Atrápame... si puedes - Capítulo 06

jueves, 21 de junio de 2012

Una decisión… ¿irrevocable?

Luana estaba tirada en su cama con la notebook en la panza, como siempre a la noche, pero no podía concentrarse en lo que estaba haciendo. Como no ocurría hacía mucho tiempo, un hombre ocupaba sus pensamientos, y eso la fastidiaba hasta el punto de ponerla de mal humor.
Suspiró y despotricó contra Patricio por ser tan dulce y amable.
Se imaginaba lo que ocurriría si accedía a sus deseos y no le agradaba el panorama, una noche de sexo equivalía a dos opciones posteriores: él querría seguir frecuentándola y eso alteraría su ordenada y tranquila existencia teniendo que adecuarse a los horarios y gustos de otra persona; o él se sacaría las ganas que aparentemente tenía y cuando ya no la llamara ni la buscara, ella se haría el harakiri mental pensando en qué había hecho mal, y sería otra desilusión en su vida.
No estaba dispuesta a ninguna de las dos opciones.
No era ninguna mojigata, había tenido muchas relaciones en su vida, un par de ellas solo de una noche, las demás un poco más largas, aunque nunca había aguantado más de seis meses en pareja, sobre todo cuando el hombre empezaba con sus celos y exigencias. Solo en el caso de Luciano había durado dos años, pero a él lo había amado como a ninguno, y jamás intentó controlarla. Por supuesto que no, si ella hubiera hecho lo mismo, habría averiguado mucho antes que en realidad no estaba separado, como él le había dicho, sino que era casado.
No quería acordarse de eso, siempre la alteraba.
Lo que no podía dejar de recordar, era la ternura de Patricio al despedirse de ella cuando la dejó frente al portal del edificio donde vivía.
¡Mierda! ¿Por qué no era un bastardo desgraciado como todos los hombres? Sería mucho más fácil evitar caer en la tentación. A pesar de todo era una mujer, y él fue tremendamente dulce.
—Nunca antes te había visto con el pelo suelto —le dijo cuando le abrió la puerta del auto para que bajara— Me encanta, no me lo imaginaba tan largo.
Y tomó un mechón de su cabello, lo acercó a su cara y aspiró una bocanada de aire, suspirando. Luego le acarició la cabeza.
Ella casi se derrite, y en ese momento se olvidó de todo sus propósitos de alejarse de él.
Patricio cerró la puerta y se apoyó suavemente en Luana, presionándola contra su vehículo, bajó lentamente las manos de su cabeza, acarició sus brazos, sin dejar de mirarla en ningún momento. Entrelazó sus dedos con los de ella y apoyó su frente en la suya, haciendo que su nariz la acariciara.
Mientras le besaba suavemente un ojo, luego otro, ella podía sentir su aliento caliente y solo era consciente de su fuerte cuerpo apoyado en el suyo, de su potente erección presionando su entrepierna. Deseaba poder tocarlo, pero era tan agradable sentir sus dedos entrelazados, tan íntimo, que permaneció quieta, esperando algún otro movimiento de su parte.
Patricio subió las manos de Luana hasta su pecho y las apoyó allí, cubriéndolas con una de las suyas, mientras la otra le subía la barbilla para que lo mirase.
—Eres tan hermosa, Lua —dio suavemente.
Y acercó lentamente su boca a la suya.
Luana estaba a punto de explotar. Con el aliento entrecortado, esperó impaciente un apasionado beso… que nunca llegó.
Él solo apoyó los labios en la comisura de los suyos y le dio un dulce beso de despedida.
—Que descanses, cariño.
¡A la mierda Patricio! La dejó allí, temblorosa y deseosa de más. Una táctica espectacular de su parte. Podía haber hecho lo que quisiera en ese momento, ella no se lo hubiera impedido. Sin embargo, se retiró sin darle lo que ambos deseaban.
Era todo un seductor, uno muy peligroso.
Pero ella era muy inteligente, sabía cuál era su juego, y no estaba dispuesta a dejarse seducir. Tomó una decisión: evitarlo a toda costa. No iba a poder dejar de verlo, eso era imposible, pero de ahora en adelante no aceptaría salir de nuevo con él hasta el día que el infierno se congelara.

