Te amo, pero... (Capítulo 05)

martes, 23 de abril de 2013

PASO A PASO...

Cuando Kiara despertó ya eran más de las diez de la mañana. Le costó dormir, era demasiado consciente del cuerpo de Gabriel a centímetros del suyo. Pero una vez que se dio cuenta que él no intentaría nada, se relajó y cayó en un profundo sueño.
Tan profundo, que ni siquiera notó el momento en el que él despertó.
Miró a su costado y abrazó la almohada donde Gabriel había apoyado su cabeza. Todavía conservaba su olor a pinos del bosque, suspiró.
Se levantó, se dio una ducha, se puso el biquini, un short, una remera y salió de la habitación con una toalla en la mano en busca de alguien que haya despertado… o sea, él.
—¡Buen día! —saludó al salir a la galería.
Solo estaban Patricio y su tormento, conversando y tomando tereré .
Ambos la saludaron y se acercó a sentarse con ellos.
—¿Ya desayunaste? —preguntó Gabriel mirándola con intensidad, y recorriendo todo su cuerpo con los ojos.
—Creo que saltaré directo al almuerzo —anunció Kiara.
—No te lo recomiendo —dijo Patricio—, solo Dios sabe a qué hora que despertarán todos.
—Tienes razón, picaré algo… ¿y Luana?
—¿No conoces a tu amiga? Es una dormilona —comentó Patricio riendo.
—Bueno, déjala que aproveche, es fin de semana… trabaja como una burra todos los días, se lo merece.
—¡Por supuesto! No me estoy quejando, solo constato un hecho —respondió Patricio.
—Voy a la cocina… ¿necesitan algo? —preguntó Kiara. Los dos negaron con la cabeza— Bien, vuelvo enseguida.
Se sirvió jugo de naranja y preparó un sándwich de jamón y queso. Cuando estaba volviendo a la galería, escuchó un fragmento de la conversación de los dos hombres, y se quedó callada a un costado de las puertas vidrieras para oír sin ser vista.
—El expediente está parado, y no puedo cobrar a pesar de que el contrato está concluido y la obra acabada —dijo Gabriel.
—¿Por qué motivo? —preguntó Patricio.
—Al parecer se cambió el director del área de facturación, y me piden más dinero para repartir entre los nuevos. Yo me negué, los números no me cierran si tengo que regalarles más plata. Ya de por sí son ladrones de guantes blanco, imagínate lo injusto que sería si todo el trabajo que hice y todo el dinero que invertí para hacerlo fuera solo para que ellos se llenen los bolsillos.
—Así es el sector público, Gabriel. Ya deberías estar acostumbrado.
—Sí… y no. Mira, yo dejé de hacer obras para varias instituciones públicas por ese motivo, sobre todo las que dependen del Ministerio de Hacienda para el cobro. Pero con Itaipú  y Yacyretá nunca tuve problemas, sus desembolsos de dinero son independientes y pagan religiosamente un mes después de la finalización y entrega de la factura.
—¿Se lo comentaste a Kiara? Ella quizás podría ayudarte… conoce al director, es su asistente. De hecho, te la había presentado por ese motivo.
—Yo…
—¡Buen día, buen día, buen díiiia! —saludó Felipe entrando a la sala e interrumpiendo lo que estaba escuchando— ¿Qué haces aquí parada?
—Shhh —lo instó a bajar la voz—, estaba escuchando la conversación de Gabriel y Patricio.
—Mmmm, eso no se hace picarona —contestó acercándose.
—¿Ahh, si? ¿Sabes qué otra cosa no se hace? —preguntó apoyando un dedo en el pecho de Felipe y empujándolo hacia la cocina—. Follar a Armando estando Gabriel… ¡en la misma habitación! ¿Es que te volviste loco, pollita?
—Mierda, solo estábamos jugando… no follamos. Bueno, no hasta que Gabriel se fue —contestó riendo pícaramente— ¿No me digas que de eso están hablando los dos machotes? Me mueeeero…
—N-no… solo de trabajo.
—¡Aprovechaste? —preguntó sonriendo.
—¿Qué cosa? —contestó confundida.
—Que tu escurridizo amante platónico no tenía donde dormir… —y le guiñó un ojo.
—¡Lo planearon ustedes! —gritó, dándole un manotazo en la cabeza— Para que te enteres y te avergüences, anfitrión de cuarta categoría, el pobre hombre durmió en la hamaca muerto de calor y lo devoraron los mosquitos —mintió.
—¡O.M.G. ! Pensamos que iría a tu habitación. ¿Estás seguro que tu amigo tiene sangre en las venas? ¿No le corre agua por si acaso?
—Idiota —murmuró entre dientes. Dio media vuelta y se encaminó hacia la galería de nuevo.
Pero solo tomó su toalla, con el vaso en una mano y el sándwich en la otra, pasó de largo y caminó hacia el arroyo sin dar explicaciones.
Gabriel la miró extrañado, y se quedó callado viéndola contornear sus caderas hasta las piedras, dejó caer la toalla, terminó de comer su bocadillo, bebió del vaso y se desvistió. Acomodó la toalla en el pasto y se acostó. Aprovecharía el sol hasta el mediodía, cerró los ojos y ajena a la intensa mirada del ingeniero, se deleitó con los rayos del sol matutino.
Patricio sonrió al mirar a su amigo.
—¿Puedo preguntarte que mierda estás esperando? —interrogó, arriesgándose a que su amigo lo mandara al carajo.
—¿A qué te refieres? —preguntó confundido.
—A avanzar con Kiara, se nota que te gusta… y me atrevo a asegurar que es recíproco, a pesar de que nadie me lo dijo.
—¿Puedo preguntarte que estás esperando tú también? —retrucó sin contestarle— Estás loco de amor por tu mujer, y tampoco avanzas… ¿para cuándo los confites?
—Tocado —respondió riendo—. A ver… me tomó casi siete meses conseguir que saliéramos, después de otro año todavía no logro convencerla que viva conmigo, pero estoy en eso. Creo que si me das un par de años más… —dijo pensativo levantando los hombros—. Con Luana todo es paso a paso.
—Bueno, quizás ese «paso a paso» es lo que yo también necesito.
Patricio asintió, creyendo comprenderlo.
