Teresa - Capítulo 09

miércoles, 6 de octubre de 2010

El resto de la tarde y noche ya no pudieron estar solos, cuando volvieron de visitar los jardines, deseosos el uno del otro, se incorporaron al juego de cartas que duró hasta la hora de cenar.
Teresa no podía dejar de mirarlo. Todo en él le parecía insólito, era como si estuviera descubriéndolo de nuevo, reconociéndolo. Y todo lo que veía en él le gustaba cada vez más. Se sentía como si estuviera enamorándose de él de nuevo.
A Daniel le ocurría lo mismo, la miraba y veía en ella a la mujer apasionada que estaba conociendo y no podía creer en su buena suerte. Las reacciones de ella ante sus avances lo dejaron grata y satisfactoriamente sorprendido. A él le gustaba tener el control y descubrió sorprendido que ella, a pesar de su carácter fuerte, se prestaba a todo lo que él deseaba.
Esperaba ansioso verla mañana y comprobar si realmente era capaz de llevar a cabo lo que le había pedido y ella había accedido sin chistar. Y estaba dispuesto a constatarlo con sus propias manos. ¡Que Don Augusto le perdone! Pero ya no podía resistir más.
Casi a medianoche Anna y Alex manifestaron su cansancio y anunciaron que se retiraban. Por supuesto, Daniel iba con ellos.
Teresa los acompañó hasta el carruaje para despedirse, y preguntó a la pareja:
—¿Pueden jugar a los sordos, ciegos y mudos un rato, chicos?
Anna la miró sorprendida.
Alex rió y ayudó a su mujer a subir, casi empujándola.
Apenas Anna y Alex estuvieron dentro del carruaje, Teresa se lanzó a los brazos de su prometido y él la recibió gustoso. Se mezclaron en un profundo abrazo y se besaron apasionadamente, ávidos el uno del otro.
Anna estaba con el ceño fruncido, casi asomando la cara en la ventanilla, queriendo ver qué ocurría fuera.
—No mires y relaja esa cara, cielo, sólo se están despidiendo —le dijo Alex en voz muy baja ya acomodados dentro del carro y rodeándola con el brazo. —Te vas a arrugar antes de tiempo si sigues así.
—No puedo disimular, es más fuerte que yo. La veo más entusiasmada que nunca, temo que cometa una locura. Quisiera poder decirle lo que vimos, no quiero que haga nada irreparable.
—Amor, no puedes tener el control de todo.
—Si puedo. Voy a hablar con Serena y Joselo mañana. Aunque no les cuente lo que vi, no voy a permitir que se queden solos ni un segundo de estos días que seguiremos aquí, y ellos van a ayudarme.
—No te metas, cielo…
—Alex, tú no puedes entender lo que Teresa, Serena y Joselo significan para mí. Son la familia que yo he elegido, aparte de ti son lo único que tengo en este mundo y haría lo que fuera por ellos. Me voy a meter todo lo que yo quiera y considere oportuno.
Alex solo suspiró y se relajó. Sabía que era inútil discutir con su mujer cuando había tomado una decisión.
Al rato entró Daniel y se acomodó frente a ellos, con semblante satisfecho y casi sonriente. Anna frunció el ceño más aún, si era posible, y Alex escondió la cara de ella en su cuello, abrazándola, para que su enojo no fuera evidente frente a su invitado.

