAAAAAAN! —grité sacando el papel—. ¡Un tatuaje igual que el de tío! —me vanaglorié.
¡Ahhhh, shiiiiii… oto, otooooo! —y me pasó su otra manito.
Cuando le hice el otro tatuaje corrió emocionado a mostrárselo a su papá.
Nos quedamos solos, Geraldine se apoyó en mi costado y me abrazó, poniendo su cabeza en mi hombro. La besé en la frente.
—Te adoran —me dijo.
—Y yo a ellos —respondí suspirando. Luego cambié de tema—: ¿Sabes que Caroline llega mañana? Viene para tu boda.
—¡Qué bueno! Amo a tu madre —aceptó emocionada.
—Y ella a ti… dice que como la tuya no estará contigo en tu casamiento, ella vendrá que hacer ese papel.
—Nadie mejor para el puesto —respondió emocionada—. ¿Van a pasar Nochebuena con nosotros?
—No, pelirroja… tenemos otro compromiso.
En ese momento llegó Phil, el futuro esposo de mi amiga. Ni se inmutó al vernos abrazados, estaba acostumbrado.
—Me los vas a echar a perder, a los dos —se quejó riendo. Tenía a Maurice en brazos y a Paloma de la mano—. ¿Justin y Miley? ¿Tatuajes? ¿Qué será lo siguiente, un piercing? ¿Revistas pornos?
Todos reímos.
—Hola, hermano —lo saludé.
Me levanté y nos abrazamos.
—Hola y chau —dijo riendo—. Tengo que ir a buscar a mi familia del aeropuerto —y frunció el ceño—. No sé cómo haremos para entrar todos. Bruno llevará tu camioneta —le dijo a Geraldine—, Enzo la mía… en dos entramos apretados, pero ¿y las maletas?
Aeropuerto. Avión. Familia de Phil. Hermanas… ¡LUCÍA!
—Les acompaño con mi vehículo si quieren —me ofrecí.
—¿De verdad? —preguntó Geraldine. Asentí— Entonces sobra lugar… ¡vamos todos! Gracias, cariño.
Una tarea fácil. Era capaz de cualquier cosa por ellos.
¡Oh, Demonios! Adoraba a esa familia.
Y la hermana de Phil… ufff, ese era otro cuento.

Continuará...

Cántame... una canción de amor (Prólogo)

sábado, 29 de agosto de 2015

Empieza la cuenta regresiva para la novela "CÁNTAME... una canción de amor" (Libro independiente, secuela de la serie Santuario de Colores). Durante un tiempo y hasta que se publique iré subiendo aquí los primeros capítulos. Espero que lo disfruten. ¡Saludos amig@s!


UNA CANCIÓN RETRO

Ella...