—¡Buen díiiia! —saludó Felipe sacudiéndose restos de migajas del sándwich que acababa de terminar— Espero que hayan dormido bien.
Los dos hombres correspondieron a su saludo.
—Voy a acompañar a Kiara —anunció el anfitrión, apresurado. No tenía el más mínimo deseo de tener una conversación con Gabriel, no sea que se le antojara sacarle en cara frente a Patricio lo que había pasado la noche anterior. Y con pasos gatunos, se dirigió hacia el arroyo.
Los demás fueron despertando poco a poco.
Ya eran más de las dos de la tarde cuando decidieron almorzar algo ligero. Pusieron en la mesa todo lo que habían llevado y cada uno se preparó su propio bocadillo con carne fría, pollo, huevo, jamón, queso, verduras o cualquier otra mezcla que quisieran, al plato o como sándwich. Había cerveza, jugos de todo tipo y sangría que había sobrado de la noche anterior.
Poco más de una hora después, estaban todos metidos en el arroyo, o tomando sol en la costa.
Kiara y Gabriel estaban acostados en el pasto, sobre sus toallas, uno al lado del otro, disfrutando del calor de la tarde y conversando.
—¿Te gustaría ir a la cascada? —preguntó él.
—Claro —respondió Kiara y se incorporó.
Gabriel la tomó de la mano para ayudarla a cruzar las rocas hasta llegar al arroyo, donde la soltó.
—Es un lugar precioso —dijo él caminando a su lado rumbo a los pequeños saltos naturales—, algún día me gustaría poder comprarme una casa en un sitio parecido. Y no tiene que ser tan grande como ésta.
—No deben ser caras.
—Probablemente no, pero dejaré el proyecto para el futuro, cuando sea más viejo y tenga tiempo de disfrutarla.
—Por supuesto, como ahora estás decrépito —dijo ella riendo.
—A veces me siento un anciano —respondió serio.
—¡Gabriel! ¿Qué dices? —Y se detuvo con las manos en la cintura— Solo tienes… ¿cuánto? ¿43, 44 años? —y se quedó pensativa al descubrir que no sabía su edad exacta.
—En realidad, tengo 41 años —dijo apretando los labios.
—Oh… eres menor que yo —y frunció el ceño—. ¿Cuándo es tu cumpleaños?
Gabriel sonrió.
—El mes que viene.
—¡¿Có-cómo?! No lo sabía… ¡tenemos que hacer una fiesta para festejarlo! —dijo riendo y saltando a su alrededor— ¡Síii… vamos a organizarlo!
—La verdad es que no me gusta festejar mi cumpleaños, Kiara… olvídalo.
—No, no, no… —respondió negando con la cabeza y levantando el dedo en signo de negación— no permitiré que ese día pase como si nada.
Y continuó caminando relatando todo lo que podían hacer: un asado en casa de Gabriel, salir a cenar y a bailar en grupo, una fogata en las playas de Sanber  con pirotecnia incluida, o quizás…
—Esta es una de las virtudes que más admiro en ti —dijo Gabriel interrumpiéndola.
—¿Cu-cuál? —preguntó descolocada.
—Tu alegría y ganas de vivir la vida, de disfrutar —se sentaron en las rocas, al borde de la cascada—. Siempre estás organizando actividades, rodeada de tus amigos, ajena a las miserias del mundo.
—Bueno, es como elegí vivir. Yo creo que la vida son elecciones —respondió poniéndose seria—, y tuve que tomar muchas. Por ejemplo, separarme de mi familia para vivir aquí, donde no tengo a nadie más que a mi hijo, que ahora tampoco está conmigo. Si no fuera por mis amigos, no sé qué sería de mí. Creo que quizás por eso trato de agasajarlos constantemente.
—Eres una mujer maravillosa —dijo mirándola fijamente—, además de hermosa.
—No me considero hermosa para nada, quizás "vistosa" se ajuste más a mí —contestó sonriendo—, pero gracias por el piropo.
Kiara bajó la vista, porque su mirada la ponía nerviosa. Y tenerlo tan cerca y no poder tocarlo estaba consumiéndola de deseo. Si fuera otro tipo de hombre, más informal y que le gustara menos quizás ella misma ya hubiera dado el primer paso, pero con Gabriel no podía, sentía que se paralizaba. Deseaba que fuera él quien avanzara, necesitaba saber que ella le gustaba de la misma forma antes de que ocurriera algo. No quería echar a perder las cosas.
—La belleza depende del ojo del observador —dijo él tomando un mechón de su pelo y ubicándolo detrás de su oreja—, para mí lo eres, por dentro y por fuera. Además de increíblemente sexi —y ladeó los labios simulando una sonrisa.
—Nunca me habías dicho tantas cosas lindas juntas —el corazón de Kiara empezó a latir descontrolado, porque él estaba muy cerca, sus muslos casi se rozaban, y parecía que cada vez se acercaba más.
—Quizás debería hacerlo más a menudo, para que no te quepa ninguna duda —dijo con una voz tan dulce y aterciopelada, que sus entrañas se encogieron de la emoción.
Todo desapareció alrededor, ni el sol, ni la brisa, ni los sonidos de los pájaros, ni el agua de la cascada salpicándoles… nada era importante, nada parecía interponerse entre ellos, solo una pequeña distancia… que cada vez se acortaba más. Él la miraba fijamente, ella no apartó la vista. Hasta que…
—¡Allí están! —gritó Almudena corriendo hacia ellos seguida por el grupo en pleno, algunos en el arroyo, otros en la costa.
La magia desapareció de repente, dejándolos aturdidos.
Kiara bajó la vista y suspiró, apenas podía respirar. Gabriel cerró los ojos y se recostó contra las rocas para que el agua de la cascada se deslizara por su cuerpo y calmara sus sentidos.
—Les odio con toda mi alma —le dijo Kiara a Luana cuando se sentó a su lado. Gabriel ya estaba dentro del agua con Patricio.
—¿Interrumpimos algo? —preguntó con cara de carnero degollado.
—Estaba a punto de besarme, estoy segura —contestó enojada.
—Lo sieeento. Pero ya habrá otras oportunidades, nena —dijo apretándole el muslo en señal de apoyo.
Ésta era perfecta, pensó Kiara.