Al día siguiente, Teresa remoloneaba en la cama. Serena ya se había levantado y estaba vistiéndose.
—¡Arriba, dormilona! —le dijo risueña.
—Mmmm, ya voy… déjame un rato más. —No quería que Serena la viera vistiéndose, ni que se diera cuenta de que obviaba ciertas prendas en su vestuario.
Una vez que Serena se retiró, Teresa despidió a la criada que las ayudaba a vestirse, diciéndole que la llamaría más tarde cuando la necesitara. Y sonriendo pícaramente se levantó de la cama y se vistió sola.
Serena estaba en el salón con su madre y Joselo, desayunando.
—¿Qué van a hacer hoy, hija?
—No tenemos nada planeado, madre. Creo que Alex todavía está inspeccionando la hacienda, así que nos quedaremos todo el día en La Esperanza.
—¿Y Daniel lo acompañará otra vez?
—No lo sé, madre. Probablemente sí. —le dijo para que se tranquilizara.
—Si se queda con ustedes, no dejen de vigilarlos. —Y miró a su hijo, que estaba escondido detrás del periódico, leyendo. —¡Joselo! ¿Me escuchas?
—Mmmm, sí, madre… vigilarlos. —Contestó Joselo. —Cuenta con ello. Nada le pasará a mi indiecita mientras yo esté alrededor.
—¡Como si pudieras contra Daniel! —Serena rió a carcajadas, —te dobla en tamaño y altura.
En eso entró Teresa.
—¿Están hablando de mí? —Y saludó sonriente, aunque un poco cohibida, se sentía casi desnuda y le daba la impresión que todos se darían cuenta de su osadía. —Buen día tía Sofi, buen día Joselo.
—Buen día, hija.
—Hola indiecita, ¿Cómo amaneciste?
—Bien, dormimos como troncos, ¿no es así, Sere?
—Así es, —contestó Serena sonriendo.
Terminaron de desayunar y partieron hacia La Esperanza. Teresa insistió en ir caminando, alegando que hacía un día estupendo y todavía no hacía mucho calor. Aunque en realidad no se animaba a trepar a un caballo sintiéndose casi desnuda.
—Más tarde les mando el carruaje, chicos. Vayan, tiene razón Teresa, hace un día espléndido para caminar. Diviértanse y pórtense bien. —les dijo tía Sofi despidiéndose.
Apenas llegaron vieron a Daniel en la galería que rodeaba la casa, sentado en la hamaca de madera leyendo el periódico.
Él levantó la vista y ladeó la boca casi en una sonrisa. Vio acercarse a Teresa, contoneando levemente sus caderas, con esa gracia innata en ella al caminar y se la imaginó desnuda debajo de su vestido. Su entrepierna se tensó inmediatamente.
«¡Será un día muy caluroso!», pensó.
Se levantó para recibirla.
—Buen día, chicos. —Saludó en general. Tomó la mano de Teresa y besó dulcemente sus dedos. —Buen día, osita. —le dijo en voz baja.
Ella sonrió y bajó la cabeza, ruborizándose.
Lo veía tan guapo, tan relajado, como nunca antes lo había visto. Se había vestido informalmente, con una camisa sencilla y sin chaqueta.
—¿Ya desayunaste? —le preguntó Teresa, sentándose en la hamaca junto a él.
—Sí, hace bastante. Me levanté casi al mismo tiempo que Alex. A Anna todavía no la vi.
—Voy a buscarla, —anunció Serena.
—Aquí estoy, buen día a todos, —dijo Anna asomando a la galería, no había bajado antes porque sabía que Daniel estaba solo y no quería encontrarse con él. —¿Me acompañan a desayunar?
—¡Claro! —dijeron al unísono Serena y Joselo.
—Nosotros nos quedaremos aquí, si no te molesta, Anna, —dijo Teresa, guiñándole un ojo.
—Para nada, —contestó Anna, que justamente lo que quería era hablar a solas con Joselo y Serena.
Una vez sentados a la mesa, abordó el tema sin dilación:
—Chicos, tenemos que vigilar a esos dos.
Ambos la miraron intrigados, Joselo dijo:
—¿También tú? Mamá nos hizo la misma recomendación ¿Por qué esa urgencia de vigilarlos?
—Solo háganme caso, no tenemos que dejarlos solos mucho tiempo en ningún momento.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Serena.
Anna, que había prometido a su esposo no decir nada, se excusó con lo primero que se le ocurrió:
—Lo veo a Daniel muy suelto y relajado, distinto de lo que normalmente es. Y a ella muy entusiasmada por ese cambio. No quisiera que cometa una locura. Yo sé lo que ocurre cuando una está enamorada y hasta donde es capaz de llevarnos esas, mmmm… pasiones.
Serena se ruborizó. Joselo rió y dijo:
—Te estás volviendo una anciana. Cuenta conmigo, mami.
Anna rió y le arrojó una servilleta.
En la terraza, Teresa y Daniel estaban sentados muy juntos, tomados de la mano. Apenas vieron desaparecer a sus amigos, él acercó sus labios a los de ella, le dio un suave beso y la saludó como si recién la viera.
—Buen día, mi dulce osita.
—Hola mi amor ¿cómo amaneciste?
—Mal, lo único que pienso es en poder amanecer contigo en mis brazos, desnudos, haciendo el amor.
Teresa se tensó ante esta revelación. Su entrepierna desnuda palpitó. «Él si sabe cómo mantenerme excitada, es un maestro» pensó.
—¡Santo cielo! Eso sería fabuloso, —contestó y se acomodó a su costado. Él pasó una mano por sus hombros y la abrazó, besándola en la frente. —Cuéntame más…
Y él le relató al oído todo lo que le gustaría hacerle. Estuvieron largo rato abrazados, prodigándose mimos, diciéndose palabras cariñosas, hasta que Daniel le hizo la pregunta que llevaba queriendo saber desde que la vio:
—¿Me complaciste en lo que te pedí, osita?
Y ella, que estaba aprendiendo del mejor, pasó la mano por su pecho, sobre la camisa, la deslizó lentamente hasta su estómago y le susurró en su oído:
—Tendrás que averiguarlo por ti mismo, mi amor.
—Será un placer para mi, cariño —le contestó, pasándole la lengua por los labios, abriéndolos para él.
Daniel puso el periódico sobre su regazo, para tapar la evidencia de su excitación, antes de levantar la otra mano hacia el rostro de ella y profundizar el beso.
—Ejem, —carraspeó Anna.
Ambos se soltaron inmediatamente. Teresa sonrió, sonrojada y Daniel, visiblemente avergonzado de que los hayan encontrado en esa situación, pidió disculpas:
—Lo siento, Anna. No queríamos faltar el respeto a tu casa. Sólo estábamos saludándonos.
Anna frunció el ceño.
Serena y Joselo reían en su interior.
—A Anna no le importa, ¿no es así, amiga? —le dijo Teresa, mirándola son expresión de complicidad.
—De hecho, sí me importa, —contestó Anna todavía ceñuda. —No quiero que tu madre o tía Sofi me hagan responsable de nada, Tere.
Teresa la miró con expresión interrogante. No entendía que le pasaba a su amiga. No pudiendo con su genio respondió:
—¿Qué te pasa, Anna? ¿Acaso te has vuelto una mojigata?
—Mojigata no, Tere, solo sensata.
Joselo intervino:
—Bueno, chicas. No ha pasado nada. Olvídenlo. No discutamos por esto.
—Sí, mejor planeemos qué haremos hoy. —dijo Serena para suavizar la situación. —¿Qué tal un paseo a caballo hasta el pueblo?
—Alex vendrá a almorzar con nosotros, no nos va a dar el tiempo para ir y volver. —Contestó Anna, —anoche no se sintió bien y durmió mal. Me dijo que volvería pronto a descansar.
Luego de interesarse por la salud de Alex e intercambiar pareceres sobre las actividades que podían realizar todos juntos, decidieron quedarse en la hacienda y no hacer nada.
Teresa y Daniel no lograron estar solos en todo el resto de la mañana, por más que lo intentaron.
Cuando Alex volvió, almorzaron. Era evidente se sentía mal, estaba pálido y fruncía el ceño. Apenas probó bocado y decidió ir a descansar. Anna lo acompañó, no sin antes hacerles señas a Serena y a Joselo para que no pierdan de vista a los enamorados.
Estaban descansando en la sala, cuando Serena se excusó y fue al cuarto de aseo. Luego de un rato, Joselo se quedó profundamente dormido en el sofá.
Teresa y Daniel, con mirada cómplice, sonrieron y dejaron el recinto sin hacer ruido.


Continuará...

