Cumpliendo una Promesa - Capítulo 03

miércoles, 24 de agosto de 2011

Roberto acababa de dejar a Sylvia y a Cecilia en sus respectivos departamentos luego de un agitado fin de semana. Se ofreció a traerlas de vuelta ya que habían hecho el viaje de ida con el ex novio de Cecilia, y él volvió temprano el domingo, antes de que alguien en la casa despertara.
Hubo tensión entre los dos durante todo el viaje, aunque Sylvia no pareció percibirlo.
Cecilia lo había descolocado totalmente con su pedido. Casi se atraganta cuando se lo dijo, él nunca pensó que llegaría el momento en el que tuviera que cumplir esa "estúpida promesa de adolescentes" que apenas recordaba haber hecho.
Volvió en el tiempo, hace quince años atrás y se puso a rememorar:

Cecilia estaba acurrucada al costado de Roberto, pensativa. Él la abrazó y acarició su lacio cabello castaño rojizo, suave como la seda.
Estaban sentados en el pasto, apoyados contra un frondoso árbol de mango a orillas del riacho Azul, testigo de tantas locuras infantiles. El puente que cruzaba la angosta franja de agua les hacía sombra en ese día tan caluroso de verano, y se escuchaba a lo lejos el suave ronroneo de los vehículos al pasar por la carretera.
—¿Qué haré yo sola aquí? Mis dos hermanos mayores ya se fueron y ahora ustedes también —preguntó preocupada.
—Te las arreglarás. Solo serán dos años, luego volveremos a estar todos juntos —contestó Roberto tratando de tranquilizarla.
Ella todavía no podía asimilar el hecho de que sus mejores amigos y su hermano la dejasen para estudiar en la capital, distante doscientos sesenta kilómetros de la pequeña ciudad donde crecieron. Roberto había cumplido dieciocho años y ella tenía quince, a punto de cumplir dieciséis.
—¡Cecilia, Ceci! —gritó Sylvia, jadeante, corriendo hacia ellos—. Encontré la pulsera que perdiste la semana pasada.
Pero Ramiro no la dejó avanzar. Corriendo detrás de ella la tomó por la cintura y la hizo girar en el aire. Sylvia se aferró a él riendo a carcajadas.
Cecilia y Roberto se miraron y sonrieron.
—¿Crees que pasa algo entre ellos? —preguntó la jovencita.
—No lo sé, pero siempre están tocándose.
—Nosotros también, eso no significa nada —Cecilia se ruborizó apenas lo dijo. Quizás para él no tuviera trascendencia, pero para ella, en su inocencia casi infantil, Roberto era como un príncipe encantado. Alto, fuerte, cariñoso y dispuesto a protegerla en todo momento, al igual que su hermano.
Él la miró fijamente y abrió los labios como queriendo decir algo muy importante, cerró los ojos y apoyó su cabeza en el árbol.
—Tú eres mi princesa, por supuesto que significa mucho. Sabes que hasta que llegamos aquí con mi padre hace cinco años, después de mudarnos incontables veces, yo nunca había tenido amigos como ustedes, para mí no hay nada más importante.
—Quizás ahora sientas eso, pero espera cuando llegues a la capital, entres en la universidad, conozcas otra gente, hagas otros amigos. Te olvidarás de nosotros, más aún de mí, que me quedaré sola aquí como un alma en pena.
—No digas eso, Ceci. El tiempo pasará rápido, tú terminarás el colegio y te reunirás con nosotros allá en apenas dos años. Volveremos a estar todos juntos.
—Dos años… un siglo —dijo con el ceño fruncido.
—Pasarán en un abrir y cerrar de ojos, te lo aseguro.
—¿Me llamarás a contar todo lo que te pasa? ¿Me escribirás?
—Te lo prometo —Y levantó la mano como haciendo un juramento, para bajarla luego y acariciarle la punta de la nariz con el dedo.
Ella se deshizo de su abrazo y se sentó frente a él. Arrancó un puñado de hierba del suelo y dijo solemnemente:
—Serás un gran médico.
—Eso espero —dijo sonriendo.
—Conocerás a una rubia despampanante como esas que tanto te gustan, te enamorarás perdidamente de ella, te casarás y tendrás muchos hijos.
Él rió a carcajadas.
—Falta mucho para eso, princesa. Primero tengo que recibirme, conseguir un buen trabajo para poder mantener a ese dechado de virtudes de pelo rubio y todos los hijos que me dará.
—Claro, no digo que ocurrirá ahora, pero eso es lo que pasará.
—¿Y tú? —preguntó interesado.
—¿Yo? Mmmm. Yo no me casaré nunca —contestó muy seria.
—¿Por qué lo dices?
—Porque lo sé, ya lo he decidido.
—¿Qué cosa?
—Mi futuro… —dijo sonriendo pícaramente.
—Cuéntame.
—Me gustaría estudiar psicología o psiquiatría, eso ya lo sabes, y una vez que termine mi carrera y pueda mantenerme sola, pues… voy a tener un hijo.
—¿Sin padre? No me pareces tan inocente como para no saber que necesitas de un hombre para cumplir tu sueño, princesa.
Ella se ruborizó ligeramente por lo que esa afirmación implicaba. 
A él le pareció adorable y sonrió.
—Tampoco tú eres tan inocente como para no saber que no es necesario casarse para tener un hijo, Rob —contestó con valentía.
—¿Y por qué esa decisión tan drástica? —Obviamente él sabía que cambiaría de opinión más adelante, pero quería saber el motivo.
—Yo… yo no quiero tener la misma vida que mamá. Contando el aborto que tuvo, se pasó casi diez años de su vida embarazada. El papel que hace en su vida no es más que la de una empleada domestica… y para colmo, sin sueldo. Tiemblo de solo pensar que me ocurra lo mismo. No quiero ser el juguete de ningún hombre, quiero ser independiente y tomar mis propias decisiones. No quiero tener que llegar del trabajo y ponerme a limpiar y cocinar para un cerdo que está tirado frente al televisor bebiendo cerveza y rascándose la panza sin hacer nada —negó con la cabeza— esa vida no es para mí.
Roberto suspiró. Sabía la lucha diaria de Cecilia por conseguir que la trataran igual que a sus tres hermanos. Se negaba incluso a ayudar a su madre a levantar la mesa si sus hermanos no lo hacían. Tenía un carácter muy fuerte e imponía sus ideas a pesar de que sus padres no estuvieran de acuerdo.
—Bueno, Ceci —dijo en un momento de inspiración, casi como si fuera una broma— si tú y yo estamos solteros y sin compromiso para cuando decidas realizar tu sueño, prometo que te ayudaré si lo deseas.
El rostro de Cecilia se iluminó de alegría.
—¿Bromeas?
—No, princesa. Lo digo en serio.
Él sabía que no tendría que cumplir su promesa. Cecilia era una jovencita muy hermosa, se casaría quizás antes que él.
—Te tomo la palabra, Roberto Luis Almirón. ¿Me escuchaste? —dijo solemnemente.
Él rió a carcajadas.
—Y yo prometo cumplir mi promesa bajo esas condiciones, María Cecilia Antúnez.
Sellaron el trato con un apretón de manos y sonrieron.