Continuará...

Te amo, pero... (Capítulo 04)

LA PRIMERA OPORTUNIDAD

Hablar con Luana le había hecho muy bien, estaba más relajada, y eso se notaba. Gabriel ya no volvió a tomarla de la mano o abrazarla, pero no le importó. Le daría tiempo y se tomaría el tiempo necesario para conocerlo mejor, algo que en realidad nunca había hecho con nadie.
Fue una noche mágica, pusieron las sillas a la intemperie en el jardín de la casa y mientras conversaban y reían, asaron costillas de ternera y papas envueltas en papel de aluminio a la parrilla.
Cuando todo estuvo listo, se sentaron en el enorme tablón de madera en la galería y devoraron todo con entusiasmo. Las costillas estaban deliciosas y las comieron con la mano, chupando el hueso y embadurnándose las caras y las manos, riendo. Las papas las abrieron por la mitad, y las untaron con mantequilla, sal, queso rallado y tocino.
—¡Santo cielo! Todo estuvo delicioso —dijo Patricio pasando las manos por su estómago.
—Me parece que estás engordando, mi amor —dijo Luana tocando su mano.
Y Patricio infló la panza, mientras los demás reían.
A continuación trajeron la torta y le cantaron "Feliz Cumpleaños" al homenajeado. En ese momento Lisette y Alfredo –que habían venido para la cena–, se despidieron y volvieron a Asunción. Almudena había llevado su guitarra, e hicieron una peña muy divertida más tarde.
Estuvieron despiertos y disfrutando de la noche estrellada hasta cerca de las dos de la mañana, cuando Luana y Patricio decidieron ser los primeros en retirarse a su habitación.
Un cuarto de hora después, Kiara bostezó, tapándose la boca. Gabriel, que no se había movido de su lado en toda la noche, la miró y sonrió.
—¿Tienes sueño?
—Mmmm, estoy un poco cansada, pero no tengo sueño.
Él levantó su mano y con el dedo le acomodó detrás de la oreja un mechón de su cabello que había caído de la cola de caballo que llevaba. Kiara suspiró al sentir su ligero toque y todos los sentimientos que tenía pensado reprimir por un tiempo, volvieron.
—¿Cuál es tu color preferido, Gabriel? —lo interrogó.
—Me gusta el azul para la mayoría de las cosas… ¿por qué? —preguntó extrañado.
—Simple curiosidad —contestó encogiéndose de hombros— ¿prefieres los perros o los gatos?
—No me gustan los gatos y… tengo un perro, Kiara.
—¿Lo tienes? ¿Cómo se llama? ¿Qué raza es? ¿Qué color? —el torrente de preguntas salió disparada de su boca, sorprendida por no saber nada de eso.
—Lo llamo Motitas, como apodo, pero su nombre real en el Kennel  es Matheo III y es un dálmata de diez meses, obviamente es blanco con manchas negras.
¡Santo cielo! Había muchas cosas que no sabía de él…
—¿Dónde vives? —preguntó sorprendida.
—Tengo una casa cerca del Centro Paraguayo-Japonés, en el barrio Mburucuyá… ¿no sabías eso?
—Increíblemente… no —aceptó frunciendo el ceño—. ¿Vives solo?
—Sí y no… tengo un secretario que vive en las dependencias de servicio, sobre el garaje, se llama Paulino y es mi mano derecha. Y una señora con retiro se encarga de la limpieza y me cocina de lunes a viernes. Me gustaría mucho que conocieras mi casa, Kiara… y a Motitas, cuando quieras.
—Me encantaría… —contestó sonriendo—. Hay tantas cosas que no sabemos el uno del otro.
—Y siempre será así… uno nunca termina de conocer a una persona, aun después de años puedes llegar a descubrir cosas que te sorprenden.
—Eso es cierto… ¿lo dices por…?
—¡Me muero de sueño! —No pudo terminar la frase, fueron interrumpidos por Armando que casi los traga con su bostezo.
Todos decidieron que era hora de dormir.
—¿Tú estás cansado? —preguntó Kiara.
—Sí, bastante. Hoy madrugué para fiscalizar un trabajo y poder buscarte a tiempo.
—Bien, a la cama entonces —dijo levantándose.
Cuando llegaron al interior de la casa, se despidieron en el pasillo.
—Que descanses, Kiara —dijo él acercándose y dándole dos besos en las mejillas.
—Tú también, Gabriel.
Y se separaron, cada uno rumbo a su habitación.