Teresa - Capítulo 08


—¡Mamá nos va a matar si se entera lo que ocurrió! —dijo Serena.
Estaban de vuelta en la Esperanza, todavía con la ropa mojada.
—¿Y quién se lo va a contar, bichita? —le preguntó Joselo.
—No debería decir esto, porque se supone que soy el mayor y más responsable aquí, pero por mí no se va a enterar, chicos, relájense, —les tranquilizó Alex.
Para tranquilizar a Serena, que parecía la más preocupada por la reacción de su madre, Daniel intervino:
—Creo que el único problema a los ojos de la señora Ruthia soy yo, y por mi parte, estuve todo el día recorriendo la hacienda con Alex.
—Mientras crea que estábamos solo los cuatro juntos no habrá problemas, —dijo Teresa, a quien Daniel, para asombro de todos, la tenía abrazada muy pegada a él.
Decidieron que el cuarteto iría a cambiarse a “Rancho Grande” —así se llamaba la hacienda de los Ruthia, —como si acabaran de llegar del arroyo. Eso no molestaría a la tía Sofi. Y no tendrían que dar explicaciones, siempre que la madre de Serena creyera que solo estuvieron los cuatro.
—¡Los esperamos en Rancho Grande para merendar! —dijo Anna a modo de despedida, cuando los cuatro, a caballo, se dirigieron hacia la propiedad de los Ruthia.
Alex miró a Daniel y le dijo sonriendo:
—Nos convertimos en cómplices de ese terrible cuarteto.
Ambos rieron.
A Daniel se lo veía más relajado y Alex pensó que nunca había visto reír antes al novio de la amiga de su mujer.
La hacienda de los Ruthia no era ni tan grande ni abarcaba tanta extensión de tierra como La Esperanza, pero era sumamente pintoresca. Estaba llena de flores, —la tía Sofi amaba las plantas, —y los caminos de acceso estaban artísticamente delineados por árboles, piedras, y arbustos. La casa patronal y su entorno inmediato, eran un paraíso de la jardinería.
La tía Sofi rió cuando le contaron las hazañas de esa tarde, sin mencionar el incidente posterior. Aunque les recriminó el hecho de que ya no eran unos niños para jugar en paños menores en el arroyo, y los mandó a todos a cambiarse inmediatamente.
Obedecieron sin rechistar para que no les hiciera más preguntas y se pusieron a conversar mientras se cambiaban en la habitación de Serena.
—Esta tarde lo vi más relajado a Daniel, Tere. —dijo Anna.
—Yo tuve la misma impresión, ¡y sonrió! —dijo Serena, riendo.
—Sí, yo también me di cuenta, —suspiró Teresa, pensando en lo que había ocurrido, pero sin querer compartirlo con nadie, solo dijo: —Y se ve tan guapo cuando sonríe. Mmmm.
Sus amigas pusieron los ojos en blanco y le lanzaron almohadones.
En eso entró la señora Ruthia con una jarra de limonada.
Para cambiar de tema, rápidamente Teresa dijo lo primero que se le ocurrió.
—¿Qué tal el paso de la caballería por el pueblo, Sere?
Serena se puso pálida, ambas amigas se dieron cuenta. La tía Sofi no, ya que estaba apoyando la bandeja sobre el pequeño escritorio, de espaldas a ellas.
Al ver que Serena no respondía ella dijo:
—Fue maravilloso tenerlos una semana rondando por aquí. ¿No es cierto, Serena? —Se dio vuelta hacia ellas, —Hasta te hiciste amiga de uno de ellos… ¿cuál era su nombre?
—Eh… no recuerdo, —dijo en un susurro, bajando la cabeza.
—¿Cómo no? Se llamaba… humm —puso expresión pensativa, con las manos en la barbilla. —¡Eduardo! Ahí está. No recuerdo el apellido.
Las tres miraron a Serena, que parecía a punto de desmayarse.
—No recuerdo tampoco, —respondió deseando que la tierra la trague, para cambiar de tema dijo rápidamente: —creo que me siento mareada, parece que hemos tomado mucho sol.
—Ohh, déjame tocar tu frente, hija, a ver si tienes temperatura.
Anna y Teresa se miraron intrigadas. A Serena le pasaba algo, y no tenía nada que ver con el sol. ¿Qué sol? Si el arroyo estaba cubierto de árboles frondosos.
Pero conociendo lo reservada que era Serena, ninguna de las dos dijo nada. Cuando ella crea conveniente, se los contaría.