Volviendo a la realidad, y a pesar de la preocupación, Roberto sonrió.
Recordaba haber estado locamente enamorado de ella cuando era adolescente, aunque nunca se lo dijo. Ella no era más que una nena de diez años cuando la conoció, y era la hermana de su compañero de colegio y mejor amigo. Cuando se hizo lo suficientemente mayor como para pensar en tener algo con ella, ya era tarde. Él tenía que marcharse a la capital y dejarla.
Los estudios y las relaciones ocasionales los habían distanciado, pero siempre recordaba con cariño a la adolescente dulce y rebelde que fue. Y se había convertido en toda una mujer. 
En la fiesta la observó en todo momento. 
El vestido color lavanda que llevaba puesto se adhería escandalosamente a cada una de las curvas de su esbelta figura. Sus senos eran del tamaño ideal para caber en sus manos, ni demasiado grandes, ni pequeños y se mecían ligeramente cuando bailaba debido a la ausencia de sujetador, que dejaba toda su hermosa espalda descubierta, solo trenzada con pequeñas cadenas plateadas.
Sus redondeadas nalgas ¡Santo cielo, siempre fueron su perdición! Ese hermoso trasero lo volvía loco cuando ella se paseaba frente a él en los minúsculos shorts que usaba de niña. Y sus piernas… largas y torneadas. Toda ella era como música celestial para los oídos.
De nuevo estaba duro solo con pensar en Cecilia, ni que fuera adolescente todavía.
Luego de la conversación que tuvieron en el tejado, el prometió pensarlo y darle una respuesta lo más brevemente posible. Trató de hacerla entrar en razón, alegando que solo era un adolescente cuando hizo esa promesa. Pero ella estaba aparentemente decidida a tener un hijo… «sola».
Las condiciones de la promesa se cumplían al pie de la letra, pero él no estaba dispuesto a abandonar a su propio hijo, o hija. Ella tenía que saber eso.
¿Qué locura estaba pensando? Ni que fuera a llevar a cabo el sueño de Ceci.
Ya tengo treinta y tres años, pensó. 
No se hacía más joven, y tener un hijo siempre había sido también su deseo, aunque le gustaría más el combo completo: matrimonio, esposa, casa, hijos, en ese orden. No es que pensara en eso muy seguido, no le quitaba el sueño, pero algún día le gustaría casarse y hasta ahora no había encontrado la mujer ideal para hacerlo.
María Cecilia Antúnez. Quizás no fuera mala idea después de todo, pensó.
Ambos eran adultos, solteros y sin compromisos, muchas parejas tenían hijos sin estar casados y lo sobrellevaban perfectamente, para ellos sería más fácil porque se pondrían de acuerdo, y eran amigos. Las promesas debían ser cumplidas, y el proceso sería definitivamente muy placentero: tenerla en sus brazos, desnuda como tantas veces había soñado, hacerle el amor hasta que ambos cayeran rendidos, exhaustos.
Pensando más con la entrepierna que con otra parte de su cuerpo, accedió para sí mismo. Pero decidió que Cecilia debería aceptar antes algunas condiciones que le plantearía. A la promesa le faltaban definitivamente muchos huecos que llenar.
Se le ocurrió una idea y sonrió.