Kiara intentaba dormir, pero no podía.
Daba vueltas y vueltas en la cama y era imposible, estaba cansada, pero no tenía sueño. Y no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido ese día, tampoco podía dejar de fantasear con las manos de Gabriel sobre su cuerpo.
Se levantó, se puso el salto de cama a juego con su camisón de satén color ocre, y fue hasta la cocina a tomar agua. Antes de encender la luz se quedó rígida en la puerta, porque desde el ventanal que daba a la galería divisó un movimiento en la hamaca.
Se acercó a la ventana y observó. Había luna llena, por lo que fue muy fácil identificar quien era. Se dirigió hacia la galería y llegó hasta donde estaba colgada la hamaca.
—Gabriel… ¿qué haces? —preguntó con el ceño fruncido.
—Eh… creo que… que prefiero dormir aquí —contestó sorprendido de verla.
—¿Estás loco? Primero: te vas a asar de calor, y segundo: los mosquitos van a devorarte… ve a la habitación, todas tienen aire acondicionado. ¿La tuya no?
Gabriel se sentó en la hamaca y ella vio que llevaba el mismo short y remera que tenía puesto en la cena.
—Sí, tiene… pero no voy a volver allí, Kiara.
—¿Por qué no? ¿Pasó algo?
—En realidad sí —dijo casi sonriendo—, y no quiero ser partícipe de eso, te lo aseguro, ni siquiera como mirón.
—Por favor, habla claro… no entiendo.
—Tus amigos… eh, yo… —se pasó la mano por el cabello, parecía un poco nervioso—. Te aseguro que yo no tengo ningún prejuicio, Kiara. Con respecto a la homosexualidad, me refiero. Pero tus amigos… bueno, estaban haciendo algo raro en la cama… y yo… yo no soy voyerista, y menos aún si son hombres.
Kiara rió a carcajadas.
—Shhhh, silencio —dijo él llevando el dedo a la boca.
—No te puedo creer —contestó ella todavía riendo.
—Créelo, no voy a volver allí aunque me paguen.
—No puedes dormir aquí, Gabriel, por los motivos que ya te dije.
—No me queda otra… además, estoy acostumbrado… los sitios de obras no son precisamente hoteles cinco estrellas. Vete a la cama, Kiara. No te preocupes por mí.
—No voy a permitirlo, vas a tener que dormir en mi habitación, ven… —y le tendió la mano.
—¿Cuánto bebiste esta noche? —preguntó él sonriendo.
—Tomé bastante, pero te aseguro que no estoy borracha. Ven, Gabriel… —y movió su mano frente a él— la cama es grande, ni siquiera sentirás que estoy allí.
—¿No soy yo el que debe tranquilizarte al respecto? —preguntó tomando su mano.
—Estoy en el papel de madre abnegada que no quiere que su pequeño hijo amanezca devorado por los mosquitos —dijo llevándolo de la mano hasta la habitación—, deja de quejarte.
—Sí, mami —contestó sonriendo y entrando—. Mmmm, que fresco hace aquí.
—Bueno… creo que esto va a ser un poco incómodo —dijo Kiara suspirando.
—No me voy a aprovechar de tu generosidad, Kiara, te lo aseguro —contestó parado al lado de la cama, muy serio.
Por favor, hazlo… pensó ella. Por supuesto, no lo dijo.
—Me parece bien, así nadie podrá acusarte de no cumplir con tu deber —contestó risueña desde el otro lado del colchón.
—¿Te estás burlando de mí? —preguntó sonriendo.
—Solo de la situación, Gabriel —contestó llevando las manos al cinturón de su bata—. Quizás sea mejor que… bueno, lo hagamos y ya.
—¿Qu-qué cosa?
—Acostarnos y darnos la espalda, por supuesto… ¿qué pensaste? —y se sacó la bata.
Gabriel asintió y suspiró.
Estaba preciosa con su camisón de satén, la suave tela caía sobre ella como una segunda piel, los pequeños tirantes sostenían sus firmes pechos y los pezones sobresalían bajo la tela como invitándolo a saborearlos. Podía ver sus torneadas piernas desde la mitad de sus muslos hacia abajo.
¡Por Dios Santo! La había visto menos cubierta en el arroyo… ¿por qué ahora era diferente? Su camisón ni siquiera era transparente… pero se veía tan suave, como su piel… y sus pezones… sus muslos…
Si lograba deslizar las manos por sus piernas, probablemente se diera cuenta que estaba desnuda debajo, y podría tocarla, olerla, zambullirse en esa gruta deliciosa que proclamaba ser besada.
Volteó y se sentó en la cama para que ella no se percatara de la incipiente erección que asomaba en sus pantalones cortos. Se quitó las zapatillas… ¿qué más debería sacarse? Nada.
Esta será una dura prueba, pensó. Pero tenía claro que ella solo lo había invitado a su cama debido al calor y los mosquitos… ¿le había dado otra señal? La respuesta era «No». Había permitido que la abrazara hoy, y se sintió fabuloso… pero solo fue para posar en la foto, pensó. Las pocas veces que habían estado tan cerca como para que ocurriera algo, ella se había sobresaltado o incluso huido.
Giró la cara para mirarla, y la vio tendida de espaldas a él.
¡Mierda! Su camisón dejaba casi toda su espalda descubierta y uno de los tirantes se había deslizado por su brazo. Si solo pudiera deslizar sus labios por su piel y acariciarla. Gimió suavemente y cerró los ojos. Estaba duro como una roca, quizás fuera mejor que lo devoraran los mosquitos, porque ésta era una peor tortura.
Se deslizó bajo las sábanas.
—¿Puedo apagar la luz? —preguntó Kiara volteando la cara, totalmente ajena a sus oscuros pensamientos.
—S-sí, por favor —contestó con un tono de voz más grave que lo usual.
—Que descanses, Gabriel.
—Tú también, Kiara… gracias —logró decir entrecortado.
Y los dos se pusieron de espaldas el uno al otro.