—Dile a la arquitecta fantasma cuando llegue que quiero verla, que suba —le dijo Patricio a su secretaria, fastidiado.
—Sí, señor —contestó Marcela riendo interiormente.
Y yo pensé que había adelantado algo, se dijo Patricio a si mismo inclinándose en su sillón gerencial. Incluso que la había dejado con ganas de más cuando no le dio el beso que los dos esperaban. Porque sabía que ella lo había deseado, estaba seguro. Y esperaba que eso fuera el comienzo de algo, no el final.
El quincho ya estaba prácticamente terminado y no había logrado verla un solo día después de que cenaran juntos, era como si supiera cuando él no iba a estar para visitar la obra. Lo único que hacía era firmar cheques para ella y cuando hablaban por el celular, siempre estaba ocupada o había ruidos de sierras y golpes de martillo que impedía que hablaran con tranquilidad.
Intentó llamarla a la noche, pero desconectaba su celular y no tenía el número de la línea baja de su casa.
Levantó las hojas impresas del estudio de factibilidad que le había enviado unas semanas atrás y lo releyó. Impresionante, si los números eran ciertos, era un negocio redondo, muy lucrativo, y él tenía el dinero para llevarlo a cabo. Incrementar su capital no haciendo nada más que firmar un cheque quincenal era una idea atractiva, y ella había demostrado que era muy eficiente en lo que hacía, sin necesidad de que estuviera controlando su trabajo.
—Hola Patricio —dijo Luana apoyándose en la puerta de su despacho una hora después.
—Mira tú, mi arquitecta fantasma —contestó levantándose.
Ella sonrió y se acercó.
—¿Algún problema? ¿Tienes alguna queja? —preguntó apoyando su bolso sobre la silla.
—A ver… ¿por dónde empiezo? Tengo una amiga que huye de mí, solo puedo contactar con ella por correo electrónico, incluso me pregunto si realmente existe o si es producto de mi imaginación. Luego miro hacia el patio, veo su obra y me digo: No, ella es real…
—¿Estás conforme, no? —preguntó dudando.
—Por supuesto, cariño, el quincho quedó precioso. Pero no estoy hablando de eso, sino de nosotros…
—No existe un "nosotros", Patricio —afirmó cruzando sus brazos.
—Bueno, probablemente eso sea lo que me fastidia.
Luana suspiró, no quería hablar de ese tema.
—Lo siento, pero no tengo tiempo para hablar de eso ahora… ¿necesitas algo en relación a la obra? Estará terminada en una semana más.
—Sí, quiero hacer la inauguración oficial… ¿puedo programarla para el sábado siguiente a éste?
—Con seguridad —dijo asintiendo—, Susi es organizadora de eventos en su tiempo libre, si quieres puedes pedirle que te lo prepare.
—Buena idea, gracias —la tomó de la mano y la llevó hasta el sofá—. Siéntate, quiero hablar sobre los números que me enviaste.
Estuvieron conversando por más de veinte minutos sobre el proyecto que ella quería llevar a cabo. Él ya estaba convencido, pero disfrutó escuchándola.
—Este es el momento ideal para empezar, Patricio… al menos para mí. Nunca suelo aceptar más de dos obras grandes a la vez, conozco mis limitaciones, y los dúplexs del español se están terminando, el quincho también, así que me quedaré sin trabajo en breve —y con una sonrisa seductora, dijo—: Seré toda tuya.
—Ojalá eso fuera cierto —contestó pasando el brazo por su espalda y acercándola a él—, tenerte para mí solo es mi fantasía recurrente desde hace un tiempo —posó el labio en su cuello y le dio un beso debajo de la oreja.
—Patricio, estamos en tu oficina —dijo Luana tratando de zafarse.
—Si Marcela valora su trabajo, sabe que no tiene que interrumpirnos —la apoyó contra él y siguió prodigando pequeños besos en su cuello, estremeciéndola de la cabeza hasta los pies—, busca un buen terreno, arqui… porque haremos ese proyecto que tienes en mente.
—Ya… ya lo tengo —dijo acariciando su cuello, no podía resistirse.
—Entonces, cómpralo para mí —contestó sacándole el pinche del pelo. El cabello de Luana se deslizó como seda entre sus dedos, enardeciéndolo. Le levantó la barbilla y la miró—: no besarte la otra noche fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida, me moría de ganas, tú también lo deseabas… ¿no? Dime la verdad…
—Yo… eh, quédate quieto —dijo ella. Sus labios estaban tan juntos que podía sentir su respiración contra su boca—, no muevas un solo dedo. Ni siquiera respires, por favor.
—¿Para que puedas huir de nuevo? —preguntó rozando sus labios y pasándole ligeramente la lengua.
—Patricio… me siento como una prostituta, por favor, no sigas —pidió con voz entrecortada.
—¡¿Qué?!
Luana aprovechó su confusión para tomar distancia.
—Todo está demasiado mezclado —dijo confundida—, fíjate en lo que estamos haciendo, decidiendo un proyecto uno en brazos del otro. No quiero que pienses que utilizo la seducción para lograr conseguir este trabajo, me sentiría pésima si así fuera.
—¿Crees que soy tan estúpido como para decidir invertir en tu proyecto solo por calentura? Los números cierran, Luana… una cosa no tiene nada que ver con la otra. Ya te lo dije mil veces, no mezcles.
—¿No te das cuenta que eres tú el que está mezclando? —Y se levantó del sillón— No quiero este trabajo si existe la más mínima posibilidad de que tenga que pagar por él con mi cuerpo.
—Es espantoso lo que estás diciendo, Lua —dijo enojado.
—Quiero que las cosas queden claras. Piénsalo, Patricio —dijo tomando su bolso— Llámame cuando decidas algo. Tienes los datos del terreno en el análisis de factibilidad, incluso el plano de ubicación, puedes ir a visitarlo.
—Lo haré… ¿le das el número de teléfono de tu casa a Marcela, por favor? Varias veces intenté llamarte a la noche y apagas tu celular. Me gustaría poder ubicarte a cualquier hora.
Ella asintió y salió del despacho.

—Patricio me llamó para que organizara la inauguración de su quincho —dijo Susana del otro lado de la línea la noche siguiente.
—S-sí, le sugerí que lo hiciera —Luana estaba todavía fastidiada de cómo había resultado la última reunión, y se notaba.
—Gracias, nena… no es gran cosa, pero siempre ayuda. Me pasó la lista de invitados por correo y me dijo que hablara contigo para ponernos de acuerdo.
—¿Conmigo? —preguntó confundida— ¿Qué tengo que ver yo con eso? ¿No te habrá dicho que hablaras con Marcela, su secretaria?
—Nop, contigo —Luana bufó—. ¿Podemos reunirnos en su oficina mañana para ver el lugar?
—Claro, te avisaré a la hora que estaré en la zona… ¿por la tarde es mejor para ti, no?
—Sí, a la mañana estoy en la ganadera. Pero cuéntame, Lua… ¿cómo van las cosas con él?
—Más complicadas de lo que me gustaría —dijo suspirando—, al parecer el señor no entiende el concepto de lo que es un "no". Le presenté otro proyecto, similar al que estoy terminando para el español. Me dijo que va a comprar el terreno, pero yo no estoy tan segura de que querer seguir trabajando para él. Me mantiene constantemente tensa, no por el trabajo, sino porque insiste en que quiere tener algo conmigo, y no pierde oportunidad en demostrarlo.
—Que idiota eres, amiga. Deberías acceder, es un tipazo, y sabes que te mueres de ganas de acostarte con él.
—¿Qué crees que soy? ¿Una perra en celo o qué? —preguntó enojada— Solo porque me parezca atractivo no significa que tenga que ceder a mis bajos instintos. Si fuera cualquier otro hombre lo haría sin pensarlo, no lo dudes. No tengo pizca de mojigata, pero hacerlo con él complicaría nuestra relación comercial, y créeme, valoro más eso que una follada.
—Una buena follada, según las malas lenguas…
—¿Y tú como lo sabes? —preguntó asombrada.
—Las chicas hablan, y él es soltero sin compromisos… y no tiene vocación de sacerdote —dijo pícara.
—Cuéntame —pidió interesada— ¿conozco a alguna de ellas?
—¿Recuerdas a la prima de la esposa de Hugo? —se refería a un amigo en común de ellas— Esa que estaba de rojo el día de su casamiento…
Y empezaron a chismosear, como era usual. No quedó títere con cabeza.
Cuando cortó, Luana volvió a pensar en lo que estaba pasando con Patricio. Era un gran hombre, sin duda alguna, pero ella había conocido muchos buenos hombres en su vida, y al final todos estaban cortados por la misma tijera.
Meterse con él complicaría su existencia, y su trabajo.
Ella sabía manejar una situación complicada, haría que él mismo desistiera de su idea de seducirla.
Cuando quería ser fastidiosa, era la mejor.

Continuará...

