Serena - Capítulo 10

martes, 15 de febrero de 2011

Era miércoles de la Semana Santa y el viaje a La Esperanza se realizó sin contratiempos.
Serena y Joselo los estaban esperando, ya que ellos hicieron el viaje unos días antes, para estar toda la semana con sus padres.
Luego de los saludos pertinentes, Serena llevó a Anna aparte:
—Anna, me instalé en tu casa ayer. Adrián y su esposa llegaron con sus tres hijos. En casa no hay tantas habitaciones disponibles desde que la abuela vino a vivir con mis padres, teníamos que compartir, decidí que Cati y yo estaríamos más cómodas en tu casa. ¿Te importa, amiga?
—Cariño, me encanta. Mi casa es tuya, lo sabes. Aún hospedando a Teresa y su familia, a ti, a Cati y a Arturo con su hijo, sobra espacio.
—Me alegro, ya lo organicé todo.
—Que bueno, amiga. Estoy muerta de cansancio, me sacas un peso de encima.
—Tú ve a instalarte y descansar, querida, yo me ocuparé de todo.
—Gracias, Sere —dijo Anna aliviada.
Eduardo no había dado señales de vida la semana que pasó antes de su viaje. Parecía que todo no había sido más que un sueño. Se sentía segura en la hacienda, bien alejada de la capital.
Y Arturo, ¡Dios, ese hombre era tan especial! No la había dejado sola, lo había visto casi todos los días, incluso le había enviado flores. Era tan atento.
Luego de la cena, el cansancio de todos era evidente.
—¿Nos encontramos en la terraza luego que acostemos a los chicos, Serena? —Arturo le habló al oído cuando nadie los miraba.
Ella asintió, sonriendo.
Cuando llegó a la terraza lo vio ahí, al final, recostado contra el balaustre, a un costado de la hamaca, en posición relajada, mirando hacia el jardín.
La vio y abrió los brazos invitándola a acercarse.
Serena no necesitó palabras de por medio para apoyarse contra él, abrazarlo y presionar la mejilla contra su torso, sintiendo su corazón latir.
—Preciosa, me alegro que decidieras quedarte aquí, conmigo —dijo él.
—En realidad fue una cuestión de espacio, pero me alegro también, podemos estar más tiempo juntos. —Levantó la vista hacia él—. ¿No estás cansado?
—Carlitos y yo vinimos solos en el carruaje, dormimos casi todo el viaje. No tengo una pizca de sueño. —Le acariciaba suavemente el pelo y la espalda mientras hablaba—. Y aunque lo tuviera, prefiero mil veces tenerte en mis brazos, besarte y acariciarte, como pienso hacer esta noche, hasta que me digas basta.
Y bajó lentamente la cara hacia ella. Sus labios se rozaron, él respiró en su boca, ella también, sin besarse, sentían sus alientos calientes, con olor a vino y a especias, intoxicante.
Mientras la rozaba con los labios, desprendió las horquillas de su pelo y lo soltó, los suaves mechones cayeron en cascada sobre su mano, acariciándole la piel como si fueran de seda. Introdujo los dedos y los peinó. Se llevó un mechón a la cara y aspiró su aroma.
—Hueles a jazmín y a placer —dijo contra su boca.
Ella subió las manos por el pecho hasta su cuello y lo abrazó. Él la abarcó totalmente con los brazos y la apretó contra su pecho, contra sus piernas. Todos y cada uno de los puntos de sus cuerpos se tocaron, ella podía sentir su creciente erección a la altura de sus partes íntimas.
Se movió contra él, haciéndolo gemir.
Subió una de sus manos hasta la cara de Serena y le pasó el pulgar por los labios entreabiertos, mirándola. Lo introdujo en su boca y dijo:
—Chúpalo.
Ella lo hizo. Fue tremendamente erótico, salado.
Y entonces, él sustituyó su dedo por sus labios. La besó, despacio, suavemente, la punta de su lengua delineó sus labios. Ella suspiró y abrió la boca para él. Una de sus manos se deslizó en su pelo mientras él hacía una delicada incursión en su interior. Murmuró su reconocimiento cuando su lengua se reunió con la suya en una apasionada danza de avance y retroceso.
La giró y apoyó su espalda contra la columna, sin dejar de besarla, desprendió los botones del frente de su vestido y bajó la cara para besar cada espacio de piel que iba a dejando al descubierto, hasta el inicio de sus senos. Los abarcó con las manos sobre la ropa y pasó los pulgares por sus pezones.
Serena se tensó.
―¿Necesitas que vaya más despacio, quieres que pare… no?
Ella se enderezó. No quería que pare. ¿Por qué lo decía?
―¿No es eso lo que se supone que yo te diga a ti? ―No quería parecer una mojigata, se hizo la valiente. ―No es como si yo fuese virgen ni nada por el estilo.
―Preciosa, tú eres una virgen en cada sentido que importa. Sé que nunca te desnudaste frente a un hombre y apuesto lo que quieras a que nunca tuviste un orgasmo, o que nunca viste a un hombre desnudo.
Él pudo notar cómo se sonrojaba, no necesitó que se lo confirmara, le encantaba ese rubor en su cara, su inocencia a pesar de todo lo que había vivido.
Quería saber más, así que continuó con el interrogatorio:
―¿Alguna vez viste el miembro de un hombre excitado, erecto? ¿Lo tocaste, lo acariciaste? ―Ella negó con la cabeza, sonrojada. ―Eres virgen, cariño, en casi todos los aspectos. Quiero mostrarte, ser el primero. ¿Me lo permitirás?
Él seguía acariciándola mientras hablaba, ya le había desprendido todos los botones e introdujo su mano dentro, acariciando uno de sus senos, abarcándolo totalmente, pasando el pulgar por su excitado pezón.
Ella gimió.
―Tengo miedo, Arturo.
―Conmigo estarás a salvo, preciosa. Soy médico, sé cómo protegerte. Yo no te abandonaré, eres tú la que rehúye al compromiso, no yo. Sabes que si de mí dependiera ya estaríamos comprometidos, incluso casados. ―Abarcó sus nalgas con la otra mano y la presionó contra su erección. ―Siénteme, siente lo que me haces. Serena, ambos somos adultos, viudos, libres, podemos disfrutar de nuestros cuerpos, siempre que seamos discretos.
―S-sí ―dijo ella en un susurro.
―¿Tu habitación o la mía? ―Preguntó contra su cuello mientras le pasaba la lengua y mordía su oreja.
―La mía, ―dijo gimiendo.