Alex y Daniel llegaron a Rancho Grande a la tardecita, ya bañados y cambiados, y se unieron a la merienda en la terraza de la casa.
Alex saludó a su mujer con un abrazo y un beso en la mejilla, como era su costumbre, a nadie le sorprendía. Pero sí les sorprendió, incluso a Teresa misma, que Daniel se haya acercado a ella y también haya depositado un tierno beso en su frente.
Ella lo miró a los ojos y sonrió, más enamorada que nunca por ese simple gesto. ¡Cielos! Solo quería lanzarse a sus brazos.
Una vez terminada la merienda, Daniel elogió los jardines de la tía Sofi, y ella, orgullosa de su creación, le agradeció con una sonrisa.
Aprovechando ese momento de debilidad de su tía, Teresa dijo:
—Quizás quieras verlo más de cerca, Daniel. ¿Puedo llevarlo a conocer tus maravillosos jardines, tía Sofi?
—Por supuesto, Tere. Pero no tarden mucho, ¿sí? —pensándolo mejor, agregó: —¿Quizás alguien más quiere acompañarlos?
Los otros cuatro levantaron la mirada de la mesa, donde estaban preparándose para empezar una partida de cartas.
—Parece que no, tía. —respondió Teresa.
—Vayan, chicos. Hay un diseño nuevo que terminé cerca de la glorieta, te va a encantar, hija. Pórtense bien y vuelvan enseguida.
—Gracias, tía.
—Señora Ruthia, —dijo Daniel, —inclinando su cabeza a modo de saludo, y ofreciendo el brazo a su prometida.
Apenas estuvieron lo suficientemente lejos para que no los vean desde la casa, se fundieron uno en brazos del otro, con urgencia desatada,  detrás de un árbol.
—Mi dulce osita, —le dijo él en un susurro cerca del oído, llenándole de besos húmedos la frente, la cara, la oreja, el cuello hasta finalmente llegar a sus labios, que se abrieron, deseosos de la intrusión. La sujetó contra sí obligándola a inclinarse sobre él y la besó hundiendo la lengua en su interior e imitando con sus acometidas el ímpetu del acto más primitivo existente entre hombre y mujer.
Como si no pudiese dejar de tocarle, Teresa se abrazó a él con fuerza. Sus manos ansiosas recorrieron la fuerte complexión de sus hombros, su pecho, para terminar entrelazadas en su cabellera.
Daniel atrapó una de sus manos para llevársela a la boca y la obligó a estirar los dedos; los observó con concentrada dedicación, los besó uno a uno introduciéndoselos en la boca, haciendo rotar su lengua en torno a ellos y chupándolos. Agitada, Teresa se retorció contra él.
—Haces cosas tan extrañas, mi amor.
—¿Y no te gustan, cariño?
—Me encantan, me vuelven loca, —dijo en un susurro, —ni siquiera entiendo lo que me ocurre. —Ella estaba asombrada de que una caricia aparentemente tan inocente, pudiera hacerla sentir esas descargas de energía tan fuertes.
—Tú solo tienes que dejarte llevar por mí. —le dijo apoyando su frente en la de ella y manteniéndola abrazada. —Una vez te dije que yo sabía lo que necesitabas. Y lo sé, mi dulce osita.
—Agregaste un adjetivo a mi apodo… —le dijo sonriendo.
—Es que he probado tu sabor en mi dedo, y eres dulce como la miel. No te imaginas la urgencia que tengo de saborearte entera. De hundir mi boca en tu delicioso centro y hacerte gritar de placer.
Solo oír esa declaración hizo que una descarga eléctrica bajara hasta la entrepierna de Teresa y se estremeció totalmente. Él sintió su convulsión y sonrió, abrazándola más íntimamente.
—¿Está eso permitido? —le preguntó abriendo los ojos como platos.
El rió y le contestó:
—Todo lo que nos complazca a los dos estará permitido entre nosotros.
—Ohhh.
Ambos suspiraron.
¡Qué diferente estaba Daniel! Que maravilloso era verlo relajado. Tonta ella que creyó que él no era capaz de complacerla.
—¿Qué vamos a hacer, cariño? —le preguntó él.
—No lo sé. —le contestó, apoyando la cara en su pecho y rodeando su cintura con las manos, debajo de la chaqueta.
—Fijemos la fecha de la boda. Ya.
—Aunque la fijemos ahora, nunca podrá ser antes de tres o cuatro meses, Dani. ¿Podremos aguantar tanto?
—Podremos, osita. Existen alternativas para mantenernos más relajados.
—¿Ah, sí? Has pensado en todo, —le contestó ella sonriendo pícaramente. —Eres una constante fuente de sorpresas, mi amor.
Él suspiró y miró al cielo, pensando lo poco que le gustarían a Don Augusto esas alternativas, y lo mucho que ellos la disfrutarían.
—Dos meses a partir de hoy. Ya está, nuestras madres tendrán que esmerarse para lograr algo en ese tiempo. Y una de las alas de nuestra casa ya estará terminada. No tendremos que vivir con ninguno de nuestros padres. —Ella sonrió, complacida. —Ahora tienes que mostrarme esa glorieta, osita, o tu tía Sofi pensará que hicimos algo raro.
Y tomados de la mano, con los dedos entrelazados, caminaron por los jardines, maravillados por su hermosura.
—Tu tía es una artista, osita. Realmente es precioso.
—Sí, ¿verdad? Díselo. No hay nada que le guste más escuchar.
—Se lo diré, por supuesto, —y la ayudó a subir al cenador, a un costado de la glorieta.
Admiraron los jardines que les rodeaban. Teresa le contó algunas anécdotas sobre el lugar, Se apoyó en uno de los postes y estaba señalando un sitio específico, cuando él se acercó por detrás de ella y la rodeó con los brazos en la cintura, observando lo que le mostraba, con la cabeza apoyada en la suya y sus mejillas tocándose.
Ella se sentía tan bien en sus brazos, tan segura, que se relajó y se apoyó totalmente en él, posando sus manos en las de Dani, acariciándolo.
Pero tenerla tan cerca, oler su delicioso aroma, despertaba sus instintos más bajos. No podía dejar sus manos quietas. Le acariciaba lentamente la cintura, los costados, el abdomen, por sobre la ropa. Hasta que llegó a la base de sus senos y los abarcó, levantándolos y juntándolos. Observándolos desde arriba y detrás de ella cómo se formaba un canal entre ellos.
Teresa suspiró.
—Tienes los senos más hermosos que vi en mi vida, osita. Nunca me cansaré de mirarlos y tocarlos. Son tan grandes, como a mí me gustan. Toda tú eres tan voluptuosa y llena de curvas, como yo adoro, así tengo muchos sitios por donde agarrarme. —Ella sonrió ante esa revelación. —Estás hecha para mí.
—Y tú para mi, mi amor, —le contestó ella. —Eres grande y fuerte, alto y lleno de músculos como a mí me gusta. Me haces sentir pequeña, protegida y muy segura en tus brazos.
Daniel abarcó totalmente los senos de ella con sus grandes manos y los acarició por sobre la fina tela del vestido. Luego pasó sus dedos por sobre donde sentía los pezones y los fue excitando con movimientos circulares.
—Me gustaría tanto verlos. —le dijo Daniel en un susurro junto a su oído.
Era solo un sentimiento de deseo puesto en palabras, pero ella lo sorprendió bajándose las mangas del vestido y los dos trozos de tela que cubrían sus senos, dejándolos libres a la vista, para que él los mirara.
—Tus deseos son órdenes para mi, mi amor. —le dijo suavemente.
Y él procedió a acariciarlos, rindiéndole culto con sus manos, presionando sus pezones con los dedos, rozándolos con las yemas.
—Hay algo que quiero que hagas para mi, osita.
—Mmmm, —suspirando, le dijo: —Dime.
—Mañana cuando te vistas, olvídate del corsé y la ropa interior. Quiero saber que estás desnuda debajo de tu ropa, al mirarte quiero imaginarme tu entrepierna libre, húmeda y caliente.
Ella abrió mucho los ojos, pero no se amilanó.
—Lo haré, mi amor… cuenta con ello.