Cecilia y Roberto estaban cenando en un romántico restaurante italiano el miércoles siguiente a su encuentro. El ambiente se prestaba al romance, pero ellos estaban allí por algo mucho más práctico.
Disfrutaron de la cena conversando, acompañando las pastas con un delicioso vino rosado Codorniú Pinot Noir. Casi como si se hubieran puesto de acuerdo, no tocaron el tema que los había reunido esa noche hasta que llegaron a los postres.
—No te imaginas lo mucho que me alegro que podamos reunirnos de nuevo, Rob —dijo Cecilia apoyando suavemente la mano sobre la suya.
Él se la tomó y la llevó a los labios, besándole los nudillos.
—Yo también, princesa, aunque esa promesa que quieres que cumpla me tiene muy preocupado.
Cecilia estaba deseosa de que él aceptara, pero no iba a obligarlo a cumplirla. Entendía que había sido hecha cuando eran poco más que unos niños.
—Lo entiendo, Rob. Y si no dese…
—Quiero hacerlo —Él no la dejó continuar.
Cecilia lo miró sin poder creer lo que estaba escuchando, luego rió a carcajadas.
Él sonrió al verla tan feliz.
—¿De verdad? —preguntó.
—Sí, princesa… pero tenemos que conversar mucho al respecto, y llegar a ciertos acuerdos, para que no tengamos problemas después.
—Por supuesto —Cecilia no podía dejar de sonreír.
—Dime… ¿cuál es tu idea al respecto? ¿Cómo lo haremos?
—Bueno, siempre he pensado que la "Clínica Alma Matter" es la mejor opción en estos casos. Tienen un alto porcentaje de efectividad en sus inseminaciones y…
Mientras ella hablaba, Roberto la miraba como si fuera una extraterrestre. ¿Clínica? ¿Y el contacto entre ellos? ¿Acaso pensaba…?
—¿Quéee? ¿Estás loca, Ceci? —Interrumpió molesto.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo esa clínica?
—¿Acaso crees que soy un semental o algo así? —Él rió nervioso ante la idea—. Si tengo que hacer esto, por lo menos espero disfrutarlo, princesa.
—Roberto… no insinuarás que quieres que nosotros… eh, que hagamos…
—Ceci… o lo hacemos a la antigua, o no hay trato.
Ella se apoyó en el respaldo de la silla y cerró los ojos, nerviosa.
Él continuó:
—Veo que tienes algunas ideas raras al respecto. Te hice esta promesa cuando éramos un par de adolescentes estúpidos, y dejamos muchos huecos sin llenar, así que te diré cuales son mis condiciones. Si estás de acuerdo, lo hacemos… sino, lo siento princesa, no lo haré.
—¿Cu-cuáles son esas condiciones? —preguntó dubitativa.
—Ya sabes la primera: quiero hacerlo de manera natural. Segundo: quiero formar parte de la vida de ese niño o niña…
—Pero…
—Shhh… —le puso un dedo sobre sus labios y ella se estremeció—, déjame terminar.
—Vivirá contigo, por supuesto, pero me haré cargo de todos los gastos, como cualquier padre normal y tendremos la tenencia compartida. Eso significa que podré visitarlo cuando quiera o llevarlo a pasear, y cuando sea más grande, podrá pasar un fin de semana o viajar conmigo. Y nosotros, seguiremos siendo grandes amigos y criaremos a un bebé feliz. Tendrá dos padres que lo aman, y que se aprecian mutuamente.
—Suena maravilloso, Rob… pero no es absolutamente como lo había previsto.
—Ya me doy cuenta, princesa. Pero en este caso debes pensar no solo en ti, sino en esa criatura también. Y necesitará de los dos padres, aunque no estén juntos. Y yo… yo no podría vivir sabiendo que tengo un hijo abandonado, sin mi atención. Crecí huérfano de madre, Ceci… lo sabes, y sé lo difícil que es para un niño que le falte uno de sus padres. No voy a permitir que mi hijo o hija crezca con esa carencia pudiendo tenerme, ¿lo comprendes, no?
—No había pensado en eso… yo, yo tiendo a pensar solo en mí. Creo que Darío tenía razón cuando me dijo que era egoísta y controladora.
—Probablemente lo seas, has vivido gran parte de tu vida sola sin tener que darle cuentas a nadie, pero verás como todo eso cambia cuando seas madre. La prioridad será el bebé siempre, te lo aseguro. Yo también tiendo a ser bastante egoísta… es porque estamos acostumbrados a estar solos y hacer lo que queremos.
—S-sí, así es —Cecilia suspiró—. Esto me toma por sorpresa, Rob.
—Sé cómo te sientes —él sonrió—. Pasé por esto hace unos días.
Un silencio incómodo se cernió entre ellos. Luego de unos segundos, que podrían haber sido minutos, ella dijo:
—Tendré que pensarlo de nuevo.
—No pienses tanto, princesa. Te estoy ofreciendo cumplir tu sueño, que aunque no lo sabía, también es mío, pero con seguridad para el niño, ¿qué más quieres?
—¿Y si obviamos la parte física y dejamos el resto como tú quieres?
—¿Y perdernos la diversión? —Él rió a carcajadas—. No, no, no… esa es la mejor parte.
—Pero una parte muy rara, Rob. Tú y yo… —frunció el ceño.
Él adoraba esa expresión típica en ella.
—Hombre y mujer… ambos jóvenes y atractivos a los ojos de nuestros pares.
—¿Te parezco atractiva como mujer?
—Por supuesto, princesa. Eras una niña preciosa, y te has convertido en una mujer muy hermosa. Me gustas, será un placer tenerte en mis brazos —dijo suavemente.
Ella se estremeció con solo pensar en esos fuertes brazos cobijándola.
—¿Y si alguno de nosotros sale lastimado en todo esto?
—Si ambos aceptamos las reglas de juego, no saldremos lastimados. Y si ocurre, pues el tiempo curará nuestras heridas, y mientras tanto, tendremos un bebé en el cual ocuparnos, sabiendo antes que nada que ninguno de los dos tuvo intención de lastimar al otro.
—Parece que pensaste mucho en todo esto.
—Lo hice, hace cuatro días que no hago más que pensar en todas las consecuencias que puede acarrear esta locura.
—Creo que eres aún más controlador que yo.
—Puedes estar segura.
Ambos rieron. En ese momento llegó el maître preguntando si necesitaban algo. Roberto pidió la cuenta y la miró interrogante.
—Rob, yo… yo no quiero acostarme contigo —ésta vez fue él quien frunció el ceño—. No quería decir eso, o sea… no es que no me parezcas atractivo… lo eres y mucho, pero temo que arruine nuestra amistad. El sexo siempre arruina todo.
—No siempre es así, yo tengo varias amigas con las cuales tuve relaciones íntimas y hasta ahora nos llevamos muy bien.
—Que suerte tienes —dijo bufando—, ninguna de mis ex parejas me habla.
—Quizás porque no hubo claridad en la relación. Mientras se cumplan las reglas del juego, nadie puede quejarse.
Cecilia temía que él, su amigo de la infancia, se diera cuenta de su disfunción sexual, de que era fría como un trozo de hielo. Podía fingir, lo había hecho un montón de veces, no se daría cuenta. Y luego tendría la recompensa que quería. Ya no necesitaría nada más. Estaba realizada como profesional y él la ayudaría a realizarse como mujer dándole un hijo. Con eso sería suficiente para vivir su vida plenamente.
—Sí… puede ser.
—¿Aceptas? Si dices que sí, tengo otra condición.
—¿M-más? ¿Quién crees que eres, El Supremo Dictador?
Ambos rieron ante la ocurrencia.
—Te gustará, princesa.
—Dime.
—No quiero que lo hagamos a las apuradas ¿cuándo es tu periodo fértil?
Ella casi se atraganta con el vino. Aunque comprendió que la pregunta era totalmente comprensible.
—Eh… ahora estoy, ya sabes… con el período.
—Siendo psiquiatra te cuesta mucho hablar de estos temas —sonrió y le tomó la mano—. Bien, estás menstruando ahora, significa que en quince días estarás a punto. Nos viene como anillo al dedo. Tengo que dar un par de conferencias en Punta del Este en ocho días, ¿puedes tomarte diez días de vacaciones?
—¿Para qué?
—Para conocernos de nuevo, princesa. Conozco a la niña, pero no a la mujer que hay en ti. Me gustaría que pasemos juntos unos días, sin apuros, sin teléfonos ni interrupciones. Solo para nosotros dos, se lo debemos a nuestro futuro hijo, ¿no lo crees?

Continuará...