Serena estaba casi histérica por los nervios que sentía.
Se paseaba por su habitación pensando en miles de cosas. ¿Y si llaveaba la puerta? Así no podría entrar. Pero ella lo deseaba, quería estar con él.
Todavía faltaba una hora para medianoche, el horario que él le había dicho que vendría. Ella ya estaba lista, se había aseado, se puso el camisón más hermoso que tenía.
Se acostó en la cama y se tapó con la sábana, pensando que él sólo estaba a dos puertas de ella. ¿Y si no le gustaba lo que veía cuando la desnudara? Sus senos eran pequeños, era demasiado esbelta, sus curvas poco pronunciadas. No era precisamente el tipo de cuerpo que a los hombres les gustaba, con pechos grandes y lleno de curvas, como Teresa.
¿Cómo sería el cuerpo de él?
Pensando en todo eso, y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida.
A medianoche, el suave «clic» de una puerta al llavearse se sintió en la habitación de Serena, aunque ella no lo escuchó.
Arturo se acercó a su cama y la vio gracias a la luz de la luna que se filtraba por las ventanas abiertas. Una suave brisa acariciaba la piel de Serena que dormía profundamente.
Estaba de costado y uno de los breteles del suave camisón de satén había dejado al descubierto su hombro redondeado y se podía ver el nacimiento de sus senos. La sábana se había deslizado y una de sus piernas quedó al descubierto. Era larga y curvilínea, perfecta.
El miembro de Arturo se tensó.
Aunque no pudiera despertarla, tendría el placer de abrazarla y dormir con ella esta noche, la tendría en sus brazos.
Arturo, que era un hombre alto y elegante, esbelto pero fibroso, se sacó la bata, y desnudo, se deslizó detrás de ella y la abrazó.
Serena suspiró en sueños y se arqueó hacia él.
Él le bajó los breteles y deslizó su camisón hacia abajo, hasta la cintura, dejando sus senos al descubierto.
La volteó de espaldas a la cama y la contempló, adorándola.
Necesitaba tenerla desnuda en sus brazos.
Se incorporó y le sacó el camisón por los pies.
Allí estaba, el objeto de su tormento, totalmente desnuda a la vista, con su cabello esparcido en la almohada. Era hermosa, sus pequeños senos eran firmes y cremosos, con sus preciosos pezones rosados apuntando hacia él. Sus rizos rubios, a juego con su pelo, lo invitaban a explorarlos.
Se acomodó a su lado apoyando su cabeza en una mano, de costado, totalmente excitado y tocó la punta de uno de sus pezones con el dedo, luego el otro, se tensaron y se volvieron dos capullos de rosa. Pasó la lengua por uno de ellos.
Serena gimió, retorciéndose.
Ella se giró y se apretó contra él. Por fin sus cuerpos desnudos se tocaban.
Arturo la abrazó y acarició su espalda y sus nalgas. Ella lo abrazó también, metió una de sus piernas entre las de él y despertó gimiendo.
―Ohh, Arturo.
―Hola preciosa ―dijo él susurrando.
―Estoy desnuda.
―Estamos desnudos, cariño. ¿Sabes hace cuánto tiempo quería sentirte así en mis brazos?
―¡Santo Cielo! Se siente tan bien.
El duro miembro de Arturo empujaba contra su cadera mientras se mecía contra ella. Serena sentía la piel como si mil alfileres se clavaran sobre ella. Quería más, quería todo de él.
Uno de sus senos descansaba en su mano. Le acarició el otro con la otra mano y sintió cómo ella le recorría el torso con la yema de los dedos. Se le aceleró la respiración y cerró los ojos. Entrecerró la mano que contenía el pecho y sintió la increíble calidez y suavidad de la piel femenina. ¿Era posible tanta perfección? Entreabrió los ojos al mismo tiempo que Serena. Vulnerable y medio dormida, le resultaba irresistible. Se acercó a ella y la besó mientras le recorría el pezón con el pulgar. La joven gimió y movió las caderas.
La lengua de Serena buscaba ansiosa la de él. Arturo gimió contra sus labios desde lo más hondo de su garganta, y le dibujó los labios con el pulgar. Los sintió húmedos y suaves. Sustituyó la caricia de su dedo por sus labios. Serena suspiró de nuevo, y eso hizo que su erección ardiera y se sacudiera. El ombligo de ella se apretaba contra su excitado miembro.
La sujetó por la nuca y empezó a besarla con urgencia, como si quisiera castigarla por hacer que él la deseara tanto. Ella volvió a gemir, y le pasó los dedos por el torso.
―Enséñame ―susurró contra sus labios, mientras iba bajando la mano hasta su miembro, ávida de explorarlo. ―Quiero conocerte.
La besó y siguió besándola, dibujando sus labios con la lengua mientras Serena tímidamente recorría su erección con la mano. Al sentir sus curiosos dedos sobre su miembro, Arturo se estremeció, y cuando con una uña fue desde la punta hasta la base, gimió de incontenible placer. Si seguía tocándolo de ese modo, pronto llegaría al orgasmo.
Algo estalló en su interior y, con un gutural gemido de rendición, le apartó la mano y la volteó de espaldas, con las piernas separadas.
―Arturo…
―¿Quieres que te enseñe? ―Dijo gimiendo. ―Te enseñaré algo que te gustará.
Se arrodilló ante ella, inclinándose.
―No sé... ―dijo ella, tomándolo de la cabeza.
Él gimió entre sus muslos.
―Yo sí sé. ―Pero al sentirla aún indecisa, preguntó―: ¿Confías en mí?
―Es que yo creía... ―se detuvo―. Sí ―susurró―, confío en ti.
―Entonces deja que te bese ―le pidió emocionado.
Las manos de Serena, que habían estado sujetándole la cara para que no se acercase, se deslizaron hacia su nuca. Arturo volvió a gemir, y luego, tal como llevaba soñando desde hacía meses, besó los rubios rizos de su entrepierna despacio, saboreando sin prisas, dibujó con la boca el contorno de su sexo. Ella gritó de placer y luego suspiró.
El sabor de Serena lo volvió loco de deseo, pero luchó por controlar las ganas que tenía de poseerla como un animal salvaje. Le separó los labios con los pulgares para que su lengua voraz pudiera deslizarse en su interior.
Apenas se dio cuenta de que, a medida que la lamía y la saboreaba, ella se movía para acercarse más a él, gimiendo de frustración porque todavía no la había devorado por completo, Arturo le separó aún más las piernas.
―¡Arturo! ―exclamó ella.
―Confía en mí ―repitió él, tomándole los muslos y colocándoselos encima de los hombros. Ahora ya no había barreras, y el sabor de ella impregnaba ya su lengua. Le levantó las nalgas. Había soñado con sus suaves curvas, con su cuerpo cremoso, y ahora veía que se adaptaba a la perfección a sus ansiosas manos.
Serena le tocó los hombros, el pelo, el rostro, todo lo que alcanzaba, mientras se excitaba cada vez más bajo sus labios. Empezó a estremecerse y, a medida que se acercaba al clímax, sus piernas lo sujetaban con más fuerza.
―Ohhh, Dios ―dijo entre jadeos. ―Arturo, ¡no pares, por favor...! ―Al gritar la última palabra el placer la envolvió por completo, y tembló de un modo que él no había visto jamás. Arqueó la espalda y onduló las caderas buscándole la boca con el sexo. Aún más desesperado que antes, la lamió hasta que ella se derrumbó sobre la cama.
Arturo no se atrevía a moverse, temeroso de terminar sólo con el roce de las sábanas. Debió de gemir porque Serena, desnuda y temblorosa, se arrodilló delante de él y lo abrazó con fuerza. Él se sentía a punto de estallar.
Luego, sin pensárselo dos veces, ella rodeó el miembro con su mano y apretó los dedos. Él se movió hacia adelante y atrás, y casi llegó al éxtasis. Acarició toda su longitud, la necesidad de llegar al final estaba a punto de volverlo loco. Ya no había marcha atrás.
Se sentía vulnerable mientras ella seguía acariciándolo, recorriendo con los dedos aquella piel que ardía sin tregua. Serena apretó más los dedos y acercó los labios al cuello de Arturo. Los entreabrió y lo tocó con la lengua, a la vez que respiraba junto a su piel. Él colocó las manos sobre los pechos femeninos, apretándolos, atormentándoselos, y cuando él empezó a temblar, ella gimió de placer.
Al alcanzar el orgasmo, Arturo gritó y se sacudió debido a la fuerza del mismo, de una intensidad absoluta. No podía dejar de moverse, de arquear las caderas contra la mano de Serena. No se sentía débil. Serena lo hacía sentir como un dios.
Segundos más tarde, con la cabeza de ella descansando de nuevo en el pecho de él, se tumbaron uno junto al otro, suspirando.