Atrápame... si puedes - Capítulo 05

Pato a la carta

Decidieron cenar en el restaurante del club, ya que la parrilla estaba abarrotada de gente. Siempre pasaba eso cuando había torneos deportivos. Además, Patricio pensó que si se quedaban allí se encontrarían con un montón de amigos en común, que probablemente quisieran sentarse en la misma mesa, y no tenía intención de compartirla, no esa noche que por fin había logrado convencerla.
—Tu hijo es muy agradable —dijo Patricio.
—Es un muchacho excelente, estoy muy orgullosa de él.
—¿Y no es celoso?
—La verdad es que la última vez que tuve la oportunidad de comprobarlo, no lo era. Ahora que está grande… no tengo idea cuál sería su reacción si llegara a tener una relación. Está muy acostumbrado a verme sola.
—¿Y hace mucho que lo estás?
—Sí, hace como seis años que no tengo una pareja estable… ¿y tú?
—Yo me divorcié hace ocho años.
—Eso no significa que hayas estado solo todo ese tiempo…
—No tuve ninguna relación de importancia, aunque no soy un monje.
—Ningún hombre lo es, no me sorprende —respondió sarcástica.
—No tienes muy buena opinión de los hombres en general, Lua.
—Ustedes no se esmeran en comportarse muy bien.
—¿Quieres dejar de meterme en el mismo saco? —preguntó fastidiado— Yo siempre he respetado a todas las mujeres con las que he salido. No puedes juzgarme por experiencias que tuviste con otros.
—Tienes razón, Patricio —contestó suspirando—. Es más fuerte que yo, pero no me baso solo en mis experiencias, sino en la de todas mis amigas, y mis primas, tengo un par de ellas que la pasaron muy mal.
—Una relación es de a dos, cariño —dijo tomándola de la mano y acariciándole los nudillos—, la responsabilidad siempre es compartida.
—Te pedí que no me llam…
—Déjame ser cariñoso —la interrumpió—, no te lo digo solo por decirlo, lo hago porque lo siento —ella suspiró, pero no dijo nada—. Me encantan tus ojos.
—Espero que sea la forma y no el color —dijo riendo—. Porque soy más miope que un topo, y uso lentes de contacto con graduación de color verde desde que tenía veinte años.
—Definitivamente es la expresión de tus ojos la que me atrae —contestó, siempre con la palabra justa—. Cuéntame por qué tu hijo lleva tu apellido y no el de su padre.
—Lleva el de su padre, pero en segundo lugar —contestó soltándose de su agarre, ya que el maître había llegado con la comida.
—Eso no es común.
—Cierto, no lo es… pero tuve una muy buena abogada —contestó sonriendo complacida—. En realidad es muy sencillo, cuando me quedé embarazada y se lo conté, desapareció. La decisión de tenerlo fue mía y asumí toda la responsabilidad, jamás esperé nada de él. A instancias mía, lo conoció cuando tenía dos meses de edad y se enamoró de su hijo, pero ya era tarde, estaba reconocido por mí. Luego, cuando me hizo el juicio de rectificación de nombre…
—¿Él te hizo un juicio? ¿No debería ser al revés? —la interrumpió sorprendido.
—Sí, así es… y Ángelo ya tenía cuatro años cuando lo hizo. Yo estaba preparada, apenas nació contacté con la mejor abogada del menor que existe, y ella me explicó que se había promulgado una nueva ley que me amparaba. Pues bien, él intentó adicionar y rectificar el orden de los apellidos sin mi consentimiento, pero la jueza me notificó, se lo envié por fax a mi abogada, que ya estaba preparada y lo resolvió en un abrir y cerrar de ojos. Le firmé un poder, y en mi nombre ella se allanó, aceptó la paternidad, pero se rehusó al cambio de apellido alegando esa nueva ley. Gané, por supuesto.
—¿Y tu hijo que opina al respecto?
—Es digno hijo de su madre, le importa un carajo —contestó riendo, Patricio negó con la cabeza sonriendo también—. Ángelo no quiere cambiar el orden de sus apellidos, está orgulloso de llevar el mío primero. Su padre, a pesar de que siempre formó parte de su vida, nunca aportó nada, no merece semejante regalo. Por supuesto, intentó convencerlo, pero cuando se dio cuenta que era inútil, decidió por fin cambiarle la cédula, eso ocurrió recién el año pasado.
—Que irresponsable, es terrible lo que me cuentas.
—Ni me lo digas, lo viví en carne propia. A pesar de todo Ángelo es un chico muy sano psicológicamente, yo jamás me opuse a que se relacionara con su papá, nunca me he metido en su relación ni tampoco le he hablado mal. Pero él no es tonto, y ahora se está dando cuenta de muchas cosas, su padre se ha encargado solito de mostrarse tal cual es. Yo siempre supe que eso ocurriría a la larga.
—Eres una mujer admirable, Luana… no me cansaré de repetirlo.
—Solo intenté hacer las cosas correctamente, Patricio. No me pongas en un pedestal, porque soy cualquier cosa menos altruista. La verdad es que soy muy egoísta, todo lo hice pensando en mí. Me parecía tremendamente injusto darle el regalo de un hijo gratis, sin hacerle pagar aunque sea un poco por su abandono, y no me refiero a mí, sino a su hijo. Y me salió muy bien, él es un hombre muy machista, y que su propio hijo lleve mi apellido en primer lugar es como una patada en el culo para él.
—"Hazme un favor, y te devolveré tres veces, hazme daño… y atájate" —repitió lo que ella le había dicho.
—Lo re-recordaste… —dijo Luana sorprendiéndose.
—Escucho todo lo que dices, cariño —contestó sonriendo.
—Eres un raro espécimen de hombre —aceptó mirándolo como si lo viera por primera vez.
—Me alegro que por fin te hayas dado cuenta.
Luana bajó la cabeza y se puso nerviosa. No iba a permitir que ese hombre penetrara su coraza, de ninguna manera. Ya había conocido a un hombre así antes, uno cuya conversación era deliciosa, que sabía exactamente qué decir para desarmarla. Un experto en la seducción, cuyo encanto residía en su trato, en su conversación inteligente y sobre todo en su sabiduría sobre la mente femenina, en su sensibilidad. Ningún hombre antes que él supo nunca lo que ella necesitaba como él lo sabía, aun sin pronunciar una sola palabra. Antes incluso que ella supiera, él ya cumplía sus deseos.
Se había enamorado de él por única vez en su vida. Y resultó ser un mentiroso, pero de los peores, porque aparentaba totalmente otra cosa.
Patricio parecía ser del mismo tipo. Dulce, complaciente, cariñoso, sensible, capaz de bajarle la luna si ella se lo pidiera.
Y eso era muy peligroso, tremendamente nocivo para su persona.
Pobre Patricio, sin querer había cavado su propia tumba.
Ella no se lo demostró, por supuesto, pero inconscientemente lo relegó más aún a la "zona amistosa", una región de su mente en la que él mismo le había dicho que no quería estar.
—Basta de hablar de mi —dijo Luana en un momento dado—, cuéntame sobre ti, sobre tus hijos… y tu nieto. Me parece increíble que ya seas abuelo, aunque tengo un hermano que también lo es, y solo tiene cuarenta y cinco años.
—Empezamos la producción muy pronto —dijo riendo—. Me imagino que debe ser la misma historia que la mía: la novia de la secundaria que se queda embarazada sin querer, la boda precipitada y el hijo no buscado, pero amado. Luego llegan los otros, y te ves envuelto en una telaraña de la que te es imposible escapar.
—Exactamente, eso le ocurrió a mi hermano. Pero él zafó… y tú también.
—Ella se encargó de eso, yo hubiera seguido casado si no me hubiese sido infiel. Pero ahora le agradezco que lo haya sido, mi vida cambió totalmente después de eso. Fue como si hubiera estado dormido durante dieciséis años, y de repente desperté en un mundo que me encantó.
—O sea, que la soltería te gusta.
—Lo que me gusta es la opción de poder elegir. Pero no soy el tipo de hombre que le guste estar solo, tampoco me gusta estar acompañado solo por soledad, pero lastimosamente no he encontrado alguien que me interese hasta el punto de perder de nuevo mi libertad —hasta ahora, pensó.
—En eso te comprendo perfectamente, no hay nada mejor que hacer lo que uno quiere, cuando quiere y como quiere…
—A menos que lo que uno quiera sea lo que el otro también desea. Entonces la ecuación cambia totalmente. Es hermoso compartir la vida con otra persona, Lua… si eso es lo que deseas hacer.
—Lo sé —dijo sin querer. Y al instante se arrepintió.
—Eso significa… que estuviste enamorada —afirmó.
—Mmmm. S-sí… una vez —aceptó a regañadientes—. Pero no quiero hablar de ese tema.
—¿Todavía duele? —preguntó muy interesado.
—Nooo, no… para nada —contestó muy segura—. Fue hace mucho tiempo.
—¿Dieciocho o seis años? —volvió a preguntar.
Ella lo miró sorprendida de nuevo. Volvió a hacerlo, la escuchó de nuevo. Y eso que ella hablaba hasta por los codos.
Ese hombre era peligroso, muy peligroso.
—Seis años —asintió, con una sonrisa nerviosa— ¿Y tú le fuiste fiel a tu ex? —preguntó para cambiar de tema.
—Todos y cada uno de los años que estuvimos juntos. Pero no la culpo, Lua. Como te dije, una relación es de a dos, ella solo buscó lo que yo no era capaz de darle: compañía. Estaba tan metido en mis negocios, en mantener a mi familia, en acumular dinero, que no presté atención a sus necesidades. Los dos tuvimos la culpa en partes iguales. Yo por abandonarla afectivamente y ella por no expresar lo sola que se sentía y buscar en otra persona lo que no pude darle. Fin de la historia, el divorcio fue terrible, por supuesto, pero ahora podemos estar uno frente al otro sin matarnos.
—Bueno, eso está muy bien. Yo todavía no logro estar frente al papá de Ángelo sin querer descuartizarlo —dijo riendo a carcajadas— es más, hace un tiempo que no hablo con él, desde que el cachorro se hizo lo suficientemente grande para tomar sus propias decisiones. En ese momento me abrí y dije: "Suficiente tortura, de ahora en más: paz y tranquilidad".
—Parece que los dos hemos pasado por muchas cosas, ojalá hayamos aprendido algo —y volvió a tomarla de la mano—. Quizás hasta podamos poner en práctica nuestras malas experiencias y sacar algo bueno… juntos.
—Pensé que solo querías calmar "cualquier tipo de sed" que tuviera —dijo sonriendo pícaramente—, al menos eso me dijiste en tu departamento.
—Y puedo hacerlo… eso incluye tener una relación si eso es lo que deseas, pero podemos empezar por donde quieras, cariño. Estoy abierto —acercó su mano y le besó los dedos, lo giró y besó su palma—, tú decides, yo me acoplo a tus deseos, al ritmo que quieras.
—Gracias por la oferta —dijo retirando su mano—, pero no estoy interesada. Mi sed actual solo incluye agua o un buen vino —y levantó su copa en señal de brindis.
—Por algo se empieza —contestó levantando también su copa—. Brindo por haber saciado tu sed esta noche, y por la esperanza de hacerte cambiar de opinión.
—¿Nunca te das por vencido?
—Por supuesto que sí, pero no tan rápido, Lua.
Chin chin.