Cumpliendo una Promesa - Capítulo 02

Sylvia estuvo especialmente parlanchina durante las tres horas de viaje hasta la pequeña ciudad donde vivían sus padres. Darío y ella se pasaron hablando durante casi todo el trayecto, mientras Cecilia los escuchaba, asentía o hacía una escueta observación de vez en cuando, cambiando la música de la radio constantemente.
No entendía muy bien su estado de ánimo. Estaba ansiosa, nerviosa, sobre todo por el encuentro con Roberto. Tenía muchas ganas de volver a verlo, esta vez se tomaría más tiempo para conversar con él. Darío lo entendería, hablaron al respecto. Recordaba lo bien que se llevaban cuando eran adolescentes, lo dulce que él siempre fue con ella, la protegía como si fuera un hermano más.
Cecilia no necesitaba esa protección, ya tenía hermanos de sobra, –tres en total, todos mayores que ella–, pero siempre se sintió muy segura a su lado. Y cuando fue a estudiar a la capital se sintió perdida y desolada. Siempre había sido una joven muy popular, no le faltó atención masculina en ningún momento, pero Roberto siempre fue especial para ella.
Necesitaba averiguar todo sobre él. Desde que Ramiro le había contado sobre la fiesta de graduación diez días atrás, una idea fija rondaba por su mente. Ya había llegado la hora de borrar un punto más de la lista que había elaborado a los quince años. Fue cumpliéndolos todos hasta ahora, pero faltaba uno de los más importantes.
Darío la sacudió.
—¡Cielo! Ya llegamos… ¿en qué parte de la estratosfera estás?
—Oh, lo siento… estaba pensando en otra cosa.
—Ya nos dimos cuenta —dijo Sylvia riendo.
Llegaron casi al mediodía del sábado. La casa de los padres de Sylvia estaba ubicada enfrente de los de Cecilia. Se despidieron brevemente prometiendo encontrarse más tarde para acudir a la peluquería juntas.
Eulalia y Carlos Antúnez recibieron a su hija y su invitado con auténticas muestras de cariño, así como Ramiro y Lourdes, que habían llegado el día anterior a la noche. Todo era júbilo y alegría en la casa. Cecilia le presentó a Darío a sus padres, quienes amablemente le hicieron sentir como parte de la familia.
Les estaban esperando para almorzar. Hicieron una barbacoa en el quincho ubicado en el patio, frente a la piscina, y estuvieron hasta cerca de las tres de la tarde conversando, contándose las últimas novedades, entre bromas y risas.
Cecilia estaba ayudando a su madre en la cocina con el postre, cuando ella le preguntó:
—Ceci, esto es un poco incómodo para mí, pero… eh, quisiera saber… ese joven, Darío, ¿dónde va a dormir?
—Donde tú quieras ubicarlo, mamá —Cecilia sonrió interiormente, no estaba ayudando mucho a su madre, lo sabía.
—Habitaciones es lo que sobra en esta casa, querida. Ustedes… no sé, ¿quieren estar juntos?
—Si eso va a hacerles sentir incómodos no es necesario, mamá.
—¿Hace mucho que están juntos? No nos cuentas mucho sobre tu vida privada, me gustaría saber.
—Casi un año —contestó en forma escueta.
—¿La relación es seria?
Cecilia miró a su madre y suspiró. Ni ella misma estaba segura.
—No lo sé… yo, tú sabes, no pienso mucho en eso.
—Ay, Ceci ¿cuándo llegará el día en el que sientes cabeza, te enamores y me des muchos nietos?
—No es necesario que me case para darte un nieto, mamá. Ya sabes lo que pienso al respecto.
—Mmmm, esa idea loca que se te metió en la cabeza de niña. ¿Todavía piensas igual?
—Más que nunca, mamá. Luego de conocer a tantos hombres, todos cortados por la misma tijera, mi idea incluso me parece más acertada ahora que antes.
—Yo esperaba que cambiaras de parecer.
Cecilia abrazó a su madre.
—Yo estoy bien, mamá. No necesito un hombre para sentirme realizada. No te preocupes por mí, sé cuidarme sola. Y sobre Darío, prefiero que lo instales en la habitación de Andrés o Camilo, así papá no se enoja. Sé que le va a resultar incómodo si lo pones en mi habitación.
—S-sí, creo que es lo mejor.
Al terminar el almuerzo, los varones decidieron ir a descansar, mientras las mujeres iban a la peluquería. Ramiro se encargó de indicarle a Darío cual iba a ser su habitación.
A Cecilia le hicieron un complicado recogido que dejaba su espalda al descubierto, con algunas ondas que colgaban a los costados de su rostro. Era ideal para su vestido, que tenía unas finas cadenas en la espalda descubierta. La maquillaron en forma muy natural, como a ella le gustaba.
Llegaron al club social donde se celebraba el baile en dos vehículos. Los organizadores se habían esmerado, el salón estaba perfectamente decorado. Había metros y metros de tela en el techo y las paredes, globos por doquier, y elegantes centros de mesa, todo en tonos rojo, blanco y detalles dorados.
La orquesta ya estaba tocando las primeras canciones cuando los ubicaron en una mesa con ocho lugares designada para su familia. Sylvia había ido sola, por lo tanto estaban entre siete personas. ¿A quién habrán designado el otro lugar? Se preguntó Cecilia.
Miró el nombre en la tarjeta y sonrió: Dr. Roberto Almirón.
Iba a estar solo. ¡Maldición! ¿Para qué había invitado a Darío? Lo miró e hizo una mueca asemejando a una sonrisa. Él no le correspondió. Estaba serio, parecía incluso molesto.
En ese momento no podía preocuparse por él, los antiguos conocidos empezaron a acercarse y durante la siguiente hora no pararon de saludar y ponerse al día con sus amigos de la infancia.
Cuando Cecilia estaba a punto de sentarse al lado de un taciturno Darío que bebía más de la cuenta, vio una alta e imponente figura acercarse a la mesa con la gracia de un felino al caminar. Él la miraba fijamente y sonreía. Ella abrió los ojos como platos y sonrió también. Tenía ganas de correr a su encuentro y tirársele al cuello, pero se contuvo, ya no era una adolescente.
Roberto se acercó y cuando estaba a dos metros de ella extendió los brazos invitándola. Cecilia no lo dudó un instante y se acercó suavemente, posando sus manos sobre las de él.
—Cecilia Antúnez —dijo con voz ronca de la emoción—. Estás preciosa, princesa.
Todo alrededor se esfumó al escuchar su voz. Él la acercó a su cuerpo y la abrazó muy fuerte. Se miraron y sonrieron como tontos.
—Ay, Rob… es un placer verte después de tanto tiempo —dijo emocionada.
Pero en ese momento Ramiro y Sylvia, que estaban conversando con otras personas, se dieron cuenta de su presencia y todo se convirtió en un caos. Saludos, abrazos y besos a granel. Cecilia aprovechó para presentarle a Darío. Aunque ambos se saludaron educadamente, no se prestaron mucha atención.