Miré fijamente al hombre moreno que acababa de invitarme un trago.
—Le agradezco mucho, pero ya tengo uno —me negué y volteé en la silla giratoria del bar. Le di la espalda a propósito, para que no siguiera hablándome y tomé un trago de mi copa de champagne.
Reconocería al hombre correcto apenas lo viera, igual que la vez anterior.
Me alisé mi falda negra de seda y descrucé mis piernas para volver a cruzarlas cambiando de extremidad. El tajo que tenía a un costado se abrió y dejó a la vista uno de mis muslos, no hice amague alguno de taparme. Agité mi cabello castaño rojizo corto, desflecado y lleno de rizos, lo acomodé con mis manos y sorbí otro poco de mi burbujeante bebida.
Esperaba que a los ojos de los hombres en este bar les pareciera tan chispeante como el champagne que estaba bebiendo. En lo personal me sentía muerta por dentro, pero había descubierto con asombro que podía ser una gran actriz.
Miré alrededor y me felicité por la elección del lugar. El bar tenía un ambiente íntimo, música suave, luces tenues, era muy elegante y además… la mayoría de sus clientes eran huéspedes del hotel, extranjeros que estaban de paso. Y eso era exactamente lo que había venido a buscar.
Mis ojos se cruzaron en ese momento con los de un hombre que acababa de entrar impecablemente vestido. Mi corazón empezó a latir de prisa, él me sostuvo la mirada y sonrió, entorné los ojos y amagué una sonrisa. A primera vista me gustó… parecía ser un buen candidato. Alto, de piel blanca, ojos claros y cabello negro. No podía ver bien su físico pero se notaba delgado debajo del costoso traje a medida.
Pero una mujer apareció detrás de él y puso una mano de uñas perfectas sobre su hombro, él le sonrió también y avanzaron hacia una mesa.
¡Mierda! Estaba acompañado. La búsqueda continuaba…
Ya era casi medianoche y no me había topado todavía con mi candidato perfecto. ¿Qué tan difícil podía ser encontrar un semental?
Un grupo ruidoso entró en ese momento al bar riendo y hablando un inglés muy cerrado. Ni siquiera les presté atención porque estaban vestidos de cuero, llenos de piercings y tatuajes. No eran en absoluto mi estilo.
Una hora después ya me sentía desanimada. Había rechazado la invitación de media docena de hombres mientras acababa mi tercer trago. Suspiré.
—Señorita, esto le envía un caballero —dijo el camarero— y puso otra copa de champagne frente a mí.
—¿Qué caballero? —pregunté, para ver si tenía que declinar.
—No quiso identificarse —y se fue.
¿Quién podía ser tan estúpido como para invitar algo por nada? Me encogí de hombros y le di un sorbo ya que no podía devolverlo.
—Menos mal, temía que a mí también me rechazaras —susurró un hombre en mi espalda—. Dime que hablas inglés, por favor.
Me gustó su voz aterciopelada, y también su estilo. Aun sin verlo, supuse que sería alguien interesante. Porque se tomó el tiempo para crear una estrategia que le resultara por encima de los demás. Como un depredador, analizó a su presa y actuó en consecuencia. Rogué en mi interior porque fuera lo que buscaba en el aspecto físico.
—Como una nativa americana —respondí en inglés e intenté voltear.
No me lo permitió. Se pegó a mi espalda y me sostuvo con ambas manos en mis brazos y su mejilla en la mía. Noté su pecho amplio y su estómago plano.
—Soy Jared —dijo.
—Candy —susurré.
—¿Bromeas? —sentí que rio.
—Sí —acepté.
—¿Sí bromeas o sí te llamas Candy? —indagó divertido.
—¿Importa?
—No, la verdad… no. ¿Qué hace una mujer tan bella como tú sola en una noche de jueves? —preguntó e hizo a un lado mi cabello para que sus labios tocaran mi oído cuando me hablara.
—Quizás lo mismo que tú —respondí estremeciéndome ante su respiración cálida en mi cuello—. Déjame verte porque esto ya no es gracioso.
—Claro, pero antes te diré lo que estoy buscando. Si coincidimos, dejaré que me mires para que puedas tomar una decisión. Si no, me iré de la misma forma que vine.
—Bien —asentí.
—Quiero una compañía cálida y apasionada en mi cama esta noche —murmuró.
—Yo también —mentí sin tapujos. La realidad era que solo quería follar.
—Maravilloso. Te llamaré… Hetera.
—No soy una cortesana —le aclaré recordando que ese era el nombre que recibían en la antigua Grecia.
Volteó el taburete. Aspiré una gran bocanada de aire. Nos miramos fijamente.
—Serás la mía esta noche —su seguridad era alarmante—. Respira.
Solté el aire.
Por fuera parecía seria y fría, por dentro estaba a punto de desmayarme.
Él sonreía, se notaba que a pesar de sus 30 años y algo más tenía mucho mundo recorrido. Dejó que lo mirara a placer. Sus ojos pardos eran preciosos, pícaros y entornados. Tenía el cabello largo y rizado, por el hombro.
No era en absoluto mi estilo de hombre, jamás me hubiera fijado en él si no hubiera hecho toda esta comedia. Pero era guapo… muy guapo, y me gustaba su confianza, su personalidad desenfadada y su actitud traviesa. Al fin y al cabo, era eso lo que buscaba, sin importar que llevara pantalones de cuero o tatuajes.
—¿Vamos? —preguntó ofreciéndome su mano, muy seguro de sí mismo.
Se la tomé.

Él…

Me llamó la atención desde el instante mismo en el que entré al bar.
Ella dio una rápida ojeada a mi grupo y nos descartó sin pensarlo dos veces. Estaba de cacería, se notaba. Yo sabía de lenguaje corporal y todo en esa mujer indicaba acecho, búsqueda y captura de una presa. La forma en la que cruzaba sus piernas o ladeaba su cabeza mostrando su hermoso cuello de cisne.
Era bellísima.
Lo que más me atrajo solo al verla fue su piel olivácea en contraste con sus increíbles ojos verdes claros, casi transparentes.
Y su estilo. Sin lugar a duda era una mujer fina.
No acostumbraba a ir a la caza, soy un cantante famoso y las mujeres normalmente se me regalan. En este mismo momento hay un puñado de ellas gritando por mí fuera del hotel. Pero no había nada que me gustara más que convertir a una princesa en una puta en la cama. Y esa mujer lo era… de la realeza, etérea, magnífica. ¿Cómo sería observarla perder la compostura y contonearse de pasión con las piernas abiertas para mí?
Mi mejor amigo reaccionó dentro de mis pantalones de cuero ante la idea.
Suspiré y reí ante una de las tonterías que los muchachos de mi grupo estaban diciendo. Habíamos salido con los organizadores de nuestro evento en Paraguay, una cena aburrida, como todas las de ese tipo.
Hacía un mes que estábamos de gira sudamericana, ya estaba harto de ver siempre las mismas caras de mis compañeros de viaje. Tenía "mal de barco", sin duda alguna. El equipo técnico ya estaba descansando porque debían organizar el concierto del día siguiente, pero nosotros los artistas no necesitábamos despertar tan temprano… así que decidimos tomar un último trago en el bar.
Todos buscando lo mismo, una compañía cálida para pasar la noche.
Ya había identificado a la mía.
Vi que uno tras otro varios candidatos fueron rechazados. Eso hizo que me quedara en el molde, analizando la situación… ¿cómo conseguir a la princesa sin sufrir un humillante repudio?
No fue difícil, solo una cuestión de estrategia bien planeada.
Primero la seduje con la incógnita de una copa de champagne, luego con mi voz en su oído, un ligero toque a sus brazos. Todo sin que pudiera verme. Cuando por fin nuestros ojos se encontraron, no tenía duda alguna de su capitulación.
Le ofrecí mi mano, no tuvo recelo alguno en tomarla.
—¿Vamos? —pregunté.
Y se bajó del taburete mirándome con los ojos entornados, esos increíbles ojos de gata… que me hechizaron.

Continuará...

CLTTR

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