Continuará...

Atrápame... si puedes - Capítulo 04

El que no corre… vuela

—¿A qué hora viene que nunca la encuentro? —preguntó Patricio a su secretaria casi un mes después, refiriéndose a la arquitecta.
La obra había empezado quince días atrás y él no había logrado verla un solo día. Todas las comunicaciones las hacía por correo electrónico.
—Normalmente dos veces al día, señor, una a la mañana y otra a la tarde. Va directo al patio, termina de fiscalizar el trabajo de su gente y se retira, ni se la siente. Incluso toda la provisión de materiales se hace por un hueco que abrió en la pared del garaje que está conectado al dormitorio de servicio, para no molestarnos. Me dijo que luego lo cerraría.
—Sí, lo vi… parece un fantasma —dijo su jefe fastidiado.
—Pero está quedando muy lindo el espacio, y ella es muy agradable —informó Marcela sonriendo, como dándole el visto bueno a su jefe.
—Mmmm, si la interceptas dile que quiero verla… o avísame cuando está aquí para ir a hablar con ella.
—Lo haré, señor… permiso —y se retiró.
Pero volvió al instante.
—Señor Dionich, la arquitecta está en el patio —informó con una sonrisa.
Patricio asintió sin poder disimular su entusiasmo.
Luana estaba complacida por cómo estaba quedando el proyecto. Los espacios eran generosos y la estructura se había hecho con paredes portantes y un sistema rápido de lista-losa, por lo tanto ya se estaba empezando a techar, al ritmo que llevaba estaría terminado en menos de un mes.
Los detalles, como siempre, eran lo que más tiempo llevaban y entrarían en esa etapa una vez terminada la cobertura y los revoques. Patricio había aprobado por correo electrónico la idea general, pero necesitaba su visto bueno en relación a muchos puntos. Había logrado sortearlo hasta ahora, pero tendría que verlo en algún momento.
—Hola arqui —saludó su nuevo cliente.
—¡Hola Patricio! ¿Cómo estás? —dijo sorprendida— Justo estaba pensando en ti.
—¿En serio? —se acercó y le dio un beso en la mejilla— Me sorprendes, creía que estabas eludiéndome.
—Para nada —contestó riendo—, solo que no quiero molestarte por tonterías, se supone que se contrata un arquitecto para evitar los dolores de cabeza de una construcción. Pero esta vez tendrás que dar tu visto bueno para los detalles, esperaba encontrarte.
—Pues aquí estoy, y tengo tiempo… dime.
—¡González! —dijo llamando a su maestro de obra y dándole la llave de su camioneta— ¿Me traes por favor la caja que está en la valijera? —Y mirándolo de nuevo, lo invitó, burlándose de ella misma—: ¿Pasas a mi oficina?
Lo que ella llamaba su "oficina" no era más que un tablón de madera con un banco largo del mismo material ubicado a un costado de la obra, en un obrador improvisado y desmontable. Allí estaban apoyados varios planos, había reglas, lápices de carpintero y otros materiales.
—Estás avanzando muy rápido —dijo Patricio sentándose en el banco al lado de ella—, me sorprendes.
—Una vez terminamos una casa de dos dormitorios de una sola planta en un mes y medio, esto deberíamos poder acabarlo antes —informó, y le pidió a su ayudante que apoyara la caja en la mesa.
Sacó varias muestras de pisos, azulejos y guardas, así como un muestrario de colores de pintura para que Patricio los aprobara. Estuvieron discutiendo durante media hora sobre las diferentes opciones, hasta que entre los dos decidieron cuál era la mejor combinación.
—Bueno, ya está todo aprobado —dijo Patricio complacido—, me gusta mucho lo que has elegido.
—Gracias —contestó sonriendo—, eres un buen cliente. Normalmente tengo más problemas para complacerlos, algunos son terribles.
—Y tú una excelente profesional —respondió, no pudiendo evitar posar la mano por su espalda y acariciarla. Luana se sobresaltó, él se dio cuenta, pero no dijo nada, ni siquiera dejó de tocarla—. Me gustaría que almorzáramos juntos… ¿puedes?
—Esta vez me toca a mí invitarte, Patricio… ¿recuerdas?
—Jamás lo permitiré —dijo categórico—, no me vuelvas loco, arqui. Sé que te pareceré retrógrado, pero no puedo permitir que una mujer pague, me sentiría un inútil. No me hagas eso, por favor.
Típico, pensó sonriendo.
—De todas formas no puedo, pero gracias por la invitación —y llamó a su ayudante para que llevara de vuelta la caja a su vehículo.
—¿Estás evitándome en serio, no? —preguntó casi malhumorado.
—Sabes lo que opino al respecto.
—Pero ni siquiera me das la opción de ser tu amigo —dijo suspirando—, bueno, aprovechemos este momento entonces. Caminemos por el patio —y la tomó del brazo, estirándola—. Cuéntame que tal van tus otras obras.
—Maravillosamente bien —contestó Luana, y se le iluminó el rostro cuando se lo contaba—, ya conoces el proyecto de los cinco dúplexs que estoy construyendo cerca de aquí —él asintió con la cabeza—. Pues bien, ya se vendieron tres de ellos y todavía no están acabados. Mi cliente español está muy complacido, la obra incluso se terminará con el dinero de las señas de trato. A este paso, tendrá una ganancia de más del 50% de su inversión, en menos de ocho meses.
—Esa es una excelente renta —dijo sorprendido—. Me gustaría ver números al respecto… ¿puedes prepararme un informe?
—Por supuesto —dijo Luana sonriendo y caminando lentamente a su lado—. Y no te sorprendas, el negocio inmobiliario siempre es lucrativo si se analiza bien el mercado. Solo hay que saber elegir la ubicación del terreno y que sea barato, eso es primordial. Y el proyecto debe ajustarse a la idiosincrasia de la gente a la que va dirigida.
—Tienes mucha visión.
—Es mi negocio, Patricio. Pero… ¿tú de verdad estás interesado en esto?
—Depende de los números, arqui… puede llegar a interesarme. ¿Por qué no? Yo creo que no hay que meter todos los huevos en una misma canasta. Y si tengo una asesora de tu calibre, creo que podemos hacer buenos negocios juntos… ¿no crees?
—Te haré un análisis de factibilidad, con mucho gusto. Podemos empezar con dúplexs, y si el negocio es lucrativo para ti, quizás extendernos a condominios o edificios —dijo bajando la vista. Su mirada estaba quemándola por dentro—. Volviendo al quincho, Patricio… ¿quieres presentar los planos de esta obra a la Municipalidad? No hablamos sobre eso…
Y así estuvieron otros quince minutos conversando, hasta que ella informó que tenía que irse.
—¿Cuándo cenarás conmigo? —preguntó Patricio antes de dejarla ir.
Luana lo miró y frunció el labio, suspirando.
—Te llamaré algún día cuando llegue la noche y no caiga desfallecida de cansancio…
—Eso suena a "nunca".
Ella solo sonrió.