Continuará...

Teresa - Capítulo 07

—¿Qué hacemos hoy, chicos? —Preguntó Anna en el desayuno tardío. —Alex estará todo el día recorriendo la hacienda para conocerla, así que decidan ustedes, yo me apunto a lo que digan.
Teresa la miró con el ceño fruncido.
—¿Y dices que Daniel lo acompañó?
—Sí, Tere… ambos se levantaron temprano y salieron juntos. Lo siento, amiga. Alex estaba también sorprendido cuando me contó la decisión de Daniel, aunque apenas lo recuerdo, estaba medio dormida.
—Quizás quisieron darnos la oportunidad de estar juntos los cuatro todo el día, chicas, —dijo Joselo. —Por mi perfecto, tendré a mi florecita, a mi bichita y a mi indiecita solo para mí.
Todos rieron, menos Teresa.
Se suponía que esos días eran para estar ellos dos juntos. ¿Cómo y por qué osaba escaparse?
—¿Qué tal un picnic a orillas del arroyo? —propuso Serena.
—¡Me encanta la idea! —apoyó Anna.
—Cuenten conmigo… las mojaré a todas.
Teresa, todavía enojada, solo asintió con la cabeza.
Pero pronto se le pasó el enojo porque realmente se estaban divirtiendo. Fueron a caballo, galoparon, jugaron carrera, hasta intentaron trepar un árbol sin conseguirlo.
Exhaustos, al mediodía se dejaron caer en las mantas frente al arroyo, al cobijo de los árboles y dieron cuenta del almuerzo frio que habían llevado.
—¡Dios Santo! Voy a explotar, —dijo Joselo.
—Creo que ya no estamos tan jovencitos como para estos juegos, —dijo Serena, muerta de cansancio y saciada con la comida.
Todos le tiraron servilletas y restos de pan por atreverse a insinuar que se estaban poniendo viejos.
—¡Descansemos un rato! —dijo Teresa.
—Mmmmm, —murmuró Anna que ya se había acomodado para dormir la siesta. —Necesito mi almohada de carne.
Todos rieron y fueron relajándose.
A media tarde despertaron y hacía mucho calor, así que decidieron mojarse los pies en el agua, que era poco profunda. Una cosa llevó a la otra y todos terminaron en ropa interior, como cuando eran chicos, sin complejo alguno, tirándose agua y mojándose.
Ninguna de las chicas tenía vergüenza de que Joselo las viera en camisola y enaguas, para ellas era normal, y él menos aún de que lo vieran en paños menores, aunque se había dejado la camisa puesta.
Eran un cuarteto muy especial.