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Serena - Capítulo 09

Las dos semanas pasadas prepararon a Serena para este encuentro, pero de todas formas sintió que necesitaba aire y que sus piernas no la aguantarían en caso que se levantara.
No podía dejar de mirarlo.
—Buenas tardes, milord. —Contestaron al unísono Anna y Teresa.
Como todo caballero, preguntó por las familias de ambas, comentó con Anna que había conocido a su marido y a Teresa que Daniel lo estaba atendiendo maravillosamente en el banco, luego se dirigió a Serena:
—Señora Vial, no tuve el placer de saludarla en el cumpleaños de la pequeña hija de la Señora Lezcano. —Serena negó con la cabeza, aunque intentara hablar, no creía que pudiera emitir sonido alguno. Como Serena no contestaba, continuó hablando—: ¿Cómo está su familia? ¿Siempre tan hermoso el jardín de su madre?
Todo este intercambio absurdo estaba fastidiando a Serena.
Ella no era la que tenía que avergonzarse de nada. ¿Por qué actuaba como una adolescente? ¡Era una mujer hecha y derecha, Por Dios!
Se giró suavemente en el asiento y miró hacia las niñas, al ver que seguían jugando y no daban indicios de venir hacia ellas, se tranquilizó.
—Mi familia goza de buena salud, gracias a Dios y los jardines de mi madre cada día están más bellos, agradezco que lo recuerde —dijo mirándolo a los ojos.
—No sé si están enteradas, señoras, —dijo dirigiéndose a Anna y serena, educadamente incluyéndolas en la conversación—, que la señora Vial y yo somos amigos de hace unos años.
Serena se cansó de tanta educación.
—Las señoras saben, «Eduardo», son mis mejores amigas. ¿Recuerdas que te hablé de ellas?
Anna y Serena abrieron los ojos como platos, por lo que implicaba esa respuesta y por el hecho de que lo tratara tan familiarmente. ¡Era un conde, Santo Cielo!
Él sonrió, aparentemente complacido de que ella lo tuteara, dándole así permiso a hacer lo mismo.
—Lo recuerdo, Serena. Pero no las asocié con esas dos amigas de las que tanto me hablaste.
—Ya nos estábamos yendo, ¿no es cierto, chicas? —Dijo Serena mirando a sus amigas y haciéndoles señas con la cara para que junten a las niñas. Rogando que entendieran que tenían que esconder a Cati—. Tenemos actividades más tarde.
Las amigas se levantaron y fueron hacia las niñas, despidiéndose educadamente del conde.
—Buenas tardes, Eduardo, —dijo Serena amagando retirarse.
—Serena, ¿me permitirías visitarte? —Preguntó el conde, casi cerrándole el paso—. Hay algo importante que me gustaría hablar contigo.
Ella no podía creer su osadía.
—No creo que tengamos nada que hablar.
—Difiero en eso. Yo tengo mucho que decirte, —y mirándola a los ojos, casi rogándole, dijo—: Por favor, Serena.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Si tienes algo que decir, dímelo ahora, Eduardo.
Anna se acercó.
—Sere, ya estamos en el carruaje.
—Anna, por favor, adelántense. Luego mandas al cochero de vuelta, por favor.
Anna asintió, con el ceño fruncido y se retiró.
—¿Quieres dar un paseo?
Serena asintió. Su mirada era dura.
—Estás diferente, Serena.
—El tiempo no pasa en vano.
—Me refiero a tu carácter, no al aspecto físico. En eso estás tan hermosa como siempre, incluso más hermosa. Te recordaba como una jovencita tímida y extrovertida. Te has convertido en una mujer segura y sofisticada.
—¿De qué querías hablar conmigo? —Serena cambió de tema—. Como te dije, tengo cosas que hacer.
—Quería disculparme contigo, Serena. Por la forma cómo sucedieron las cosas. —Llegaron a un recodo del camino y él la invitó a sentarse—. Me gustaría explicarte lo que pasó hace tres años y el motivo por el que desaparecí sin darte ninguna explicación.
—Eduardo, por favor… —Él le puso un dedo sobre sus labios suavemente, para que calle. Ella se estremeció por el simple contacto.
¡Dios mío! Pensó. No puede seguir teniendo ese efecto en mí.
—Yo te pido por favor, Serena. Escúchame. Todos estos años he vivido con remordimientos por lo que pasó. Todos estos años me he sentido un miserable por lo que te hice. Necesito contarte, necesito que me perdones. —Quiso tomarla de la mano, pero ella no se lo permitió—. Yo… quiero que sepas que yo estaba realmente enamorado de ti, estaba loco por ti.
Ella rió amargamente y bajó la vista.
—No digas tonterías, Eduardo. No se deja plantado sin explicaciones a alguien a quien se ama.
—Tuve que hacerlo, Serena. Tienes que conocer mi historia para entender. Yo siempre fui la oveja negra de mi familia, el rebelde, el que todo lo hacía mal, el hijo no digno de confianza. Mi hermano mayor era el consentido, el perfecto, el que heredaría todo, incluso el título. Yo no era nada. Cometí muchas locuras, todas por llamar la atención de mis padres. Me exiliaron a América. Mi vida no tenía sentido, vagué por todos lados durante mucho tiempo sin encontrar mi rumbo hasta que me enlisté al ejército, poco después te conocí y me cautivaste. Pero esa tarde, luego de nuestro último encuentro, tenía una carta de mis padres esperándome. Mi hermano había muerto.
Eduardo puso los codos sobre sus rodillas y bajó la cabeza, sosteniéndola con las manos. Parecía realmente atormentado. Continuó su relato:
—Mis padres me pidieron que regrese. Yo me había convertido en el heredero, el futuro conde, con todas las obligaciones que eso conlleva. Mi padre había hecho malas inversiones y había perdido todo y era mi obligación recuperar la grandeza del título. No me dieron opción, me obligaron a casarme con una heredera, Serena, lo prepararon todo.
Al ver que ella no decía una palabra, él continuó:
—Yo sabía que si volvía a verte no podría hacerlo. Estaba dividido entre ti y mis orígenes, entre complacer a mis padres, por primera vez en mi vida o quedarme contigo. Sé que fui un cretino, un inmaduro, no tengo excusa alguna. Me imagino que sabes que me he quedado viudo. —Ella asintió con la cabeza—. Serena… ¿sabes por qué volví?
—No tengo idea.
—A buscarte. —Se miraron fijamente—. Necesitaba verte, explicarte, que me perdonaras. Necesitaba saber si todavía existía la posibilidad de que podamos reconocernos y amarnos otra vez.
—Es una locura lo que estás diciendo, Eduardo. Lo nuestro terminó. Tú lo terminaste de la peor manera. No hay vuelta atrás.
—No me voy a dar por vencido tan fácilmente esta vez, Serena. Voy a luchar por ti.
—Tengo que irme. —Estaba a punto de desmayarse, le faltaba el aire, sentía malestar—. Lo siento…
Dio media vuelta y casi corrió hasta el carruaje que estaba esperándola.