Estaba amaneciendo, y Gabriel apenas podía dormir. Se sentía cansado, malhumorado y entumecido, ya que toda la noche evitó moverse para no despertarla. Volteó y la miró.
¡Se veía tan tranquila y dormía tan apaciblemente!
Suspiró y con el pie estiró suavemente la sábana hacia abajo, la cual se deslizó hasta la cintura de Kiara. Mordió su labio inferior para no gritar de frustración. Estaba de frente a él, y por la posición de su brazo, sus senos se habían juntado, podía ver el profundo canal que se había formado entre ellos, y las copas redondeadas… un poco más y podría haber visto sus pezones, la tela de su camisón estaba en el límite.
Gruñó y se levantó, tratando de hacer el menor ruido posible.
Fue hasta el baño, se desvistió y se metió a la ducha… helada. Apoyó sus manos sobre la pared azulejada y dejó que el agua enfriara sus pensamientos.
¿Qué mierda estaba haciendo? No era un adolescente, podía ir despacio, no tenía que abalanzarse sobre ella solo porque le pareciera increíblemente sexi. Se había prometido a sí mismo que cambiaría de actitud, que iba a conocer a una buena mujer como ella, de su generación y tendría una relación sana y normal, y lo estaba logrando. Pero era extremadamente duro reprimir los sentimientos que tenía.
Se la imaginaba con él bajo un chorro de agua más templado, restregándose contra su cuerpo y hervía de anticipación, deslizó la mano y se acarició. Estaba a punto de explotar, y si no se aliviaba, sería un tormento durante todo el día.
Fantaseó que sus manos acariciándose eran los labios de Kiara arrodillada frente a él, esa dulce boca deliciosa lamiéndolo y chupándolo como se imaginaba que era capaz de hacerlo.
Pasando la lengua por la aterciopelada punta, luego tomándolo en su mano, abarcándolo por completo y sintiendo su dureza, ¡Santo Cielos! La sola idea era tan poderosa que en ese punto, se movió inquieto contra su propia mano, imaginándola besando la punta de su miembro con reverencia, mientras acariciaba el resto. Gimió de nuevo y su pene se sacudió en sus manos, mientras ella seguía chupándolo suavemente al principio, con más ímpetu después.
—Continúa, por favor… chúpame, toma todo de mi —dijo susurrando, absorto en su fantasía.
Ella lo complació, llevó las manos a sus nalgas, para apretarlo más contra su boca, y recurrió a todos sus conocimientos para llevarlo hasta la cima del éxtasis: cuando presionar, cuando provocarlo con la lengua, cuando acariciarlo con los dientes. Escuchaba a su cuerpo por sobre todas las cosas, sus temblores le decían lo que más le agradaba, sus gemidos la impulsaban a ser más creativa, su mano cada vez más apretada contra su cabeza la guiaba, la tensión de sus muslos y el movimiento de sus caderas le indicaban lo próximo que estaba al clímax.
Luego de un par de hipotéticas embestidas más de boca, hasta casi lo profundo de su garganta, Gabriel sintió cuando el éxtasis lo envolvió y expulsó su simiente inundando la imaginaria boca de Kiara, y ella bebió de él hasta la última gota, dejándolo rendido y satisfecho.
—¡Oh, Kiara! Me llevarás a la locura si no te tengo —gimió en voz baja, apoyando su antebrazo en la pared y su frente encima.
Una vez que los estremecimientos remitieron, ya relajado, se enjabonó, terminó de ducharse, se secó y volvió a ponerse la misma ropa metiendo el bóxer en el bolsillo de su short.
Esperaba que los dos amigos de Kiara estuvieran todavía durmiendo para poder sacar su bolso de la habitación y cambiarse.
Salió del baño, y… ¡oh, mierda!
Kiara seguía dormida, pero la sábana se había deslizado completamente de su cuerpo y el camisón se había arremolinado en su cintura, estaba de costado y podía ver su hermoso trasero cubierto solo por una minúscula braga en juego, y sus largas piernas semi abiertas.
¡Demonios! Salió pitando de allí sin mirar atrás.

Continuará...