Daniel y Alex estaban recorriendo los alrededores, cuando escucharon sonidos de risas y gritos provenientes del arroyo. Les intrigó y se acercaron a ver qué ocurría.
Lo primero que vieron fue a Joselo balanceándose de la vieja cuerda que ellos mismos habían puesto ahí de niños, colgada de un árbol sobre el arroyo. Cayó de forma poco elegante en el agua, salpicando a las chicas que corrían, saltaban y lanzaban gritos de júbilo.
Se miraron con sorpresa.
—Daniel, dime que lo que estoy viendo es un espejismo, —le dijo Alex.
—Creo que no, Alex —contestó anonadado. —¿Te puedo pedir una cosa, por favor?
—Dime.
—No mires a mi prometida. —pidió frunciendo el ceño.
—Y tú no mires a mi esposa. —le contestó de la misma forma.
En ese momento, Teresa —que era la única que se había salvado de zambullirse, —pasó al costado de Joselo corriendo, y él, que estaba tirado en el agua, la tomó del tobillo y la tiró frente a él.
—¡Al agua, indiecita!
—¡Ayyyy! —Y cayó de bruces en el arroyo mojándose completamente el frente de su camisola.
Daniel y Alex se miraron avergonzados, sin saber qué hacer.
—Creo que deberíamos irnos sin que sepan que estuvimos aquí. —dijo Alex.
—¿Estás loco? No voy a dejar que ese mequetrefe siga manoseando a Teresa.
Alex lo miró y rió con carcajadas silenciosas.
—¿Y qué peligro representa el pobre Joselo para ellas? Me preocupa más que nosotros estemos mirando a las chicas en paños menores.
—¿No te molesta que ese tipo vea a tu mujer casi desnuda?
Alex siguió riendo y negó con la cabeza. Si no era capaz de darse cuenta de la realidad, no sería él quien se lo dijera.
Pero Daniel no podía dejar de mirar la forma en que la camisola y la enagua mojada se pegaban a todas y cada una de las voluptuosas curvas de su prometida. Cómo se transparentaban sus pezones oscuros debajo de la fina tela mojada. Su miembro despertó.
—Daniel, creo que debemos irnos. Sería muy vergonzoso para ellas si nos pillan observándolas.
—Pero… —Daniel se negaba a irse. —Este tipo…
—¿Quieres avergonzarlas? —preguntó Alex, ya molesto.
Pero en ese momento oyeron un grito.
—Muy tarde, —dijo Daniel. —Ya nos vieron.
Entre alaridos, carreras y risas, las chicas se cubrieron con lo que encontraron a mano, las mantas, el mantel, cualquier cosa.
Serena había huido despavorida, escondiéndose detrás de unos matorrales y le pidió a Joselo que le llevara su ropa.
Anna se resguardó detrás de un árbol y le pidió a Alex con señas que le alcanzara su ropa en el bosquecillo.
Y Teresa no sabía qué hacer. Se había tapado el frente con el mantel, pero sus ropas estaban a los pies de Daniel. Chorreaba agua, estaba descalza, con el pelo alborotado y mojado. Estaba preciosa.
—Ven aquí, osita. —Y levantó su vestido del suelo.
Ella se acercó, avergonzada, tapándose como podía.
—Me siento casi desnuda, Daniel. ¿Puedes voltearte mientras me visto?
—¿Ah, sí? ¿Joselo puede verte y yo no? —le respondió evidentemente enojado. —Levanta las manos.
Ella titubeó, pero le obedeció, y el mantel cayó al piso.
—¿Estás celoso, mi amor? —le dijo ella casi en un susurro.
Él le metió el vestido por los brazos y la cabeza, no sin antes apreciar como sus senos se elevaron al levantar las manos, como sus pezones estaban pequeños y duros por la excitación debajo de la camisola pegada a su cuerpo.
Él no le respondió. Le acomodó el vestido y la volteó para abotonárselo.
Escucharon el grito de Joselo:
—¡Nos vamos a La Esperanza! Serena está roja como un tomateeee… —y se oyó un golpe. —¡Auch!
Teresa rió y llevó su pelo hacia adelante con la mano, dejó su espalda descubierta para que Daniel pudiera abotonarle.
Pero Daniel, al ver su delicada espalda abierta, la curva de sus hombros y cuellos y la tela pegada a su piel, sintió que ya no podía contenerse, un deseo incontrolable se apoderó de él y metió ambas manos dentro del vestido abierto y tomó sus senos con las manos, abarcándolos completamente por encima de la fina tela de la camisola mojada.
Sorpresivamente para Teresa, casi la arrastró hasta detrás de un árbol cercano y volvió a bajarle el vestido, que cayó al suelo y bajó su camisola, que quedó suspendida en la cintura, sostenida por la enagua.
—¡Ohhh, Dani! —casi gritó Teresa, asustada, e intentó cubrirse.
Pero él fue más rápido.
—Osita, —fue lo único que pudo decir antes de meter un pezón en la boca y chuparlo apasionadamente, lamiéndolo, succionándolo, mientras jugueteaba con el otro con sus dedos y mano, haciendo que un millón de descargas eléctricas bajaran por el abdomen de ella hasta su centro, convulsionándola.
—Dani… Alex y Anna… ohhh, —gimió desesperada, —pueden vernos.
—Ellos también, mmmm —gimió contra sus senos, —están ocupados, cariño, te lo aseguro.
El sudor perlaba la frente de él y sentía que le latía la sangre en las venas del cuello. En cualquier momento estallaría en llamas, tan ardiente era su deseo. Daniel introdujo sus manos debajo de la enagua mojada y sintió la piel fría de sus piernas, muslos, acariciándolos de abajo para arriba, subiendo cada vez más, hasta abarcar sus nalgas con las manos y alzarla a horcajadas.
—Envuélveme con tus piernas, osita.
Ella obedeció.
Pero tratando de mantener el equilibrio, con ella cargada en sus caderas, pisó la raíz del árbol que sobresalía en la alfombra de pasto y perdió el equilibrio. Para no golpearla, apoyó su espalda en árbol, y fueron bajando despacio hacia el suelo, como en cámara lenta.
Y terminaron en una posición poco ortodoxa. Él casi acostado en el suelo, si no fuera por una parte de su espalda que estaba apoyada en el árbol, y ella sobre su estómago, a horcajadas, con sus senos casi a la altura de su cara y sus manos a los costados de Daniel.
Ella empezó a reír a carcajadas.
Él la miraba embelesado, y rió también.
Daniel se dio cuenta entonces de lo que estuvo a punto de ocurrir.
—Ay, osita, creo que vas a terminar matándome. —Llevó ambas manos hasta su cabeza y le acarició el pelo. Luego enterró su rostro entre los senos de ella y se quedó muy quieto, presionándola contra él.
—¿Ocurre algo, mi amor? —le preguntó ella al sentirlo estremecerse. —¿Te arrepientes otra vez?
Él levantó la cabeza, y tomando uno de sus senos con la mano le dio un ligero beso al pezón, estremeciéndola, hizo lo mismo con el otro, y se incorporó hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el árbol. Ella seguía sentada en su regazo con las piernas a cada uno de sus costados.
—Nunca podría arrepentirme de sentirte, cariño. —Le dio un beso en los labios y le subió la camisola hasta cubrirle los senos de nuevo. La miró con dulzura y le dijo suavemente: —Muero de ganas de verte llegar, ¿sabes?
Olvidándose que alguna vez había leído algo al respecto en sus extraños libros, Teresa le preguntó inocentemente:
—¿Dónde?
Él rió a carcajadas, y ella pensó que nunca lo había visto tan apuesto.
Daniel la abrazó muy fuerte y le prometió:
—Te lo enseñaré, osita. Pero no ahora. No aquí. Casi cometimos una locura.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo. —le aseguró, suspirando resignado.
Se levantaron del suelo, la ayudó a vestirse, —esta vez sin perder el control, —montaron en un solo caballo y avanzaron despacio, sin apuro, dejando las riendas del otro atado a la silla para que los siguiera.
Como ya había recuperado su control habitual, todo el camino de vuelta Daniel la envolvió en sus brazos, acariciándole suavemente todo el cuerpo, y prodigando besos en su nuca, cuello, hombros y espalda.
Recorrió con sus manos, —sobre el vestido —la curva de sus senos y su estómago. Subió su falda, metió la mano debajo de ella y fue recorriendo suavemente sus piernas hasta detenerse muy cerca de su centro, en la cara interna de sus suaves muslos sintiéndoles temblar y moverse inquietos.
Ella inspiró, esperando tensionada. Daniel se dio cuenta que estaba conteniendo el aliento.
—Respira, osita.
Y cuando volvió a respirar, relajándose, metió su mano entre la maraña de telas y la posó sobre su sexo, rozando los pliegues que le rodeaban, acariciándola arriba y abajo. Se sorprendió de lo caliente y húmeda que estaba.
—Ahhhhh, —Teresa lanzó un grito agudo.
—Shhh… ¿Te gusta, cariño?
Ella meneó con la cabeza y cerró los ojos, asintiendo sin poder decir una palabra, estremeciéndose.
—A mí también me gusta tocarte.
Y sus grandes dedos empezaron a acariciarla entre sus piernas, cada vez más adentro, con movimiento regulares, invadiendo sus lugares más íntimos.
Uno de sus dedos finalmente traspasó los límites imaginarios, deslizándose fácilmente en su interior, sintiéndola muy mojada y excitada, deliciosamente abierta. Y ella dio un respingo con un gemido, y un espasmo le aprisionó el dedo.
La fuerza de aquel espasmo le tomó desprevenido. Levantó el pulgar para apoyarlo en la pequeña protuberancia femenina y acariciársela suavemente. Ella lanzó un grito entrecortado.
Dándose cuenta que ya estaban llegando a la hacienda, retiró la mano debajo de sus faldas —con un gemido de protesta por parte de ella, —y metió el dedo acababa de sacar de su interior dentro de su boca, chupándolo.
Teresa lo miraba atónita.
—Delicioso. Todavía no he acabado contigo, mi dulce osita —le dijo, su voz tensa, ronca de deseo reprimido. Y mirándola fijamente, agregó: —Esta noche quiero saborearte, cariño.
—Ohhh…
Y rozó los labios femeninos con su lengua, abriéndola y explorándola en un dulce y apasionado beso.
Al parecer, Daniel había decidido dejar de luchar contra sus deseos.