Serena estaba descontrolada, caminaba de aquí para allá en su habitación. No sabía qué hacer. ¿Por qué tenía que venir ese hombre a alterar su vida? Vino a buscarla. ¿Estaría diciéndole la verdad?
Volver con él era impensable.
¡Pero era el padre de su hija! No había nada en este mundo más lógico que el hecho de que estuvieran juntos. Era el balance perfecto.
Se recostó y llamó a su criada para que le traiga unas compresas de agua fresca. Estaba exhausta emocionalmente, le dolía la cabeza. Pidió que nadie la molestara.
De la preocupación se había olvidado que Arturo dijo que iría a visitarla ese día. Cuando llegó y el mayordomo le explicó la situación, pidió verla de todas formas. Como era su médico, la llevaron hasta la habitación.
La encontró dormitando, con un paño fresco sobre la frente.
Le dio indicaciones en voz baja a la criada para que le prepare un té, se sentó al borde de la cama y le tomó la mano.
Ella abrió los ojos despacio y lo miró.
—Hola cariño —dijo el médico.
—Arturo, ¿qué haces aquí? —Se incorporó un poco.
—Te dije que vendría, ¿recuerdas?
—Pero no puedes estar en mi habitación… los criados…
—Estoy en calidad de médico. —La interrumpió con un guiño.
Ella sonrió.
—Que ventajoso.
El sonrió también y se acercó a ella, le tomó a barbilla con la mano y le dio un suave beso en un párpado, luego en el otro.
—Espero que esta medicina te haga mejorar, —y siguió dándole ligeros besos en la mejilla, la nariz, hasta llegar a los labios, donde se detuvo por más tiempo. Ella suspiró y se agarró de las solapas de su traje para acercarlo más.
Él la abrazó y profundizó el beso, pasó la lengua ligeramente por sus labios y ella se abrió a él, desesperada por sentirlo. Sus alientos se mezclaron y sus lenguas danzaron un baile que ellos ya conocían muy bien.
Cuando estaba en sus brazos se olvidaba de todas sus preocupaciones, era como una droga, era lo que necesitaba, su calor, su compañía, su apoyo sin condicionamientos. Arturo no cuestionaba, no juzgaba, solo comprendía y aceptaba.
Sabía que lo estaba utilizando, y se sentía miserable por eso, pero su confusión era tanta, que no se hacía muchos cuestionamientos al respecto. Se justificaba pensando que ella no lo llamaba, era él quien siempre buscaba su compañía.
—Mmmmm, —suspiró junto a su boca—. Definitivamente siempre es un buen bálsamo para todos los males.
Tocaron a la puerta y se separaron.
Le trajeron el té relajante. Se lo tomó bajo la atenta mirada de Arturo.
Una vez que la criada se retiró, él preguntó:
—Preciosa, ¿Qué te pasa? Te noto un poco ansiosa.
No podía contárselo, no a él. Pero lo necesitaba.
—¿Puedes abrazarme, Arturo?
El se recostó contra la cabecera de su cama, le pasó un brazo por la espalda y la atrajo hacia él, acariciándole la mejilla con sus dedos.
—Esta no es una medicina convencional, cariño. ¿Qué vamos a hacer si entra alguien?
—Nadie entra a mi habitación sin llamar, y Joselo no está, no te preocupes.
—Pero no puedo quedarme mucho tiempo, los criados estarán contando los minutos que estoy dentro de tu habitación a solas contigo.
—¿Por qué yo nunca pienso en las consecuencias cuando hago las cosas? Por eso mi vida es un caos, por eso cometí tantos errores, y ahora los estoy pagando. Hago las cosas sin pensar. Arturo, soy un desastre. —Hundió la cara en su pecho.
El té estaba haciendo efecto, sentía que sus párpados se cerraban.
—A mi me gustas tal cual eres, no cambies. —Y le dio un beso en la frente.
—Mmmm, ¿sabes que Anna te va a invitar a ir con nosotros a la hacienda en Semana Santa? En casa no habrá lugar, pero en La Esperanza hay de sobra. ¿Irás conmigo, Arturo?
Él se sorprendió, le encantaba la idea de pasar varios días en compañía de Serena, nunca tuvieron una oportunidad así. Podría organizar la clínica para que no cuenten con él unos días. Hacía tanto que no se tomaba unas vacaciones.
—Cariño, no hay nada que me gustaría más que ir contigo.
Ella cerró los ojos y se relajó.
—Mmmm, tú y yo… —sonriendo se quedó dormida.
Arturo se quedó mirándola un rato, acunándola en sus brazos hasta que se quedó dormida. ¿Qué habrá pasado? Se preguntó. ¿Cuándo confiaría en él lo suficiente para contarle qué era lo que la atormentaba?
Él era un hombre paciente, siempre lo fue. Y el saber que ella se sentía segura en sus brazos, que le gustaba su compañía lo ayudaba a serlo. Ella disfrutaba de los momentos que estaban solos, de los besos que se daban, de eso no había duda.
Pero… ¿qué era lo que realmente sentía por él? Eso no lo sabía.
Él la amaba.
Desde aquella primera vez que la vio cuando atendió a Teresa en su enfermedad le gustó. Luego se casó, y él lo entendió. Estaba en problemas, se dio cuenta. Sabía la condición de Sebastián Vial, sabía que era pareja de su hermano.
Durante toda la enfermedad de su marido y su convalecencia se trataron de cerca, se conocieron, fueron haciéndose amigos y cada vez la admiró más. Pero recién un tiempo después de la muerte de Sebastián fue cuando él se animó a dar un paso más, aunque nunca le dijo que la amaba, ella aceptó sus avances, hasta cierto punto.
Pero Arturo quería más.
Deseaba saber todo de ella: ¿Quién sería el misterioso padre de su hijo? ¿Cómo se había quedado embarazada? Eran interrogantes que se hacía constantemente.
Tendría que aprovechar ese viaje para saber todo sobre ella.
Y lo haría.