Dos semanas después Patricio estaba jugando básquetbol mixto en su club social a la noche, y cuando terminó el partido se acercó a conversar con Susana, su compañera de equipo y amiga.
—Buen juego —dijo.
—¡S-sí, ganamos! A este paso nos llevaremos la copa —contestó riendo—. Ven, Pato… siéntate a mi lado, hace mucho no conversamos, me contó Lua que está haciendo una obra para ti.
—Sí, estoy muy contento con su trabajo, es excelente en lo que hace.
—Lo sé, y muy profesional. Una vez reorganizó las oficinas de la ganadera de mi tío, donde yo trabajo y lo decoró muy bien. Pero cuéntame, sabes que soy una chusma… ¿ella te gusta?
—Mmmm, curiosa —contestó sonriendo—. Eso es algo entre ella y yo.
—Dudo que haya algo que contar de todas formas, no creo que te haga el más mínimo caso.
—¿Dudas de mis dotes de seducción? —preguntó levantando las cejas— No creo ser un partido despreciable, solo dame tiempo.
—No dudo de ti… pero la conozco.
—Y yo a medida que lo hago, la comprendo menos, Susi… —Patricio suspiró— ¿por qué se encierra en sí misma? Es una mujer increíble, pero al parecer no se da cuenta de eso. No sé si tiene algún trauma, si cree que es poca cosa o qué mierda le pasa…
—No tiene nada que ver con eso, Pato. Ella tiene un amor propio enorme, creo que demasiado grande. Te diría que es todo lo contrario, se siente tan bien consigo misma que no necesita otra compañía. Creo que lo que teme es perder su independencia si deja que alguien entre en su vida.
—Llevo más de un mes detrás de ella, ya no sé qué hacer. Hasta estoy invirtiendo una suma astronómica en ese maldito quincho para poder verla y ni siquiera accedió a salir conmigo. Solo logré que almorzáramos juntos una vez… —Patricio la miró y frunció el ceño— ¿Vas a comentarle sobre esta conversación, no? Mejor me callo…
Susana rió a carcajadas.
—No seas tonto, tú eres tan amigo mío como ella, lo que haré será intentar ayudarlos… dime qué quieres que haga.
—¿Puedes conseguir que salga conmigo? —preguntó esperanzado.
—Ni siquiera logro que salga conmigo a menos que sea un almuerzo y esté por mi zona al mediodía. O un café a la tarde a veces, no sale mucho de noche —Y de repente se le iluminó el rostro—. ¿Hoy no es la final de fútbol juvenil?
—Creo que sí… ¿por qué?
—Su hijo juega en el equipo "Octopus", seguro está viendo el partido.
Patricio miró hacia las canchas de fútbol y sonrió.
—Gracias, cariño… si la encuentro, te debo una.
Le dio un beso, tomó su mochila y se dirigió hacia su objetivo.
Y allí estaba su arquitecta, sentada con otras dos mujeres y un hombre, observando el partido. Sin que lo viera, preguntó a unos observadores por el avance de juego y le informaron que estaba en el minuto diez del segundo tiempo. Podía darse una ducha antes de verla, y se dirigió a los vestuarios.
Cuando volvió, Luana se había levantado y estaba apoyada en un árbol a un costado de la cancha… ¿fumando?
Se acercó por el costado.
—No deberías fumar —le dijo en su oído—, hace mal a la salud.
No se sobresaltó, simplemente giró su cabeza y le dijo:
—Seguro lo dejo, solo porque tú me lo aconsejas —contestó irónica.
—Hola mi arqui preferida —y le pasó un brazo por el hombro.
—Hola jefe… ¿tienes otra arqui? No sabía que me estabas metiendo los cuernos. Pensé que era un arquitecto y que tú le metías los cuernos conmigo.
—Así que ya estás enterada —aprovechando que no le pidió que la soltara, siguió abrazándola amistosamente.
—¿Hay algo que en esta ciudad no se sepa? Si estornudamos, sale publicado en la revista del club.
—¿Cuál es tu hijo? —preguntó Patricio mirando hacia la cancha.
—El número diez, el más guapo de todos —contestó riendo.
—Lleva tu apellido —dijo mirando las letras inscriptas en la camiseta que llevaba puesta.
—Por supuesto, yo lo reconocí primero… el que llega último, queda en segundo lugar.
—¿Por qué será que no me sorprende? —dijo él mirándola a los ojos—. Estás muy hermosa hoy, Lua.
—Mentiroso, y tú hueles demasiado bien para mi gusto, así que aléjate de mí —pidió riendo, y separándose de él.
Pero Patricio no le dio tregua:
—No puedes decirme eso y alejarte —la abrazó por detrás y la acercó a su cuerpo, haciéndole cosquillas en el cuello con su aliento—. Tú hueles maravillosamente bien también.
—Te vi jugando —dijo apoyándose en él. Patricio no podía creer que se dejara abrazar—, ¿ganaron?
—Por supuesto… y ahora vine a reclamar mi premio.
—¿Qué es…?
—Una cena contigo, por supuesto.
Luana suspiró, y él aumentó ligeramente la presión de sus brazos alrededor de su cintura y le dio un beso en el hombro. Ella sintió su aliento caliente y se estremeció involuntariamente. No era más que un abrazo amistoso, se dijo a sí misma, pero en su interior sabía lo mucho que lo estaba disfrutando. Hacía un siglo que no se dejaba mimar por un hombre, y se sentía tan bien.
—Deja que le entregue las llaves del auto a mi hijo cuando termine su partido —dijo soltándose y mirándolo—: luego tendrás que llevarme a mi casa… temprano.
—Será todo un placer.

Continuará...

Atrápame... si puedes - Capítulo 03

El "bulín"

—Estás increíblemente dispersa, Lua… tú no eres así.
—Ay, Sannie... es que el almuerzo con ese tipo ayer me dejó en la luna, y todavía me dura.
Sannie Rotela era su amiga desde hacía aproximadamente diez años. Se habían conocido en el colegio donde estudiaban los hijos de ambas, los dos varones y de la misma edad, compañeros de clases. La mayoría de las madres del grado eran casadas y no tenían nada en común con ellas, por lo tanto cuando se conocieron congeniaron al instante, ya que ella en ese momento estaba en proceso de divorcio.