Recién al cabo de otra media hora pudieron sentarse a la mesa con tranquilidad, disfrutando de la espléndida cena. Conversaron, rieron y recordaron un montón de anécdotas de cuando eran niños y adolescentes.
Roberto, que estaba casi frente a ella, no dejaba de mirarla y sonreírle. Ella se sentía un poco incómoda con Darío al lado. Se notaba que él no estaba a gusto, y que se sentía fuera de lugar en ese grupo que compartían tantas anécdotas de la adolescencia.
Luego de la cena, las luces se volvieron más tenues y la música más fuerte. El baile había comenzado. La gran bola de espejos que colgaba del centro de la pista empezó a esparcir luces de colores por todo el salón.
Los homenajeados iban a iniciar el baile.
—Darío, si no te molesta, quisiera invitar a Ceci a que inicie el baile conmigo —solicitó Roberto educadamente.
—Eh… claro, por supuesto —respondió, aunque no le hizo gracia.
Ramiro, con la venia de su esposa, inició el baile con Sylvia.
Luego de unas cuantas vueltas a la pista, riendo, Cecilia dijo:
—No puedo creer que hayan pasado ya quince años, Rob.
—Parece que fue ayer, ¿no? Te dije que el tiempo iba a pasar en un abrir y cerrar de ojos, ¿recuerdas?
—Sí, tenías razón.
Roberto le hizo girar una vuelta sobre su eje y la aprisionó de nuevo en sus brazos.
—Esperaba que vinieras sola esta noche —dijo en su oído—. Tenía ganas de tenerte solo para mí, como en los viejos tiempos.
—Si me hubieras llamado, quizás lo hubiera hecho.
—Hace tanto que no nos vemos, que me pareció fuera de lugar hacerlo. Es una pena que hayamos perdido el contacto, princesa. La última vez que te vi, también estabas acompañada. Creo que sigues tan solicitada como siempre.
—Yo también te vi con una rubia despampanante cenando en un restaurante, hará unos cuatro o cinco años, muy acaramelados.
Él rió a carcajadas.
—¡Solo Dios sabe quién habrá sido!
—¿Ni siquiera recuerdas tus citas? Eso es grave, doctor —dijo sonriendo.
—Me estoy volviendo viejo, tengo demencia senil.
—Lo que tienes es memoria selectiva. Estás espléndido, Rob, no digas tonterías. Me sorprende que ninguna mujer te haya atrapado todavía.
—¿Qué me dices de ti? Pensé que a esta altura estarías casada con un par de críos a tu alrededor.
Ella rió a carcajadas.
—¿De verdad? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Aún conociendo lo que pienso sobre el matrimonio?
—Creí que cambiarías de opinión.
—Pues no, sigo fiel a mis creencias. 
Ambos rieron y siguieron bailando un par de piezas más, conversando en ocasiones.
El resto de la noche Cecilia se lo pasó de brazo en brazo en la pista de baile, hasta que exhausta y sonriente, se sentó a la mesa. No vio a Roberto, miró hacia todos lados y no lo encontró.
Darío le hizo una seña y le pidió que fueran al patio a tomar un poco de aire.
—¿Qué te pasa Darío? —preguntó ella cuando estuvieron afuera—. Toda la noche estuviste con cara de pocos amigos.
La galería que daba al patio estaba tenuemente iluminada, y muchas parejas y amigos estaban fuera fumando o conversando. Darío, que tenía un vaso de whisky en sus manos, prendió un cigarrillo y le recriminó:
—Me sorprende que te hayas dado cuenta, no me prestaste la más mínima atención.
—Esta es una ocasión muy especial para mí, me encontré con amigos que no veía hace muchísimo tiempo, tú sabías que esto iba a ocurrir. No lo arruines, por favor.
—Siempre pensando solo en ti, Ceci.
—¿Pensando solo en mi? —repitió ella, con el ceño fruncido.
—Sí, siempre se hace lo que tú quieres, como quieres, cuando quieres. ¿No te has dado cuenta?
—Esa acusación está totalmente fuera de lugar, Darío.
—Tenemos una relación desde hace casi un año, pero me has mandado a la habitación de tu hermano. ¿Ni siquiera eres capaz de asumir lo que tenemos ante tus padres?
—Mis padres no son precisamente muy abiertos de mente, Darío. Te traje conmigo hasta aquí ¿no es eso suficiente para ti?
—No, no es suficiente. Dime Cecilia —dijo agarrándola de los brazos y acercándola a él—. ¿Qué es exactamente lo que esperas de mí? Porque yo me veo haciendo el papel de idiota.
—¿Acaso es inseguridad lo que detecto en tu voz? 
Cecilia percibió un fuerte olor a alcohol en su aliento cuando él se acercó ¿Estaría borracho? Se preguntó.
—No me analice, doctora Antúnez —Ella trató de zafarse—. No soy tu paciente ¡odio cuando haces eso!
—Parece que esta noche odias muchas cosas de mí —Seguía intentando soltarse pero él la mantenía aprisionada contra la columna de la galería. Las cadenitas de su espalda le estaban haciendo daño—. Esta soy yo, Darío, si no te gusta, puedes irte, nadie te detiene a mi lado.
—Siempre fría y calculadora ¿no?
—Demasiadas reclamaciones para una noche… creo que volveré a la fiesta. Tú puedes hacer lo que quieras —dijo usando sus manos para empujarlo suavemente.
—¿Vas a volver a los brazos de todos los hombres del salón? —preguntó estirándola del brazo.
—¡Suéltame, Darío! —ordenó, intentando zafarse, sin lograrlo—. Creo que estás borracho.
Roberto, que estaba en la galería conversando con unos amigos, vio el forcejeo de Cecilia y se acercó preocupado.
—¿Necesitas ayuda, princesa? —preguntó.
—¡Vete, esto no te importa! Es entre ella y yo —dijo Darío enojado—. Y te sugiero que no llames a mi novia de esa forma, ella no es nada tuyo, menos tu princesa.
—No necesito nada, Rob, gracias —Llevó a Darío hacia un costado y le dijo bajando la voz—: Por favor… cálmate, estás haciendo una escena frente a todos.
—Vamos de aquí, Cecilia —ordenó arrastrándola lejos de allí.
Ella forcejeó y se alejó de él.
—No me voy a ningún lado —lo desafió—. ¿Quién te crees para ordenarme que haga algo? Esta es una noche especial para mí y la arruinas con tus recriminaciones. Eres muy desconsiderado.
—Si no vienes conmigo, Ceci… todo termina esta noche entre nosotros. Estoy cansado de hacer siempre lo que tú quieres.
—Nunca te obligué a nada, no sé de qué hablas. Y no voy a ningún lado.
—¿Es tu última palabra?
—Lo es.
Si las miradas mataran, ella estaría fulminada.
Darío dio media vuelta y se alejó.
¿Sería ella realmente tan egoísta y controladora como él la veía?
Negó con la cabeza en silencio. Sentía remordimientos por haberlo llevado hasta allí y dejado prácticamente solo toda la noche. Esa relación no estaba funcionando, ella lo sabía, sería mejor terminarla en buenos términos. Lo siguió.