Continuará

Serena - Capítulo 08

sábado, 29 de enero de 2011

¿Por qué tenía que ser tan intuitivo?
¿Por qué simplemente no se dejaba llevar por el momento?
Serena suspiró.
Él se acomodó de costado, para no aplastarla, y la retuvo en sus brazos, muy cerca.
—A éste paso, la situación puede escaparse de nuestras manos, preciosa. Yo no quiero simplemente una rápida unión en el sofá de la sala antes de cenar, a las apuradas. Quiero tenerte desnuda en mis brazos, contemplarte, recorrer cada parte de tu cuerpo con mis labios, hacerte vibrar. Quiero todo de ti… ¿lo entiendes?
—Ohhh… ¿Desnuda? —¡Santo cielo! ¿Había hecho la pregunta en voz alta? No podía parecer más tonta e ingenua.
Él sonrió.
—¿Nunca te desnudaste ante un hombre, Serena? —Ella negó con la cabeza. A él no le sorprendió la respuesta—. Me alegro, cariño, tendré el placer de ser el primero en verte, pero… ¿cómo te quedaste embarazada? ¿Fue un rápido apareamiento furtivo en la despensa de tu casa o qué?
Ella se puso roja de la vergüenza.
Él se dio cuenta de que si no había acertado, estaba muy cerca de la verdad.
—Estuve casada, Arturo… ¿por qué dices eso?
—Serena, soy una persona muy comprensiva y paciente, pero no me tomes por tonto. —Se incorporó un poco, sosteniendo su cabeza con una mano y el codo sobre el sofá, la miró fijamente—. Yo conocía a tu marido, era su médico ¿recuerdas? Él nunca pudo haberte tocado.
Ella lo tomó de las solapas de su traje y hundió la cara en su torso, avergonzada.
—Lo sabías —Dijo contra su pecho, fue más una afirmación que una pregunta.
—Siempre lo supe, cariño, ya sabía que estabas esperando un bebé antes de casarte, me preguntaste si una mujer embarazada podía cuidar a Teresa cuando enfermó de sarampión, ¿recuerdas? Y Cati nació seis meses después de tu boda —Le acarició suavemente el pelo—. No te avergüences, no estoy juzgándote. Todo lo contrario, siempre admiré tu valor y todo lo que tuviste que haber pasado, aunque nunca me lo hayas contado. Espero que algún día confíes en mí como para hacerlo.
—Yo… yo confío en ti, Arturo.
—No lo suficiente todavía, me gustaría…
Tocaron a la puerta, anunciando la cena.
Ella suspiró y se incorporó.
—Ya vamos, Almada, —dijo asustada.
—Continuaremos esta conversación, cariño. —Aseguró él, y le dio un breve pero apasionado beso en los labios, levantándose luego del sofá y ayudándola a incorporarse.
Joselo había llegado y los esperaba en el comedor.
—Hola querido hermano, —saludó Serena—. El doctor Vega cenará con nosotros. Ha venido a ver como estaba.
—Hola hermanita, —respondió Joselo y le dio un beso en la mejilla—. Doctor Vega, un placer verlo. —Se dieron un fuerte apretón de manos.
—Por favor, puede llamarme Arturo. Estoy un poco cansado que todo el mundo sea tan formal conmigo.
—Será un placer, Arturo. Mis amigos me llaman Joselo.
La cena se llevó a cabo sin contratiempos. Conversación ligera, un buen vino, anécdotas divertidas y también temas más serios.
Joselo enarcó las cejas varias veces durante la cena, al ver la camaradería e intimidad con que se trataban Arturo y Serena.
¿En qué momento había ocurrido eso que él no se había dado cuenta? Tenía que hablar con su hermana al respecto, luego.
Le gustaba el doctor, era un buen hombre, pero Serena, a pesar de lo que ella creyera, era demasiado inocente y crédula, y el médico era bastante mayor para ella. No quería que vuelva a cometer los mismos errores del pasado. Ya no había un "Sebastián Vial" que la salve del escándalo esta vez.
Apenas se levantaron de la mesa, Arturo dijo:
—Prometí a "la peque" que iría a darle las buenas noches antes de irme, Serena. ¿Crees que ya estará acostada?
—Sí, es su horario. —respondió ella—. Te acompañaré.
—Con tu permiso, Joselo —dijo Arturo educadamente.
—Adelante. —Joselo frunció el ceño: "la peque". Más intimidades—. Yo estaré en mi despacho, Serena. Me gustaría hablar contigo más tarde.
—Sí, hermano. —Respondió ella, avanzando hacia las escaleras.
—Mmmm, ¿crees que quiera darme un sermón? —Preguntó Serena sonriendo pícaramente mientras subían.
—Es lo más probable. Creo que lo sorprendimos, —contestó Arturo, visiblemente contento de que Serena no haya mantenido la farsa de la conversación educada y formal frente a su hermano—. ¿Te gustaría que hable con él?
Ella se paró en el rellano de las escaleras y lo miró. Él estaba un escalón más abajo. Sus ojos estaban a la misma altura.
—¿Sobre qué? —Preguntó asustada.
—Sobre tu y yo, sobre mis intenciones para contigo.
—No soy una niña, Joselo. No necesito que libres mis batallas.
—Preciosa, ésta no es tu batalla, es la nuestra. —Se acercó y le dio un ligero beso en los labios—. Y es lo que corresponde, él es quién está a cargo de esta casa. Tengo que pedirle permiso para cortejarte abiertamente, tiene que saber que mis intenciones son honorables.
—Es ridículo. Soy una mujer adulta, una viuda con una hija, ¡no necesito permiso de mi hermano! —Dio media vuelta y malhumorada, subió el resto de los escalones casi corriendo.
Él sonrió.