Una actividad llevó a otra, hasta que sin necesidad de cita previa, tomaban un capuccino en una de sus cafeterías preferidas dentro de un conocido shopping por lo menos una vez a la semana. Normalmente era Luana la que la llamaba cuando terminaba de hacer el recorrido por las obras o de mostrar alguna propiedad a algún cliente a la tarde, y Sannie se acoplaba si no tenía alguna clase en ese momento.
Era una hermosa y famosa bailarina y coreógrafa, tenía una conocida academia de baile y un spa exitoso. Era pequeña, esbelta a base de comer solo lechugas y pollo hervido, pero con curvas en los lugares estratégicos.
Siempre tenía alguna historia picante que contar, o algún lio en el cual se había metido, normalmente sin querer, a veces incluso inventado por la prensa amarillista.
—Debe ser un gran tipo para haberte dejado así… a ti, la mujer "que-me-importan-los-hombres,-que-se-pudran".
Luana rió, dándole un sorbo a su capuccino.
—No es lo que piensas, en realidad me confundió. Yo pensé que me había llamado solo por trabajo, pero luego me invitó a almorzar… y no sé muy bien lo que pasó, pero el proyecto quedó relegado a su oficina, el almuerzo fue algo totalmente personal, me intriga lo que quiere de mí y eso me altera.
—Eres demasiado controladora… ¿Por qué no te dejas llevar? ¿Qué pierdes?
—Ya pasé por esto miles de veces en mi vida, Sannie… no quiero más líos de pantalones, ya tuve muchos y solo traen sufrimientos, me dejan un sabor amargo en la boca y alteran mi vida ordenada. ¿Qué pierdo? Mi cordura… mi paz y mi tranquilidad.
—Mmmm, nada mejor que un buen polvo para quedar suuuper tranquila y relajada —dijo pícaramente.
Ambas rieron a carcajadas.
—Definitivamente, no tienes arreglo… ¿Y los muchachos? —preguntó Luana cambiando de tema.
—Los viejos, querrás decir —se refería a un grupo de señores que todos los días hacían su after hour en esa cafetería del shopping—. Seguro llegarán en cualquier momento, ya es su horario.
Sannie era menor que Luana, tenía treinta y ocho años, pero sus gustos en hombres eran muy especiales, si tenían más de treinta años ya eran ancianos para ella. Le gustaban jóvenes, musculados, potentes y si eran rubios, mejor. Siempre se burlaba de la edad de los amigos que Luana le había presentado, pero disfrutaba de la atención que ellos le daban, todos babeaban por la exótica y famosa bailarina.
El grupo se armó sin querer, un día Luana se encontró con que Julio y Néstor, dos de sus mejores amigos formaban parte, y cuando llegaron a tomar el capuccino acostumbrado, las invitaron a unirse a ellos. Actualmente, si se encontraban no necesitaban invitación, simplemente se sentaban en la misma mesa. A veces incluso se reunían en la casa de alguno de ellos, hacían un asado o cantaban karaoke, actividad que a Luana le encantaba.
Normalmente eran ellas las únicas dos mujeres, pero a veces –cuando su novio lo permitía–, se unía Lisette, otra amiga de Luana, de Julio y de Néstor. Una divorciada atractiva de su misma edad con tres hijos varones, alta, exuberante e interesante, con una lengua mordaz que a veces dejaba descolocado hasta al más intrépido de los varones.
—Hablando de Roma… —dijo Luana al ver a uno de sus amigos acercarse.
—…el burro se asoma —terminó la frase Sannie, sonriendo.
Detrás de él llegaron otros dos señores, incluyendo uno particularmente interesado en Luana. Por supuesto, ella no le daba el más mínimo trato especial, pero él no perdía la oportunidad de demostrarle lo mucho que le gustaba.
El grupo fue ampliándose y estaban conversando de cualquier tontería, tomándose el pelo entre ellos o burlándose de las desgracias ajenas, cuando una voz profunda la saludó desde atrás.
—Hola arqui, que sorpresa encontrarte aquí.
Luana se giró sorprendida.
—¡Patricio! —se levantó y casi tira la silla al suelo— ¿Qué haces aquí?
—Tengo una reunión con el gerente del shopping… ¿y tú? —preguntó mirando a todos los ocupantes de la mesa y saludándolos con un gesto de la cabeza— Hola Néstor ¿cómo estás? —dijo reconociendo a uno de ellos.
Luana aprovechó y le presentó a todo el grupo, luego él se la llevó a un costado.
—¿Vas a estar aquí cuando termine mi reunión? —preguntó esperanzado— Me gustaría tomar un café contigo… ¿puede ser?
—No lo sé… estoy esperando la llamada de mi hijo para buscarlo de la casa de un amigo. Luego tengo que ir a trabajar en el proyecto del bulín para un importante cliente nuevo —y sonrió, mirándolo pícaramente.
—Espero que no te refieras a mí, porque estarías malinterpretando mis intenciones con ese proyecto —dijo frunciendo el ceño.
—Es una broma, Patricio —dijo ella, creyendo haber metido la pata.
—Espérame… ¿sí? —ordenó él.
—Haré todo lo posible —contestó Luana.
Y se despidió de todos los presentes con un gesto de la mano.
—¿Es él? —preguntó Sannie en su oído.
—Mmmm, síp —contestó Luana asintiendo con la cabeza— ¿Qué te parece?
—Mega híper viejo, por supuesto —dijo soltando una carcajada—, pero parece interesante, se ven muy bien juntos.
—No empieces tú también. Susi está tratando de hacer de casamentera desde que lo conocí en su cumpleaños.
Por supuesto, cuando Patricio terminó su reunión, cuarenta minutos después, y fue hasta la cafetería para encontrarse con Luana, ella ya no estaba.
La llamó a su celular, pero no contestó, tampoco le devolvió la llamada en todo el fin de semana.