Continuará...

Teresa - Capítulo 06

—Es la primera vez que voy a decirte algo así, cielo… —Alex suspiró antes de hablar, y con firmeza, le dijo: —Te lo prohíbo. Te prohíbo que le digas una sola palabra a Teresa.
Estaban en el carruaje de vuelta a casa. Luego de ver a Daniel, todos sus planes se aguaron. Anna estaba furiosa y quiso seguirlo hasta el área privada del burdel. Alex tuvo que sacarla casi a rastras.
—¿Estás bromeando, no? —Le contestó Anna cada vez más molesta, —Si mi mejor amiga me oculta algo así yo no querría saber de ella nunca más. ¿Cómo puedes prohibirme que le diga a Teresa que encontré a su prometido en un burdel?
—Escúchate, amor… has dicho un «burdel». ¿En qué cabeza entra que tú hayas estado en un lugar así? Solo un tarado como yo accede a llevar a un lugar así a su esposa, ¡porque lo prometí pensando con la entrepierna!
—Bah, a Teresa no le importará ese detalle. —contestó frunciendo el ceño.
—Pero a mí sí, y a Daniel y otros que se enteren también. ¡Por Dios Santo! Si esto explota llegará a oídos de todo el mundo… —Alex se pasó la mano por el pelo, nervioso. —Anna, piensa en las consecuencias, no puedes hablar sobre esto. Hay una regla no escrita que dicta que lo que uno ve en un lugar como ese, se le olvida al salir. Nadie tiene ojos ni oídos en ese lugar. Todos son igual de culpables solo por entrar.
—¡Yo no estaba haciendo nada malo! No tengo por qué sentirme culpable por haber ido allí con mi esposo, de curiosa. —Y señalándole con el dedo, continuó: —Pero él no debería haber estado allí, es una falta de respeto hacia Teresa.
—Amor… Daniel es un hombre.
—¿Y eso lo justifica? ¡Ja! Es un hombre, sí… y uno muy deshonesto, por cierto.
—Los hombres hacen eso.
—¿Ah, sí? —Ella lo miró desconcertada, —¿Tú lo haces?
—Sabes que no. De todas formas, también comprendes que tengo razón. No lo hagas, cielo. No hables. Sabemos que la sociedad es una mierda de hipocresía, pero vivimos en ella, y podría ser nuestra ruina. Sería un escándalo que se supiera que tú fuiste a un burdel y que yo lo permití.
—Entonces tendrás que hablarle tú.
—¿Ah, sí? ¿Quieres que Daniel piense que yo fui a ese lugar solo? ¿Te gustaría que piense que yo te pongo los cuernos?
—Inventa algo, ¡Por Dios! Pero las cosas no pueden quedar así.
—¿Y si lo pensamos una semana? Si no quieres arruinar a todos el viaje, a la vuelta decidiremos qué hacer, ¿te parece? Y con la mente más fría.
Ella lo pensó un rato y decidió:
—Una semana, Alex. No voy a esperar un día más. Si no se resuelve esto cuando volvamos de La Esperanza, yo hablaré con Teresa sin importarme las consecuencias. —Se dejó caer en el asiento del carruaje y cerrando los ojos dijo para rematar: —Y odiaré a Daniel Lezcano todos los días que pase a nuestro lado en la hacienda.



Llegó el miércoles y todos partieron hacia La Esperanza en dos carruajes, el de los Constanzo y el de Daniel. Mamá Chela también formaba parte de la comitiva, eran siete personas en total, y se fueron turnando en los carruajes a medida que paraban en algún lugar para refrescarse y hacer descansar a los caballos.
Anna estuvo todo el viaje taciturna y malhumorada. Si Teresa se dio cuenta, no dijo nada al respecto. Pero Serena y Joselo sí lo notaron, y cuando le preguntaron el motivo, Anna solo les dijo que estaba cansada, que ya se le pasaría.
Llegaron a la hacienda entrada la tarde. Daniel se instaló con los Constanzo —para desgracia de Anna, —y Teresa con los Ruthia. Pero luego de descansar unas horas, ya estaban todos juntos de nuevo en La Esperanza cenando, conversando y tomándose del pelo.
Llegó un momento en que Alex y Daniel se sintieron un poco fuera de lugar en el cuarteto que formaban las chicas y Joselo, y decidieron salir a fumar un puro a la galería de la casa patronal.
—Creo, Anna y Teresa, que están haciendo sentir mal a sus parejas.
Las dos reaccionaron juntas:
—¿Por qué lo dices?
—Me parece que se sienten desplazados por nosotros, vayan a hacerle unos mimos, ¿quieren?
—Ahhh, pero a Alex no le importa… sabe que seré toda suya esta noche —dijo Anna riendo tontamente.
—Feliz de ti. Pero tienes razón con Dani, Joselo. No lo traje hasta aquí para que fume puros con Alex en la galería. Ni siquiera fuma. —dijo Teresa asintiendo.
—No lo sabes, Tere. —respondió Anna.
—¿Qué no sé qué?
—Si fuma o no.
—¿Cómo no voy a saberlo? Claro que no lo hace.
—Puede que lo haga y nunca lo viste.
—Ya me hubiera enterado.
—A lo mejor hay cosas de él que no sabes.
Joselo y Serena miraban el intercambio sin entender a dónde quería llegar Anna.
—¿A qué te refieres?
—Ay, no me hagas caso. Estoy delirando. —contestó molesta por no poder cerrar su boca. —Vamos a buscar a esos dos.
Teresa frunció el ceño. Conocía a su amiga, y ocultaba algo.
Pero no insistió.
—Vamos.