—¿Querías hablar conmigo, hermano?
—Sí, Serena. Siéntate. ¿Ya se retiró el doctor?
—Acaba de irse, luego de despedirse de Cati, dejó saludos para ti y agradecimientos por la cena.
—Bien. Iré al grano, hermanita. No quiero ser entrometido, pero me preocupas. ¿Puedes explicarme qué es lo que hay entre ustedes? ¿Qué es toda esa familiaridad con la que te trató en la cena?
—Antes que nada quiero que sepas que él hace mucho tiempo quiere hablar contigo al respecto, pero yo no dejo que lo haga. Él quiere cortejarme, Joselo, quiere hacer las cosas correctamente —Serena se ruborizó—. ¡Ay, hermano! Yo no sé lo que siento por él. Me gusta, es un hombre increíble, bueno, honorable. Pero ya me conoces, yo… yo ya no puedo confiar en nadie, es como si hubiera quedado vacía de sentimientos, totalmente seca.
Joselo dio la vuelta a su escritorio, se arrodilló ante ella y le tomó las manos entre las suyas.
—Bueno, me alegra saber que sus intenciones son honorables. —El alivio de Joselo era evidente—. Eso me tranquiliza, es todo lo que necesitaba saber. Me gusta el doctor Vega. Dale una oportunidad, Serena. Tienes mi aprobación.
—Ahora no puedo, Joselo. ¿Sabes por qué me desmayé ayer? —Hablar con sus amigas hizo que ahora la confesión a su hermano fuera más fácil. Tenía que contárselo.
Se sentaron en el sofá del despacho y lo hizo. Le contó a grandes rasgos cómo conoció a Eduardo, la relación que tuvieron, su desaparición posterior, la historia que se había enterado sobre su boda y su viudez, el encuentro de ayer y la conversación que tuvo con Daniel.
—¡Dios Santo, hermanita! Con razón te desmayaste de la impresión.
—No sé qué hacer, Joselo. Si él llega a enterarse de la existencia de Cati, tendré que decirle la verdad. No por mi ni por él, sino por Cati. Ella merece conocer a su padre, yo no tengo ningún derecho a privarle de eso.
—Es él quien no tiene ningún derecho sobre ella, Serena —dijo Joselo evidentemente molesto—. Sebastián es su padre legal. Yo soy su tutor, y no voy a permitir que ese desgraciado irresponsable se acerque a ella ni a dos metros. No tiene forma de probar su paternidad ni modo alguno de reclamarla.
—Lo sé, Joselo… pero no es una cuestión legal. Estamos hablando de su identidad. Él es su verdadero padre, y Cati merece saberlo algún día.
—Tú lo has dicho: "Algún día". Cuando sea mayor, cuando pueda discernir lo bueno de lo malo y las implicaciones que todo esto puede acarrear. Mientras tanto, somos nosotros quienes decidiremos por ella.
—¿Y si Cati cuando sea grande me culpa por separarla de su verdadero padre? ¿Por no permitirle que forme parte de su vida?
—Ella entenderá que hicimos lo que era correcto, Serena. No podemos someter a nuestra familia a semejante escándalo. Sebastián fue y será siempre el padre de Cati. Esa decisión se tomó debido a que este "supuesto conde" no asumió las consecuencias de sus actos irresponsables. No merece llamarse "de la nobleza". Su actuación no fue la de un caballero.
—Él nunca lo supo, Joselo.
—Pues debería haberse quedado a confirmarlo antes de desparecer y hacer su vida al margen de tu desgracia. Un caballero no toma la inocencia de una jovencita crédula y la deja tirada a su suerte. Puedes echarme toda la culpa a mí, pero ese hombre no pisará nunca nuestra casa. ¿Lo entendiste? No voy a permitirlo, Serena.
—Sí, hermano. —Contestó Serena, aunque no estaba muy convencida de la decisión.


Las tres amigas fueron al parque a pasar la tarde. Las niñas corrían y jugaban entre ellas, felices, bajo las atentas miradas de sus madres y niñeras, que corrían tras de ellas para evitar que se caigan.
Estaban sentadas en un banco, conversando para variar.
Ya habían pasado dos semanas desde que Serena vio a Eduardo, y no supo de él. No se presentó ni dio señales de vida.
Teresa podía saber algo, ya que Daniel atendía sus negocios en el banco, pero no le dijo nada ni ella tampoco preguntó. No se hablaba del tema.
Serena estaba más tranquila.
—¿Qué tal tu relación con Arturo, Sere? —Preguntó Anna.
—Igual que siempre. Nos vemos muy poco, máximo dos veces por semana, a veces solo una vez. Es demasiado paciente, creo que en cualquier momento se cansará de mí.
—Y tú… ¿cómo te sientes visualizando eso? —Quiso saber Teresa.
—No lo sé, nunca me lo he cuestionado. —Serena se quedó pensativa.
—¿Dónde pasarán la semana santa, chicas? —Anna cambió de tema.
—Contigo en "La esperanza" —Dijo Teresa riéndose a carcajadas, porque todavía no había sido invitada.
Todas rieron de su ocurrencia.
—Joselo, Cati y yo también iremos, nuestros padres no nos perdonarán si pasamos otra Pascua lejos. Vamos tan poco a visitarlos, que siempre nos reclaman —dijo Serena.
—¡Maravilloso! Estaremos todos juntos. —Anna se quedó pensando y continuó—: Sere, ¿puedo invitar a Arturo? Sería una buena compañía para ti. Todavía hay tiempo para que pueda organizar la clínica y sus pacientes.
Serena frunció el ceño.
—Sere, piénsalo —dijo Teresa, al ver que dudaba—. Sería un buen momento para conocerlo mejor, estar varios días en su compañía, para variar.
Serena sonrió. Era evidente lo que sus amigas querían lograr.
—Si me autorizas, yo misma lo invitaré, Anna. Pero tendrá que quedarse en tu casa, la casa de mis padres estará llena. Mi hermano mayor seguro irá con su señora y sus hijos también.
—¡Por supuesto! En "La esperanza" hay lugar de sobra. —Contestó Anna.
Y se pusieron a organizar el viaje, contentas de tener la posibilidad de pasar cinco días juntas en un lugar que les traía tan hermosos recuerdos de su niñez y adolescencia.
De repente, una sombra se cernió sobre ellas. Las tres levantaron la vista.
—Buenas tardes, señoras. Un placer saludarlas.
Serena se quedó pálida.
Eduardo estaba frente a ellas.
Continuará...