El anteproyecto que le había enviado Luana a su correo electrónico el lunes estaba perfecto, lo imprimió, lo estudió, y encontró que aparte de unos pequeños arreglos de ubicación de muebles en el departamento, no tenía mucho más que objetarle, había captado su idea de forma magistral.
Estaba todo impecablemente detallado, incluso le había enviado un costo aproximado por metro cuadrado de construcción, que estaba por debajo de lo último que su cuñado le había presupuestado, y un costo de honorarios profesionales de anteproyecto en caso de que la obra no se llevara a cabo.
Patricio suspiró y se acomodó en su sillón gerencial mirando el dibujo. Realmente ella tenía razón, no necesitaba venir a explicárselo, hacerlo hubiera sido perder el tiempo, y la señora arquitecta sabía sobre eso, pero igual hubiera querido verla.
Marcó su número de celular, esta vez sí contestó con un «hola».
—Hola, Luana.
—¿Quién habla? —preguntó desorientada.
—Patricio Dionich —dijo, fastidiado.
—¡Ahh, hola Patricio! Lo siento, no te tenía entre mis contactos todavía —contestó justificándose—, pero ahora mismo guardo tu número, la siguiente vez ya te reconoceré.
¿Por qué no le sorprendió? Era como si hubiera estado esperando eso de ella.
—He recibido tu correo —contestó.
—¿Y, qué te parece?
—Está muy bien, captaste perfectamente la idea. Los muebles ya los tengo, solo hay que reubicarlos de acuerdo a su tamaño, pero me gustaría un prepuesto final para poder empezar la obra.
—Con mucho gusto, lo tendrás en una semana —contestó con eficiencia—. Eso llevará más tiempo porque tengo que hacer cómputo y análisis de precios.
—¿Quieres pasar por mi depart… mmmm, "bulín" actual para tomar las medidas de los muebles para ubicarlos en el proyecto? —preguntó risueño.
—Claro, cuando quieras.
—Mañana viajo, pero vuelvo el jueves… ¿te parece bien el viernes después del trabajo?
—No necesito que estés presente, Patricio, puede abrirme tu secretaria o puedes dejarme la llave en la portería de tu edificio, no te molestes.
—No es molestia, y prefiero estar allí.
—Bien, mándame la dirección por mensaje de texto o e-mail, y la hora de la cita… ¿sí? —y se escucharon ruidos detrás de la línea, como los de una sierra en funcionamiento— Lo siento, apenas te escucho.
—Bien, nos vemos el viernes.
Y cortó la comunicación.
No estaba acostumbrado a esa total falta de interés de parte de una mujer, ni siquiera le había preguntado donde iba, tampoco le había deseado buen viaje. Incluso parecía divertirle que quisiera un "bulín", como ella llamaba al proyecto. Esa arquitecta era un extraño espécimen femenino.
Él tenía una hermosa casa en un condominio privado fuera de la ciudad, su lugar apartado del mundo donde se relajaba y estaba en paz con la naturaleza circundante. Ese departamento lo necesitaba solo en caso de urgencia: cuando necesitaba una ducha, una siesta, o un lugar improvisado para dormir una noche. Incluso un sitio para ofrecer a sus clientes extranjeros en caso de necesidad, por eso alquilaba uno.
No tenía pensado construirlo inmediatamente, pero al parecer sería la única forma de conocerla más.
Manos a la obra.