Cecilia estaba exhausta. 
Al final se había despedido de todos y por consideración a Darío lo había acompañado de vuelta a la casa a medianoche, y habían discutido durante más de una hora.
Él estaba durmiendo en la habitación que ocupaba su hermano mayor de niño, y se iba a la mañana siguiente bien temprano. Todo había terminado entre ellos, y no en muy buenos términos.
Cecilia sabía que eso era lo mejor, la relación no funcionaba. No estaba enamorada de él y nunca lo estaría. Las acusaciones que le hizo esa noche fueron tremendas. ¿Sería ella como él la pintaba? 
Suspiró y subió al alfeizar de la ventana, observando el cielo oscuro moteado de estrellas. Abrazó sus piernas y se acurrucó contra sus rodillas, pensando.
Fue así como la vio Roberto cuando dejó a Sylvia en la puerta de su casa pasadas las dos de la mañana. La ventana de su habitación daba hacia la calle. Él recordó las veces que trepó ese árbol para sentarse en el tejado junto a ella y conversar hasta altas horas de la noche.
Puedo hacerlo, no estoy tan viejo, pensó.
Se quitó la chaqueta, la corbata y se dispuso a subir.
Cecilia pegó un grito ahogado cuando sintió ruidos que provenían del árbol y una sombra que subía el tejado hasta su ventana.
Déjà vu.
Eso fue lo que sintió cuando vio la ágil figura de Roberto acercándose hasta su ventana, como si aún fuera ese adolescente alegre y sin preocupaciones.
Sonrió y lo esperó pacientemente.
—Hola princesa, ven aquí. —Extendió su mano para ayudarla a salir al tejado de pizarra.
Cecilia miró su vestimenta. Una camisilla y un short de algodón, estaba bien cubierta.
—Estás loco, Rob —dijo riendo—. Ya no tienes dieciocho años, ¿cómo se te ocurre subir hasta aquí? Podrías romperte el cuello.
—Eso solo puede decirlo una anciana de treinta años. Hice esto miles de veces hace quince años o más y nunca te preocupaste.
—La inconsciencia de la juventud —respondió, acomodándose a su lado.
Él le pasó un brazo por el hombro y la acurrucó a su lado. No pudo dejar de observar sus largas piernas desnudas y la sombra de sus pezones que se podían ver a través de la camisilla que llevaba puesta. Su miembro se tensó. Miró hacia el cielo y pensó en otra cosa.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado.
—Mmm, si —contestó suspirando—. Qué bien se siente esto, es como si fuera una niña otra vez.
—Parece que no hubiera pasado el tiempo, ¿no?
—No realmente, pero es una sensación maravillosa.
—¿Cómo te fue con tu prometido? ¿Solucionaron las cosas?
—N-no. Pero está todo bien para mí. No era mi prometido, solo teníamos una relación que ya no daba para más.
—Lo siento, princesa.
—No te preocupes, no hay daño permanente, no estoy enamorada de él. Creo que se ha llevado la peor parte. Soy una mujer espantosa, Rob. En la mayoría de mis relaciones siempre hago mucho daño a la otra persona. Creo que mi sufrimiento se debe más a la preocupación por el dolor que les causo que al rompimiento en sí.
—Eras una jovencita maravillosa, Ceci… y estoy seguro que te has convertido en una gran mujer, de pies a cabeza. No te culpes, no puedes hacer nacer el amor donde no lo hay.
—Debí haber roto con él hace mucho tiempo.
—Elimina el "Debí haber hecho algo" de tu vocabulario, princesa, no sirve para nada. Lo hecho, hecho está. Mira para adelante… y a otra cosa. Me imagino que cometiste errores, probablemente muchos, es normal, pero él también debió cometer algunos, estoy seguro. Una relación es de a dos, ambos son responsables de lo bueno y lo malo, no te eches toda la culpa a ti.
—Se supone que yo soy la terapeuta, ¿me está dando consejos, doctor Almirón?
—Estoy tratando de ayudar a mi amiga en un momento difícil de su vida, nada más.
El corazón de Cecilia empezó a latir rápidamente. Sin saberlo, él le había dado pie para tratar el tema que llevaba días rondando por su cabeza y años gestándose en su interior.
—Mmmm —suspiró y se apretó más a él—. Hay algo que podrías hacer para ayudarme.
—Dime —le dio un suave beso en la frente, mirándola desconfiado, sentía que algo estaba tramando—. Si está dentro de mis posibilidades, lo haré.
Ella levantó la cara y lo miró a los ojos, seriamente.
—Cumple la promesa que me hiciste, Rob.