Serena - Capítulo 07

miércoles, 19 de enero de 2011

De vuelta a la realidad, Anna y Teresa no le dieron tregua.
Al día siguiente, apenas se levantó, bastante tarde, ya que había dormido recién al amanecer, las encontró en su casa.
Las tres se sacaron los zapatos y subieron de nuevo a la cama, como si fueran unas niñas que tenían que compartir secretos importantes.
—Hay cosas que nunca cambian, —Serena sonrió.
—Veo que estás mejor, cariño —dijo Anna.
—Me siento mejor, anoche luego de mucho tiempo, me permití rememorar todo lo que ocurrió hace tres años, por primera vez. No sé que voy a hacer, chicas. Pensé que nunca más lo vería, nunca más supe nada de él. Yo no sabía esta historia que contaron ayer. No tenía idea que era conde.
—Bueno, tengo entendido que fue una situación posterior al momento que se conocieron, su padre murió hace dos años —dijo Teresa.
—De todas formas, nunca me contó que sus padres pertenecían a la nobleza francesa. —Serena suspiró.
—Sere, ¿cómo lo conociste? —Preguntó Teresa.
—Es difícil para mí hablar de esto, amigas. —Serena se pasó las manos por la cara, ocultándose.
—Pero te hará bien, cariño —respondió Anna—. Demasiado tiempo guardaste este sufrimiento dentro de ti. Ya sabes, La amistad duplica nuestras alegrías y divide nuestra tristeza, sabes que puedes confiar en nosotras.
—Lo sé, amigas. Y si no les conté antes no fue porque no confiara en ustedes. Fue porque era demasiado doloroso para mí recordar. Y porque sentía que había hecho todo mal en mi vida, sentía vergüenza de mí misma.
—Nunca te avergüences frente a nosotras, Sere, —dijo Teresa. —Jamás te juzgaremos. Cuéntanos que pasó.
Serena les contó la historia detalladamente, sin ahondar en las partes íntimas. Por momentos sentía ganas de llorar, pero se reprimía. Cuando llegó a la parte donde él desapareció, no pudo soportar y rompió en llantos.
Eso era lo que sus amigas querían, que se desahogue. Era exactamente lo que necesitaba para sentirse mejor y enfrentar los problemas que vendrían una vez que Eduardo se enterase de su paternidad.
—Pero esa no fue la última vez que lo vi, —Serena estaba terminando su relato, sollozando todavía—. ¿Recuerdas, Teresa, cuando estábamos en el cumpleaños de María Rosa, unos días antes de tu cumpleaños hace casi tres años y me dijiste que había un hombre observándonos?
—Lo recuerdo, —contestó Teresa y abrió los ojos como plato—. ¡Oh, Dios, era él! Estaba con Mabel Durante Meyer, se acababan de comprometer en matrimonio. Recuerdo que te quedaste pálida cuando lo viste y huiste a la terraza.
—Sí, esa fue la última vez que lo vi.
—Es un desgraciado, —dijo Anna malhumorada—. No merece tener una hija como Cati.
—Pero es su hija, Anna. Yo no tengo ningún derecho a evitar que se conozcan. Cati tiene derecho a saber que su padre está vivo.
—Si es que le interesa conocerla, Sere. No veo por qué, después de lo que te hizo, tengas que ir a tocar a su puerta y anunciárselo. Los hombres como él no merecen ninguna consideración —dijo Anna de nuevo.
—Oh, no. Yo no moveré un dedo para decírselo, chicas —anunció Serena—. Pero si se da el caso, tendré que hacerlo. Por Cati, no por él.
Sus amigas asintieron. Serena continuó:
—A la vista del mundo entero, Cati es hija de Sebastián Vial. Y Joselo es más padre de Cati que cualquiera. A mi criterio, el padre no es aquel que engendra un hijo, sino el que lo cuida y lo cría. Pero no sabemos qué pensará Cati sobre esto cuando sea mayor, ella tiene derecho a saber la verdad.
—No tiene por qué saberlo ahora, Sere —dijo Anna—. Espera a que sea mayor para contárselo. Imagínate el escándalo que sería que todo esto salga a la luz.
—No quiero ni imaginármelo, —dijo Serena—. ¿Y si Eduardo aparece? ¿Y si sospecha que Cati puede ser su hija?
—¿Por qué abrir el paraguas antes de que llueva? —Contestó Anna—. Espera a ver qué ocurre. Llegado el caso sabrás lo que tienes que hacer.
Serena suspiró.
Teresa la atrajo hacia ella, estaba inusualmente muy callada. Apoyó la cabeza de Serena sobre su pecho, confortándola en silencio, acostadas en la cama.
—Quiero desaparecer, —susurró Serena.
Anna la abrazó por la espalda, pero al instante, se incorporó, diciendo:
—¡Tengo una idea! —Las otras dos la miraron interrogantes—. Vayamos unos días a La Esperanza, las tres, con las niñas y las niñeras. A descansar, a relajarnos, a pensar. Nos hará bien a todas.
—Estaríamos huyendo, Anna —Dijo Teresa.
—Yo no lo veo así. —Contestó Anna—. Estaríamos retirándonos a pensar.
—Él la seguirá. —Anunció Teresa.
Las otras dos se incorporaron, mirándola interrogantes.
—¿Por qué lo dices? —Preguntó Serena.
—Porque Daniel me contó que te vio. Luego que Arturo volvió a la fiesta y comentó que estabas bien, el conde se acercó a Daniel y estuvo preguntándole por ti, fue muy insistente. Al comienzo Dani pensó que estaba interesado en conocerte, y como buen celestino, le habló maravillas de ti, le contó de la fundación y todo lo que haces con los niños. Luego se dio cuenta, por sus comentarios, que ya se conocían, y trató de cambiar de tema, no quería decir nada fuera de lugar. Pero el conde volvió a insistir, quería saber incluso donde vivías.
—Ohhh, —Serena se llevó las manos a la boca—. ¿Sabe que soy viuda? ¿Sabe de Cati?
—Sabe que eres viuda, pero Dani no le dijo nada de Cati.
Serena se hundió en la cama boca abajo y escondió la cabeza debajo de la almohada, como si fuera una niña.