Te amo, pero... (Capítulo 03)

TÓCAME... O EXPLOTO

Kiara estaba muy callada, no había dicho más de dos palabras en todo el viaje hacia Piribebuy. Gabriel estaba intrigado por su reserva.
—Ya casi estamos llegando —dijo para romper el incómodo silencio— ¿Sabes cómo ubicar la casa?
—Sí, esta es la tercera vez que vengo. De todas formas, tengo el plano que nos pasó Felipe —contestó mirando el paisaje.
—Pareces nerviosa, Kiara.
Recién ahí volteó la cara para mirarlo, por supuesto, él no podía hacerlo, tenía la vista fija en la ruta.
—Nooo… no lo estoy —aseguró, mintiendo.
—Si lo que te preocupa es que aproveche la confusión que tiene tu amigo con respecto a nosotros para intentar meterme en tu cama, te aseguro que me arreglaré perfectamente en el dormitorio designado para los hombres. Yo no tengo dramas, dormiré en cualquier lado —y la miró brevemente—. Quédate tranquila.
¡Mierda! No era ese motivo por el que estaba nerviosa, sino todo lo contrario: ansiaba que durmiera con ella, y temblaba de expectación. Ahora… él acababa de darle una bofetada con su comentario.
Ya no estaba nerviosa, sino enferma de cólera.
—Dobla a la izquierda —dijo sin responderle. Y empezó a darle indicaciones de cómo llegar a la casa, haciendo caso omiso de su comentario, como si nunca le hubiera dicho nada al respecto.
Cuando llegaron, ya era cerca del mediodía y la mayoría de los invitados estaban allí, enfrascados cada uno en una tarea específica designada por el anfitrión. Solo faltaban Luana y Patricio, que según se enteraron, se retrasarían porque Luana tenía liquidación de personal en la obra esa mañana.
El único que no podría acudir era uno de los varones del trío buraquero, porque había fallecido el hermano de su madre esa madrugada y tenía que asistir al velorio y entierro posterior. Por lo tanto, serían las tres mujeres, los dos varones y las dos parejas. También Lisette y su novio acudirían a la cena esa noche, pero volverían a Asunción porque Alfredo, su novio, tenía el bautismo de su nieta al día siguiente a la mañana.
—¡Felicidades, Felipe! —dijo Kiara con alegría. Lo abrazó muy cariñosamente y le entregó una bolsa— Tu regalo, de parte mía y de Gabriel.
—¡Gracias mi viiiida! —respondió abrazándola también— Y a ti, Gabriel.
Kiara sonrió y lo miró solapadamente, se notaba sorprendido por el hecho de haber incorporado su nombre en el obsequio. Al instante cambió su expresión… a ninguna, como siempre.
—Espero que no te importe que te haya incluido —le dijo Kiara en voz baja, solo para que él lo escuchara—, vi que no trajiste un regalo, así que… pensé…
—Te agradezco, Kiara —la interrumpió—. Fue un gesto muy amable de tu parte, y un pésimo comportamiento por parte mía. Ni siquiera pensé en eso, me gustaría pagarte la mitad del precio del regalo.
—No digas tontería, Gabriel —dijo restándole importancia—. Gastas demasiado en mí, es lo menos que puedo hacer.
—¿Gasto demasiado? —preguntó confundido— Kiara, por favor… es un placer para mí invitarte.
Siempre tan educado, siempre tan frío, pensó ella suspirando.
Agradeció con una sonrisa, y procedió a ayudar al anfitrión a ventilar la casa, que había estado cerrada por más de un mes. Una vez que abrieron puertas y ventanas, airearon todo y cada uno estuvo ubicado en su respectiva habitación, pusieron sobre la mesa los víveres que habían llevado y procedieron a almorzar informalmente.
Cuando terminaron, Kiara fue hasta su habitación y se cambió. Se puso el biquini más sugestivo que tenía y un pareo a juego hecho con redecillas, en el cual se podía visualizar su delgada figura debajo.
Se miró al espejo, se acomodó el biquini de modo a que sus pechos se juntaran y parecieran más plenos y observó el resultado. Ya no era una jovencita, pero por suerte siempre fue delgada y todavía tenía todo en su lugar. Giró y miró su trasero. Frunció el ceño, no era lo mejor que tenía. Lo levantó un poco con las manos y lo dejó caer de nuevo. Sonrió irónica.
Bueno, es lo que hay… si le gusta, bienvenido. Si no, lo siento mucho, es lo que puedo ofrecerle, pensó haciendo una mueca.
Tomó su bolso de playa, la toalla y fue hasta donde estaban los demás.
—¡Al agua, niños! —anunció despertando a los que estaban descansado en la galería de la casa, que daba directamente hacia una playa llena de piedras y al arroyo cristalino que corría frente a ellos a unos veinte metros de la propiedad.
Les tomó un rato a todos prepararse para bajar al arroyo, Gabriel y ella se adelantaron.
—Esto es un paraíso —afirmó él cuando cruzaron el jardín y llegaron al borde de las piedras. Se sacó rápidamente la remera y suspiró.
—Sí, yo me sorprendo cada vez que vengo, como si fuera la primera vez —dijo Kiara dejando caer en el pasto su salida de baño, el bolso y la toalla, aspirando el aire puro, cerrando los ojos y levantando la cara hacia el sol.
Estaba tan concentrada en sentir la brisa correr por su rostro, en absorber los rayos solares, que en un primer momento no se percató que una mano tomaba la suya con delicadeza.
De repente, como un rayo, fue consciente de su agarre, y lo miró.