Continuará...

Cumpliendo una Promesa - Capítulo 01

—No puedo hacerlo, doctora Antúnez, quisiera tener el valor, pero luego pienso en los niños, ellos aman a su padre, no tengo derecho a separarlos de él.
—A veces la separación de los padres es lo mejor para los hijos, Andrea. Tú no puedes seguir viviendo así, debes denunciar el maltrato a la que estás sometida, es necesario que pidas ayuda a los organismos correspondientes. La violencia es intencional aunque no sea siempre consciente. En lo único que yo puedo ayudarte como terapeuta, es en encontrar el motivo por el que aceptas esta situación de maltrato y orientarte a salir de ese círculo vicioso e infernal y entonces poder canalizar tu vida hacia algo más productivo.
Riiing.
—Terminó nuestra sesión —dijo Andrea, casi con tristeza.
—Así es, piensa en todo lo que hablamos y te espero la semana que viene. —Cecilia se despidió de su paciente luego de cuarenta y cinco minutos de sesión y se sentó en su escritorio.
La doctora Cecilia Antúnez, psiquiatra de profesión, estaba en su consulta diaria y tenía un cuarto de hora para acomodar sus notas hasta que llegara el siguiente.
Revisó su celular y vio que tenía una llamada perdida de su hermano Ramiro. Hablar con él era siempre un placer. Adoraba a su hermano, aunque lastimosamente lo veía muy poco.
Le devolvió la llamada:
—Hola mi hermano preferido.
—Hola cariño, que suerte que me llamas, necesitaba hablar contigo.
—¿Es urgente? ¿Necesitas una sesión privada con la mejor terapeuta de la ciudad?
Él rió del otro lado de la línea.
—No, pero si la necesitara, no acudiría a ti, te lo aseguro, ya conoces todos mis secretos.
—Mmmm, ¿por qué el apuro en contactarme?
—En diez días se celebra el aniversario de mi colación del colegio. ¡Quince años! ¿Puedes creerlo?
—¡Santo Cielos! El tiempo pasa volando. Parece que fue ayer cuando me despedí de ustedes en la terminal de ómnibus hecha un mar de lágrimas porque me dejaban sola.
—Sí, lo recuerdo… aunque pronto te consolaste con ese imbécil bueno para nada capitán del equipo de fútbol.
—No me lo recuerdes. Pero dime, ¿qué planes tienen?
—¡Fiesta! Ya contactamos con todos, solo un par de ellos no podrán acudir porque están viviendo en el extranjero, el resto ya confirmó su presencia. ¿Vas a asistir, verdad Ceci?
—Por supuesto, no me lo perdería por nada del mundo. Lo más probable es que Sylvia llame en cualquier momento para contarme lo mismo.
—Hace mucho que no la veo, que bueno que hayan seguido en contacto entre ustedes, aunque es una pena que nos hayamos distanciado tanto en todos estos años.
—Sí, realmente. Creo que es totalmente normal, cada uno estaba en lo suyo, estudiando, remando. Pero dime… —El corazón de Cecilia empezó a latir apresuradamente antes de hacer la pregunta—. ¿Roberto estará presente?
—Por supuesto. Hablé con él ayer, tiene muchas ganas de reunirse con todos de nuevo.
—¿Irá con su familia?
—Ay, cariño, no le pregunté, la encargada de elaborar la lista es Ángela.
Típico de los hombres, pensó Cecilia, no interesarse en esos detalles. Le hubiera gustado averiguar si Roberto había preguntado por ella, pero no lo hizo.
—¿Y tú?
—Clarooo, Lourdes me acribilla si no la llevo. Además, la fiesta es con familiares y parejas incluidas.
Lourdes era la esposa de Ramiro. Se habían casado hacía dos años y ella estaba esperando su primer bebé. La conversación derivó hacia ese tema, hasta que colgaron porque el paciente de Cecilia había llegado a la consulta.
Luego de una pesada sesión con un hombre particularmente difícil de tratar, Cecilia terminó extenuada mentalmente y cansada físicamente. Era su último paciente del día, acomodó sus notas en el ordenador y llaveó el consultorio, que se comunicaba con su departamento solo por una puerta, aunque tenía su acceso independiente desde el pasillo, con una pequeña sala de espera.
A veces se planteaba la idea de mudar su consultorio de allí y ampliar su departamento, para poder por lo menos salir fuera de ese edificio más veces al día, luego cambiaba de parecer por la comodidad que esa situación le creaba.
Tenía su vida perfectamente organizada, exactamente como la había soñado.
A la mañana, iba trotando al gimnasio bien temprano a cinco cuadras del edificio donde vivía. Volvía, se duchaba, se vestía y revisaba las citas que tenía ese día en el ordenador. Había contratado una secretaria telefónica, que manejaba los horarios de sus pacientes y se los enviaba por correo electrónico todos los días y se encargaba de cobrar las consultas mensualmente.
Además de sus consultas privadas, tres veces por semana a la mañana acudía a realizar terapias en un hospital psiquiátrico, y esa experiencia realmente no se la deseaba a nadie. Era muy extenuante emocionalmente hablando, por ese motivo, aunque le pagaban muy bien durante todo el año, los ciclos de trabajo en el hospital duraban solo seis meses, con descansos iguales, en los que otro psiquiatra tomaba la posta. Su turno anual terminaba a fin de mes, para alivio y tranquilidad de su salud mental.
A medida que avanzaba por su departamento fue recogiendo algunas cosas que habían quedado sobre la mesa del comedor y las llevó a la cocina, su lugar preferido, donde se relajaba preparando las delicias culinarias que cocinaba. Le encantaba probar nuevas recetas.
Condimentó el surubí  –que había sacado previamente del congelador– con puerro, albahaca, sal, pimienta y aceite de oliva, picó algunas verduras y lo cubrió con papel de aluminio. Lo metió al horno con un caldo especial y trozos de papas.
Luego fue hasta su dormitorio, se desnudó y se metió a la ducha.
Gimió al sentir el agua caliente deslizarse por su cuerpo.
Mientras se enjabonaba y lavaba el pelo, su mente empezó a divagar. Pensó en la celebración a la que acudiría en diez días. Vería a Roberto luego de… ¿cuántos años? Fácilmente serían siete u ocho. La última vez que lo había visto fue cuando sus padres cumplieron treinta y cinco años de casados e hicieron una gran celebración.
Él fue solo, pero ella estaba saliendo en esa época con un locutor de televisión, aunque se saludaron efusivamente, fue muy poco lo que pudieron conversar, pero notó su mirada toda la noche. Estaba espléndido, más varonil y guapo de lo que ella podía recordar.
En realidad también lo había visto cuatro o cinco años atrás en un restaurante, aunque él no la vio. Esa noche estaba acompañado de una escultural rubia que le sonreía en todo momento y lo seducía con la mirada. Cecilia sintió una punzada de celos al verlos tan acaramelados, luego dejó de prestar atención para concentrarse en su propia pareja de esa noche, aunque en ese momento no podía recordar de quién se trataba.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no sintió cuando se abrió la puerta del baño y una oscura sombra detrás de la mampara deslizó al panel hacia un costado, entrando dentro de la ducha con ella y abrazándola por detrás.
No se asustó, estaba acostumbrada a que él hiciera lo mismo siempre, era como si tuviera un radar que le indicaba cuando ella entraba a bañarse.
Deslizó sus manos por los costados de su cuerpo hasta su abdomen y la apretó contra su cuerpo.
—Hola cielo —dijo contra su oído, mordiéndole el cuello suavemente.
—Mmmmm, hola —contestó apoyándose en él, disfrutando de la caricia.
Deslizó ambas manos por su cuerpo hasta sus senos y los acarició suavemente. Cecilia sofocó un gemido y se frotó contra su torso. Él juntó los dedos para pellizcar sus pezones. Su miembro iba creciendo detrás de ella, hundiéndose entre sus nalgas.
Cecilia giró suavemente para enfrentarlo, quería sentirlo pegado a su cuerpo, ansiaba aquella conexión. Se deslizó hacia delante, hasta que la punta estuvo cerca de su sexo. Estaba mojada, abierta y sensible, y era tan delicioso, que gimió suavemente. Sólo un poco de placer, una pequeña frotación de las caderas. Y el calor comenzó a difundirse por el centro de su sexo. Se mordió el labio y siguió restregándose al tiempo que deslizaba su cuerpo de arriba abajo.
Él acarició su espalda y abarcó sus nalgas con las manos, acariciándolas, mientras con su boca llenaba de besos húmedos su oreja, hombros, cuello, labios, lamiendo, mordiendo, calentándola con su aliento, volviéndola loca.
Que este placer no termine, por favor, pensó Cecilia.
Él la aprisionó contra la pared azulejada de la ducha y ella sintió el frío material en su espalda, haciéndola reaccionar. Le levantó una pierna y buscó la entrada de su sexo, anhelante.
—¡Para, Darío! —Ordenó alarmada.
—Cielo… no me pidas que pare.