—¿Te parece un buen precio por mi casa, Lua? —preguntó Kiara por el celular unos días después.
—No creo que consigas una oferta mejor, amiga. Tu casa lleva en el mercado mucho tiempo y hasta ahora nadie te había hecho una propuesta tan generosa. Incluso tendrás un departamento para ti cuando el edificio que van a construir allí se termine, y a precio de costo… ¿qué más quieres? Es una empresa constructora seria, y te darán dinero en efectivo como seña de trato. Puedes invertirlo, comprar un dúplex pequeño para vivir mientras el proyecto se concrete. Luego puedes alquilar uno de los dos y tienes una renta mensual, me parece ideal.
—¿Qué haría sin ti? —preguntó suspirando— Bien, lo aceptaré.
—¿Tienes que compartir las ganancias con tu ex?
—No, la casa está a nombre de Ramiro y él está de acuerdo —se refería a su hijo—, y tengo el usufructo vitalicio. Son términos del divorcio.
—Tuviste suerte, mira el caso de Lisette, que luego de quince años de matrimonio y tres hijos, salió de su casa con lo que llevaba puesto.
—Sí, terrible. Pero hablando de llevar algo puesto… ¿qué te pondrás para tu encuentro esta tarde?
—Ya estoy vestida y no volveré a casa… ¿tengo que ponerme algo especial? —preguntó asustada— Solo voy a tomar algunas medidas.
—¿Y piensas tomar la medida de su polla por si acaso?
—¡No seas atrevida! —contestó riendo a carcajadas— En todo caso si tengo que tomar alguna medida privada, será la de su lengua… o pensándolo mejor, la de su cuenta bancaria. Habría que ver hasta qué punto podemos extender la generosidad del potentado.
—Suerte, querida… ojalá que puedas conocer el tamaño de algo armado, pero que no tenga nada que ver con el hormigón.
Se despidieron riendo y Luana, que estaba terminando de mostrar una casa en ese momento, subió a su vehículo y se dirigió hacia el departamento de Patricio, no sin antes enviarle un mensaje de texto diciendo: «estoy camino a tu depto».
Él le respondió inmediatamente: «llego en 10».
De nuevo Luana se sorprendió. No sabía lo que esperaba encontrar, quizás un departamento híper moderno tipo loft, enorme y lujoso. Sin embargo, era un edificio pequeño, muy familiar y el departamento era cálido y confortable, pero nada ostentoso y se encontraba solo a unas cuadras de su oficina. Si bien tenía dos dormitorios, uno de ellos estaba equipado como escritorio, el otro tenía una cama de doble plaza.
Él la dejó sola para que tomara las medidas que quisiera mientras se dirigía a la pequeña cocina.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó entrando al dormitorio donde ella se encontraba en ese momento.
—No, puedo sola… tengo el metro rígido —dijo.
Patricio sonrió pensando en una parte de su anatomía que estaba poniéndose de la misma forma al verla descalzarse y subirse a la cama para tomar las medidas del cuadro que estaba sobre la cabecera.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó.
—Sí, por favor… tengo mucha sed.
—¿Agua, gaseosa, café, vino —preguntó tomándola de la mano y ayudándole a bajarse de la cama— …o yo?
Estaba demasiado cerca, y Luana, que estaba descalza, lo miró a los ojos. Ella era bastante alta, por lo que le sorprendió tener que levantar tanto la cabeza para poder verlo sin llevar tacones.
—¿Te estás ofreciendo como bebida? —preguntó frunciendo el ceño.
—Puedo calmar cualquier tipo de sed que tengas, cariño —dijo insinuante.
—Primero que nada, Patricio —contestó posando la mano sobre su pecho y empujándolo suavemente—, no soy tu "cariño". Segundo, solo estoy sedienta de agua, pura y cristalina, por lo tanto es todo lo que necesito que calmes. Cualquier otra sed la tengo cubierta, gracias… no necesito tus servicios.
Se calzó rápidamente los zapatos y salió de la habitación.
Metí la pata, pensó Patricio.
Fue de nuevo hasta la cocina y volvió con un vaso con agua.
Ella lo estaba esperando parada en la mitad de la sala con los brazos cruzados y una mirada desafiante. Si conocía algo de expresión corporal, Patricio sabía que estaba en problemas.
Extendió el vaso hacia ella.
—Gracias… eh, creo que antes de continuar tenemos que hablar —dijo Luana aceptando la bebida.
—Dime… —contestó expectante.
—¿Estoy loca o estás tratando de ligar conmigo? —preguntó directamente.
Él sonrió y suspiró.
—De cualquier otra mujer me sorprendería esa pregunta, pero viniendo de ti me parece hasta previsible. No nos conocemos mucho, Luana… pero me gustaría hacerlo. No te lo voy a negar, me gustas como mujer y te admiro como profesional. Quizás actué precipitadamente, lo siento, pero mis intenciones no son solo "ligar" contigo, quiero conocerte.
—Puedes conocerme sin intentar otra cosa. Podemos ser amigos, yo no estoy interesada en nada más, quiero que eso te quede claro.
—Si vamos a ser sinceros, Lua —era la primera vez que él la llamaba así, y sonó tremendamente íntimo debido a lo cerca que estaba—, quiero que sepas que valoraré tu amistad, pero no quiero me encasilles en esa zona para siempre. No tengo intención de ser solo tu amigo, creo que los dos somos adultos y podemos ser claros al respecto.
—Patricio, yo no quiero tener nada contigo, ni con nadie. No es nada personal, te lo juro… es una decisión personal.
—¿Me estás diciendo que decidiste convertirte en monja a los cuarenta años? —preguntó frunciendo el ceño.
—Tengo cuarenta y tres años. Y no, solo decidí que no quiero más complicaciones en mi vida —dijo moviéndose por la sala, acariciando una estatua con los dedos, alejándose—. Vivo tranquila y feliz desde que opté por no relacionarme sentimentalmente con nadie más, y quiero seguir así. Si esto altera de alguna forma nuestro trato de negocios quiero que me lo digas ahora y terminamos con esto de una vez, no me hagas perder el tiempo.
Y lo miró a los ojos, fijamente. Estaba demasiado lejos para su gusto. Esto no estaba saliendo como él se había imaginado. Esa mujer era un enigma demasiado grande, y él nunca pudo resistir un reto.
—Una cosa no tiene nada que ver con la otra, Lua —aceptó siendo sincero y acercándose de nuevo a ella—, no mezcles.
—No… eres tú el que está mezclando las cosas —contestó topándose con el respaldo del sofá detrás de ella—. El sexo ¿porque eso es a lo que quieres llegar, no? …siempre arruina todo.
—¿Quién te hizo tanto daño? —preguntó dulcemente, tocándole la mejilla con los dedos.
Ella rió a carcajadas y él frunció el ceño.
—Típica pregunta —dijo irónica, apartando sus dedos—. Nadie me hizo daño, Patricio… no soy tan vulnerable. No justifiques una decisión personal como consecuencia de algo que me hayan hecho. Es una opción de vida, que debes respetar si quieres que continúe trabajando para ti.
—Bien, bien… —contestó suspirando—, pero no esperes que aplauda tu decisión ni que me someta a ella, no soy del tipo sumiso. Me gustas, ya te lo dije claramente… y normalmente consigo lo que quiero. Toma las medidas, arqui… el trabajo sigue en pie.

Continuará...

CLTTR

Soy miembro del Club de Lectura "Todo tiene Romance"... Únete y lee libros gratuitos!

Entradas populares

IBSN

IBSN
Blog Registrado
Grace Lloper®. Con la tecnología de Blogger.