—Permíteme ayudarte, las rocas se ven peligrosas —dijo Gabriel suavemente, y apretó su mano—. No quisiera que resbalaras y cayeras.
Kiara sonrió asintiendo, y correspondió a su agarre, maravillándose de que un toque tan inocente pudiera producirle semejante torrente de emociones. Justamente a ella, que para satisfacer su lívido normalmente necesitaba una dosis extra de seducción y un juego amoroso fuerte e intenso.
¡Demonios! Solo le estaba tomando de la mano y ya se sentía desfallecer y ardía por dentro. Si seguía así, duplicaría el torrente de agua del arroyo con el flujo que sentía en su entrepierna.
Se dejó llevar, maravillada al ver sus manos entrelazadas por primera vez.
Caminaron a lo largo del arroyo, que en ciertos lugares solo les llegaba al tobillo, y en otros más profundos, no sobrepasaba de la rodilla. Lo árboles los rodeaban, hasta que llegaron a un claro donde había una pequeña cascada de rocas y el agua se hacía más profunda.
Se zambulleron y jugaron como adolescentes, hasta que ella se sentó en las rocas y dejó que el agua de la pequeña cascada hiciera su magia en la espalda.
—Esto es mejor que un jacuzzi —afirmó riendo.
Gabriel se sentó a su lado, imitándola y gritó de júbilo:
—¡Guauuu! Es genial.
—Nunca te vi tan relajado —aceptó Kiara sonriendo, mirándolo sorprendida.
—Es que nunca me trajiste a un jacuzzi natural —y sonrió.
—Hasta estás sonriendo, no es algo usual en ti.
—Quizás de un tiempo a esta parte no tuve muchos motivos para sonreír, Kiara… hasta ahora.
—¿Fue muy duro? —preguntó, y al instante se arrepintió.
Él la miró y dejó de sonreír.
—¿Tú qué crees? —respondió suspirando.
—Oh, Gabriel… olvida mi pregunta, por favor —pidió desesperada—. Estabas tan relajado y feliz y lo eché todo a perder.
Nunca habían hablado de la muerte de su esposa, ella nunca se atrevió a tocar un tema tan privado y triste. Y él tampoco le había dicho nada al respecto.
—Tranquila, Kiara… estoy feliz de todas formas, ya dejé el pasado atrás. Imposible no disfrutar de este lugar maravilloso, gracias por todo.
—Yo no hice nada, fue Felipe el que te invitó.
—No me hubiera invitado si no pensara que estamos saliendo juntos.
¿Y lo estamos haciendo? Quiso preguntarle, pero…
—¡Foto, fooooto! —gritó Luana, quien venía corriendo por la orilla seguida por Patricio.
—¡Por fin llegaste! —dijo Kiara riendo.
—Síii, se nos hizo re tarde… a ver, chicos… ¡quiero una pose sexi!
Las intenciones de Luana eran obvias para ella, y Kiara lo aprovechó.
Se apoyó descaradamente en el torso de Gabriel, de espaldas. Y él volvió a sorprenderla: la tomó de ambas manos y las cruzó sobre su cintura, abrazándola.
Clic. Clic.
—Traje cerveza helada, Gabriel —anunció Patricio.
—¡Bendición, estoy muerto de sed! —dijo soltándola suavemente, le guiñó un ojo a Kiara y se acercó a la orilla.
Ella apenas podía moverse, se sentía como gelatina.
Luana se acercó riendo.
—Me abrazó… ¿viste? —preguntó Kiara sorprendida y en voz bajita.
—No soy ciega, idiota —dijo a carcajadas.
—Y me tomó de la mano todo el trayecto desde la casa hasta aquí… no puedo creerlo, Lua.
—Me parece perfecto, nena.
—¿Tú crees que…? —hizo una mueca extraña— Ya sabes, esta noche…
—Kiara… ¿por qué te apuras tanto?
—¿A qué te refieres?
—Solo hace poco más de un par de meses que lo conoces… ¿alguna vez tuviste una relación en la que llegaste a conocer realmente a la persona antes de conocer el funcionamiento de su miembro?
Kiara se quedó seria… pensando.
—Me casé con uno…
—Bien, eso no te lo discuto. Pero eras casi una niña en esa época, era normal. Luego de separarte fui testigo de todas tus relaciones, y aparte de tu ex marido no recuerdo una sola en la que tardaras más de dos citas en pasar a la acción… ¿Qué sabes realmente de Gabriel?
—Santo cielo… sé su vida, obra y milagros… nos pasamos hablando. No hacemos otra cosa.
—¿Sabes cuál es su color favorito? —Kiara frunció el ceño.
—¿Le gustan los perros o los gatos? ¿Gelatina o crème brûlée? ¿Conoces a su familia? —Kiara se puso seria.
—¿Tiene hijos? —ella negó con la cabeza.
—¿Cómo murió su esposa? ¿La ama todavía? ¿Estás segura que eres la indicada o solo una transición en su vida? —la miró interrogante.
—Basta, Lua… entendí el punto —dijo Kiara—. Tú sabes algo que yo no sé… suelta el rollo, amiga.
—No sé nada, Kiara… y Patricio tampoco, ya le pregunté. Si bien son amigos, Gabriel es muy reservado. Solo son preguntas que me hago, y creo que tú deberías averiguar antes de meterte en esta relación, o en cualquier relación. Me preocupa verte tan entusiasmada, hace mucho que no te siento así, y no quiero que cometas otro error… nada más.
—¿Tú que sabías de Patricio?
—El ataque es la mejor defensa —dijo Luana sonriendo—. Lo nuestro no tiene punto de comparación, Kiara… tú deseas que esta relación funcione, yo huía de Patricio. Y por supuesto que lo conocía, nos hicimos amigos antes de pasar a la acción. Le costó siete meses lograr que me acostara con él… ¿recuerdas? No compares…
—Quizás tienes razón —dijo pensativa—. Voy a relajarme. Si ocurre, bienvenido sea, si no… no voy a desesperar.
Luana asintió, aunque dudaba que le hiciera caso.