—No lo vamos a hacer sin protección, ya hablamos sobre eso.
—¿Acaso no estás tomando la píldora?
Ella no contestó, se deslizó fuera de la ducha, tomó una toalla y se envolvió en ella, mientras él seguía dentro. 
—Lo siento, termina de bañarte y te espero en el dormitorio —fue todo lo que pudo responder.
Darío Poletti y Cecilia salían juntos hacía casi un año. 
Él era abogado en un importante bufete, un hombre bastante apuesto, delgado, no muy alto, de pelo y ojos oscuros como la noche. Tenía un trato agradable, aunque a veces a ella le parecía que era excesivamente soberbio.
Habían intercambiado llaves de sus departamentos hacía unos meses y tenían una relación estable. Pero como siempre, ella sentía que algo faltaba.
Ya estaba envuelta en un albornoz, con una toalla enroscada en su pelo mojado cuando Darío entró al dormitorio con el ceño fruncido, gloriosamente desnudo. Cecilia le pasó otra toalla para que se secara.
—¿Y ahora qué excusa me vas a dar? —preguntó él.
—Ninguna. Ya hablamos de este tema, sin protección, no hay sexo.
—¡Tomas la píldora! Estamos protegidos —contestó enojado, levantando la voz.
—No me grites, Darío. La realidad es que yo no tengo idea de qué haces durante todo el día cuando no nos vemos. No me voy a arriesgar.
—¿Quieres decir que crees que te soy infiel? —preguntó con el ceño fruncido.
—No serías el primero ni el último —contestó seriamente.
—Eres tan fría a veces, Ceci, que me asustas.
Ella, sintiéndose culpable, se acercó y apoyó las manos sobre su pecho.
—No te enojes, Darío. Hagamos las cosas bien, ¿sí? —Le dio un suave beso en los labios— Ahora cenemos, el surubí ya debe estar listo, luego nos acostamos y hacemos todo lo que tú quieras, debidamente protegidos ¿te parece?
Él gruñó, pero asintió con la cabeza.
Ella sonrió, se sacó la toalla de la cabeza y salió de la habitación. ¡Qué fáciles eran los hombres! Se les ofrecía un poco de diversión y se calmaban al instante.
Mientras cenaban y conversaban, lo miraba y se preguntaba qué era lo que le faltaba a él que ella necesitaba, o bien, qué era lo que estaba mal en ella. ¿Por qué no podía conseguir que ningún hombre la hiciera reaccionar?
Ya estaba por cumplir treinta y un años. Venció el plazo que ella misma se había puesto para tener un hijo, y tampoco podía dar ese paso, no con Darío.
Entonces… ¿qué hacía con él?
Una vez terminada la cena, recogieron los platos y cubiertos y lo pusieron todo en el lavavajillas.
—Eres una cocinera excepcional, Ceci. Todo estuvo riquísimo.
—Gracias, Darío. Ya está todo limpio, ¿vamos a la cama?
—Mmmm, una idea estupenda —la rodeó son sus brazos por detrás y la empujó hacia la habitación riendo.
Se despojaron rápidamente de las salidas de baño y se arrojaron a la cama, besándose.
Pero en eso, sonó el teléfono. 
Cecilia se acomodó contra la almohada y se tapó con la sábana.
—Hola Sylvia —saludó al ver el número que llamaba.
Sylvia Ochoa era su amiga de la infancia, compañera de Ramiro y Roberto en el colegio.
—¡Ceci! ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—¡Está ocupada! —interrumpió Darío sonriendo y encendiendo el televisor.
—Mmmm, veo que estás acompañada ¿es un mal momento para hablar?
No le respondió, simplemente dijo:
—Ya sé el motivo de tu llamado, hoy hablé con Ramiro.
—¡Sí! Estoy emocionada, tengo tantas ganas de verlos de nuevo a todos, sobre todo a Roberto, creo que hará como siete años que no lo veo.
—Ocho años en realidad, fue en el aniversario de mis padres.
—Exactamente. Dicen que se ha convertido en un cirujano famoso ¿sabías que hizo un post-grado en Cuba?
—No lo sabía —contestó con melancolía.
—Ustedes eran muy unidos.
—Es cierto, y seguimos hablando bastante en el primer y segundo año que vino aquí, pero luego entre los estudios y otras actividades nos fuimos distanciado poco a poco. La carrera de medicina no es fácil. Había veces que no salía del hospital durante setenta y dos horas seguidas, apenas dormía.
—Sí, es una carrera muy sacrificada. Pero dime, ¿irás a la fiesta?
—Por supuesto, Syl. No me lo perdería por nada del mundo.
—Fantástico ¿con quién vas?
Miró a Darío, él le sonrió mientras manipulaba el control remoto del televisor.
—Creo que con Darío, tendré que preguntarle si está disponible, luego te comento.
Él le hizo una seña interrogante con los ojos.
—¿Hay lugar para mí? No quiero ir sola.
—Por supuesto. Incluso si voy yo sola, es mejor que me acompañes.
—Esperaba oír eso. No quería ir en autobús.
—Iremos juntas, no te preocupes.
Hablaron un rato más, y Cecilia, al ver la impaciencia de Darío, se despidió.
Él apagó el televisor, luego la luz y la abrazó.
—¿De quién hablaban? ¿Con quién te distanciaste?
—Un amigo de la adolescencia, se llama Roberto, de jóvenes éramos inseparables. Ramiro, Sylvia él y yo, a pesar de que yo era dos años menor que ellos. Siempre estábamos juntos, sufrí bastante esos dos años en los que me dejaron sola cuando ellos vinieron a estudiar a la capital, sentí mucho su ausencia.
—Pobre niña abandonada, y dime ¿Dónde se supone que vas a llevarme?
—Su promoción cumple quince años de recibidos, hacen una fiesta, es en diez días, el sábado siguiente a éste ¿podrás acompañarme?
—Por supuesto, cielo. ¿Nos quedaremos en casa de tus padres?
—Mmmm, sí.
—¿Juntos como ahora?
—Ya veremos cómo se comportan mis padres, nunca antes llevé a nadie a dormir, así que desconozco sus reacciones al respecto.
—Espero poder dormir contigo, y besarte así —y procedió a mostrarle el tipo de beso que quería darle, anulando momentáneamente todos sus sentidos. La besó apasionadamente, y ella cerró los ojos con un leve suspiro, como si hubiera estado esperándolo largo rato. Volvió a besarla, separando sus labios, y ella le respondió plenamente —y tocarte así— se apretó contra ella y acarició su espalda y sus nalgas, con todos los puntos de sus cuerpos en contacto.
Su lengua empezó a juguetear con su garganta, sus dedos se posaron en sus pezones y los acariciaron, luego su mano abarcó totalmente uno de ellos y la palpó. Descendió poco a poco hasta que su boca llegó a sus senos y acto seguido los succionó con delicadeza. Ella gimió, él jugaba con ella, excitándola y eso le gustaba. Cecilia quería que siguiera indefinidamente con esos juegos.
Pero él, dominado por su deseo, introdujo una mano entre sus cuerpos y la posó entre sus piernas, comprobando cuán húmeda estaba.
Cecilia volvió a gemir, casi gritó, quería que continuara tocándola con sus dedos.
Pero Darío se colocó rápidamente un preservativo y para asombro de Cecilia, se ubicó entre sus muslos y se adentró en ella con un movimiento rápido y certero.
Empezó a moverse lentamente dentro de ella, luego más rápidamente, hasta que llegó un momento en el que se movía como loco enajenado. Y ella no sentía nada más que vacío.
¿Sería frígida? Se suponía que las mujeres disfrutaban de eso ¿Por qué ella no? ¿Qué problema tenía?
Se arqueaba contra él por instinto, emitiendo fingidos sonidos de gozo contra sus labios y su cuello, deseando que pudiera llevarla consigo donde quiera que fuese. Pero él no lo hizo. Al alcanzar el orgasmo, Darío gritó y se sacudió debido a la fuerza del mismo.
Segundos más tarde, con su cabeza descansando en su pecho, se tumbaron uno junto al otro, suspirando. Él, porque había tenido una experiencia memorable, ella, agradeciendo que hubiera terminado.
Darío se quedó dormido enseguida, pero Cecilia no podía relajarse, le faltaba algo. El vacío que sentía era demasiado grande.
Desesperada por la situación, se permitió pensar al respecto por primera vez en años. Ella no se había especializado en terapia sexual, pero en la universidad había estudiado los tipos de disfunciones de la mujer. La frigidez  no era su caso, ella sentía placer con ciertas cosas. La anafrodisia , tampoco, ella tenía deseos sexuales normales. La anorgasmia , evidentemente ese sí era su caso. Los otros tipos de disfunciones no se ajustaban a sus síntomas.
Sabía que la anorgasmia no tenía causa orgánica . Y de entre todas las que recordaba, la única que se ajustaba a ella era el sentimiento de culpabilidad al tener una pareja sexual de la que no estaba enamorada. Ella era psiquiatra, tenía que encontrar una solución, si no podía ayudarse a sí misma, ¿quién lo haría?
Pensando en eso se quedó dormida, en brazos del hombre equivocado.

Continuará...

CLTTR

Soy miembro del Club de Lectura "Todo tiene Romance"... Únete y lee libros gratuitos!

Entradas populares

IBSN

IBSN
Blog Registrado
Grace Lloper®. Con la tecnología de Blogger.