Al llegar a la galería, Alex recibió a Anna con una sonrisa, pasándole un brazo por el hombro y dándole un beso en la frente.
—Hola, amor. —le dijo. —¿Ya me extrañabas?
Anna solo ronroneó apretándose contra él.
Teresa presenció ese intercambio con envidia. Daniel sólo la tomó de la mano y la apoyó en su brazo.
 Estuvieron un rato conversando, cuando Serena salió a preguntar si alguien quería jugar a las cartas.
Anna estiró a Alex y entraron.
Teresa aprovechó y le preguntó:
—¿Tu fumas, Dani?
—Sabes que no, querida. ¿Por qué lo preguntas?
—Mmmm, nada. —Seguía sin entender lo que le quiso decir Anna. Se acercó a él despacio y pasó los dedos por su pecho.
Él le tomó la cara con ambas manos y la acercó a él, dándole un beso en la frente y otro en la nariz.
—Hola osita, —le dijo cerca de sus labios. —Yo sí ya te extrañaba, —haciendo referencia a la pregunta de Alex.
Ella sonrió ampliamente. Solo necesitaba escuchar eso para derretirse.
—Hola, mi amor. —Y aceptó los labios de él con una urgencia contenida, temblando ligeramente y apoyándose contra su torso. Al comienzo sus labios apenas se rozaron, su aliento era como una caricia.
Ella gimió, protestando.
Daniel devoró su protesta capturando su boca, profundizando el beso hasta que ella abrió los labios, tentándole a que lo convirtiera en algo más íntimo. Le pasó una mano por la cintura y otra por la espalda hasta hundirla en sus cabellos, sujetándole la cabeza mientras la echaba ligeramente hacia atrás, fundiendo sus cuerpos.
—Esto es una locura, —susurró él.
—Puedes jurarlo. Una locura maravillosa. —contestó separando apenas sus labios de los de él para contestarle.
Volvió a besarla y penetró en su boca con la lengua. Las manos de Teresa se aferraron a las solapas de su chaqueta. Cuando la lengua de ella se unió a la suya, Daniel se olvidó de la cordura y se dejó llevar. Teresa lo abrazó y ahondó en el beso. Su sabor casi le hizo perder la cabeza.
«Respétala», la palabra de Don Augusto se filtró en su inconsciente y le hizo recobrar el juicio. Daniel se apartó despacio de ella, sacó el reloj de su chaleco y lo consultó.
—Cielos, osita… es tardísimo.
Aturdida, ella lo miró sin entender.
—Pe-pero… estamos de vacaciones. ¿Qué importa la hora?
—Creo que ya deberían irse.
—No puedo obligarlos, están jugando a las cartas.
Él apoyó ambas manos en la baranda de la galería, bajando la cabeza, como queriendo recuperarse. Pero ella no le dio tregua. Se puso detrás de él abrazándolo por la cintura y apoyando la mejilla en su espalda.
Daniel cerró los ojos cuando sintió las manos de ella deslizarse tentativamente por su pecho y su estómago sobre la camisa, acariciándolo suavemente… su mano estaba tan cerca, «solo un poco más abajo», pensó él, deseando la caricia pero no animándose a pedírselo.
—Osita…
Y ella lo sorprendió:
—Guíame, mi amor —le dijo en un susurro.
Él, contrariamente a todos sus pronósticos, bajó lentamente una de las manos de ella hasta su cresta palpitante. Teresa lo tocó tímidamente primero, valerosamente después. A pesar del obstáculo que representaba la tela del pantalón, ella pudo apreciar la magnitud de su creciente erección.
—¿Sientes lo que me provocas, osita? —le dijo Daniel, suspirando y con voz ronca por la emoción.
—Ohhh… sí.
Sorprendida de sí misma, ella siguió acariciándolo, sintiendo cómo su erección se hacía más plena cada vez.
El suspiró y le dijo:
—Ahora retírate, cariño. Deja de acariciarme. Ten más cordura que yo, por favor te lo pido.
Ella entendió su lucha interna, se apartó lentamente y fue a sentarse en la mecedora al final de la galería dándole tiempo a que se recuperara. Aunque jamás lo admitiría, estaba asustada por su osadía.
Un rato después, él se sentó a su lado y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. Ella bajó la cabeza y la apoyó en su hombro. No dijeron nada, no era necesario. Él posó un ligero beso sobre el pelo de Teresa, cerraron los ojos y disfrutaron de su cercanía, de ese nuevo conocimiento que experimentaron.
Un rato después, escucharon voces y fueron interrumpidos por Serena que le anunciaba a Teresa que ya debían regresar a la casa.
La magia se rompió, pero quedó un sabor a triunfo.
Una vez solo en su habitación, no pudiendo conciliar el sueño, Daniel soportaba una lucha interna entre sus deseos y sus deberes. Llegó a la conclusión que la única solución para no sucumbir era mantenerse lo más alejado posible de ella.
Teresa sin embargo, rememoró lo ocurrido y sonrió complacida. No tenía idea de lo que deseaba realmente, no sabía hasta donde era capaz de llegar, pero tenía la certeza que quería más. Mucho más.
Esta sería una batalla de voluntades, en la cual nadie sabía quién saldría victorioso, ni cuál era la verdadera victoria.


Continuará...

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