—Aaayyy, chicas —dijo con sonidos guturales.
Tocaron a la puerta.
Era la criada anunciando que el almuerzo estaba listo.
Pasaron antes por el cuarto de Cati, para ver cómo estaban las niñas. Ya habían almorzado y estaban haciendo la siesta. Las tres miraron a sus hijas, durmiendo juntas en la cama de Cati, casi una encima de la otra, y sonrieron. Era como si la historia se repitiera.
Estuvieron juntas gran parte de la tarde, las niñas despertaron y las tres se sentaron en la galería para verlas jugar en el patio.
Anna y Teresa estaban preparándose para partir, cuando el mayordomo anunció:
—Señora, tiene visita.
El corazón de Serena casi salió de su pecho.
—¿Qu-quién es? —Preguntó.
—El doctor Vega, señora.
El alivio de Serena fue patente.
—Hágalo pasar, Almada. —Y mirando a sus amigas, dijo—: Otro tema que no sé cómo resolverlo.
—Apóyate en él, cariño —dijo Anna—. Se nota que está loco por ti.
Serena suspiró.
Arturo llegó a la galería y saludó a las tres damas.
—¿Cómo está mi paciente? —Preguntó.
—¿Cuál de ellas? —Dijo Teresa en broma—. Aquí tiene seis pacientes, doctor.
Todos rieron.
Cati vio a Arturo y vino corriendo a saludarlo, prendiéndose de su pierna.
—¡Hola peque! —Dijo Arturo, y la levantó en brazos.
La niña rodeó el cuello del doctor y apoyó la cabecita en su hombro. Él acarició dulcemente su pelo. Cati lo adoraba. Él era muy cariñoso y juguetón con ella.
Serena los miró y casi lagrimea de la emoción.
—Bueno, nosotras ya nos estábamos yendo —anunció Anna—. Me alegro de dejar a nuestra querida amiga en sus manos, doctor Vega.
Serena enarcó una ceja, por lo que eso implicaba.
—Creo, —dijo Teresa—. Que a raíz de las circunstancias, deberíamos dejar de ser tan formales entre nosotros, doctor. Me gustaría que de ahora en más me llame Teresa.
—Es un honor para mí, Teresa… —respondió el doctor, y mirando a Anna, dijo—: Y Anna. Por favor, llámenme Arturo.
Todas sonrieron complacidas y se despidieron.
Serena acompañó a sus amigas a la puerta.
Al volver, vio a Arturo sentado en la hamaca de la galería con Cati en su regazo, le estaba cantando y haciéndola saltar sobre las rodillas. Ella reía a carcajadas.
Él le hizo señas para que se sentara al lado de ellos. Ella lo hizo, sonriendo, y él tomó su mano y le dio un beso a sus nudillos, mirándola a los ojos.
—Bueno, señorita, —dijo Serena dirigiéndose a su hija—. Es hora de tu baño.
—Acua, tío —dijo Cati.
—Después de que te bañes y cenes, el tío Arturo irá a darte las buenas noches, ¿sí, peque? —Prometió él.
Cati accedió y la niñera se la llevó.
—¿Te quedarás a cenar, Arturo? —Preguntó Serena.
—Estaré encantado —contestó el doctor—. Aunque yo sólo venía para ver cómo estabas, no quiero que te sientas en el compromiso de invitarme si no lo deseas.
—Siempre es un placer tu compañía.
Él miró a los costados, y al no ver a nadie, se acercó a ella, le dio un ligero beso y dijo contra sus labios:
—Eso espero, preciosa. Para mí definitivamente lo es. —Se alejó un poco—. Pero dime, ¿cómo te sentiste hoy? ¿Ya no te mareaste?
—No, mi querido doctor, estoy perfectamente bien —contestó sonriendo—. ¿Te gustaría pasar a la sala? Sólo estábamos aquí en la galería por las niñas, pero hace bastante calor.
Serena dio órdenes de que incluyan un plato más en la mesa y se dirigieron a la sala.
Apenas entraron y cerraron la puerta, él la tomó en sus brazos desde atrás, apoyándola contra su torso. Presionó la boca en su cuello y la besó. Luego besó la piel del hombro que quedaba al descubierto.
Serena se derritió en sus brazos.
Necesitaba su compañía esta noche, su apoyo, su calor. Necesitaba más que nada su amistad, sentirse segura en sus brazos. Sabía que lo estaba utilizando, sabía que no estaba bien, pero lo necesitaba.
Se giró suavemente e introdujo sus manos dentro de su chaqueta, lo abrazó muy fuerte y apoyó la mejilla en su pecho, acariciándole la espalda sobre la suave camisa. Podía sentir sus músculos tensos.
El volteó un poco y llaveó la puerta antes de besarla.
Los labios de ella expresaban mucho más que un simple beso esa noche. Sentía en ella una urgencia fuera de lo común. Fuera lo que fuese lo que ocurría, hacía que su confusión se transformase en fiebre.
La besó, primero con dulzura, como si nunca se hubiesen besado, para llevarla luego a lugares más oscuros y peligrosos. Ella se dejó arrastrar por ese remolino de sensaciones, sin darse cuenta de que sus piernas casi habían cedido hasta que la levantó en sus brazos para llevarla hasta el sofá.
La recostó y se acomodó sobre ella. Se sintió maravillosamente bien encerrada entre sus brazos. Sus dedos se movieron hacia su suave cabello, deleitándose con la cálida suavidad. Sus labios eran suaves contra los más firmes de él, moviéndose sensualmente en respuesta. Un maravilloso sabor se mezcló con el suyo.
Sus manos se movieron firmemente por la espalda de él y por sus redondeadas nalgas, presionándolo contra ella. Arturo sentía como si estuviese intentando consumirlo completamente. Su lengua danzaba en la exploración con la de él, cuando este retrocedió y la miró escudriñándola como si fuera a decir algo importante.
—¿Te pasa algo, cariño?
—¿Por qué lo dices?
—Nunca te había sentido tan ansiosa. ¿Tiene esto algo que ver con tu desmayo de ayer?
Continuará...

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