Continuará...

Te amo, pero... (Capítulo 02)

EL INICIO DE LA HISTORIA

Seis meses antes…

Kiara y Gabriel se conocieron en un asado que hizo Patricio, el novio de Luana, en su casa de Surubi-î  con motivo de la finalización de un proyecto edilicio que había realizado con Luana.
Él era ingeniero civil, y tenía una empresa que se dedicaba a hacer rutas, puentes o cualquier estructura de envergadura, generalmente como contratista del estado. Estaban conversando con Patricio sobre sus respectivos trabajos, cuando Gabriel le contó que necesitaba un contacto en Yacyretá  que le diera informes sobre las licitaciones públicas y que tuviera acceso al director.
—Creo que puedo ayudarte con eso —dijo Patricio, y llamó a Kiara.
Una vez que los presentó, los dejó solos para que pudieran conversar, ajeno totalmente a la atracción que surgió entre ellos al instante de conocerse.
—Un placer conocerte, Kiara… ¿te gustaría tomar algo?
—Estoy bebiendo caipirinha —y levantó la copa casi vacía.
—Creo que ese vaso hay que llenarlo de nuevo —y la acompañó hasta la mesa donde estaban las bebidas.
Con eficacia, derramó el resto de limón que tenía el vaso en el basurero, volvió a llenárselo, le puso más hielo, un posavasos con una servilleta y se lo entregó, mirándola fijamente y rozando sus dedos en el proceso.
Kiara se estremeció y bajó la vista a la bebida, sintiendo que le faltaba el aire. Desde que se había separado de su marido, hacía más de diez años, nunca sintió una atracción tan fuerte por un hombre. Había tenido un par de novios durante todo ese tiempo, y muchos más ligues ocasionales. Pero nunca una sola mirada o un pequeño toque le habían causado esa convulsión estomacal.
Y supo en ese mismo instante, sin lugar a dudas, que él sería el siguiente en su cama.
—Cuéntame, Kiara… ¿qué haces diariamente? —preguntó Gabriel.
—Trabajo en Yacyretá como asistente del director general, como ya te contó Patricio.
—Pero esa es solo una partecita de tu vida…
—Ahora ando bastante desocupada, mi hijo fue a hacer unos cursos en el extranjero y estoy con el "síndrome del nido vacío". Tiene 22 años y sigue los pasos de su padre, que es abogado. Así que, como verás… no tengo mucho que hacer.
—Tomas sol, por lo que me he dado cuenta.
A Kiara le encantaba tomar sol, y siempre estaba bronceada.
—¡Sí! Adoro el sol, podría estar toda una tarde tirada en la playa como si fuera un cangrejo. Me refiero… a las playas del Uruguay, soy uruguaya de nacimiento y acabo de volver de allí, fui a pasar Navidad y año nuevo con mi madre, mi abuela, mi hermana y su familia.
—¡Qué bien! ¿Dónde exactamente?
—Mi madre tiene una casa de veraneo en La Floresta… ¿la conoces?
—¿Al lado de Costa Azul?
—Sí, es el balneario adyacente. Solo nos separa un puente.
—Lo conozco perfectamente, tengo un amigo uruguayo que tiene una casa de fin de semana en Costa Azul, fui un par de veces a pasar mis vacaciones allí… hace bastante tiempo —contestó pensativo.
—¿No será Jorge Zarategui? —preguntó en broma.
—Síii… es él —contestó sorprendido—, ¿lo conoces?
—No puedo creerlo, que pequeño es el mundo. Sí, claro que lo conozco. Es muy amigo de mi ex esposo, abogado como él, y solíamos frecuentarnos cuando íbamos de vacaciones, incluso lo vi este verano cuando estuve allí.
—Es increíble —y empezaron a recordar anécdotas pasadas con ese amigo en común, por supuesto, esos relatos incluían a sus respectivas ex parejas.
—¿Te llevas bien con tu ex? —preguntó Gabriel.
—Muy bien, tenemos una relación excelente —contestó Kiara sonriendo—, a pesar de todo lo que pasamos hasta llegar al divorcio, siempre hubo mucho respeto entre nosotros.
—Me alegro, eso es muy bueno… sobre todo para tu hijo.
—Sí, es cierto. ¿Y tú, qué tal te llevas con tu ex?
—Yo soy viudo, Kiara. —Y con cierta amargura en su voz, continuó—: No elegí separarme de ella.
—Lo siento mucho —contestó un poco desorientada. No por la situación, ajena a ella, sino por la tristeza que sintió en sus palabras.
—Ya pasó bastante tiempo, estoy recuperado.
—¿Cú-cúanto? —preguntó dudando.
—Más de tres años —y cambió de tema inmediatamente, como dando por terminada esa conversación—. Pero dime… ¿estás saliendo con alguien en especial?
—Mmmm, no.
—¿Te gusta salir a la noche?
—Me encanta, cualquier actividad que me haga escapar de la soledad de mi casa es bienvenida.
—Ya que ambos estamos solos… ¿aceptarías salir conmigo alguna vez?
Kiara sonrió complacida y sorprendida. Nadie le había hecho nunca una pregunta similar, simplemente la llamaban y la invitaban… ¡qué hombre tan ceremonioso! Pensó. Si le pidieran dos adjetivos para definirlo a primera vista serían: serio y formal.
—Claro que sí, Gabriel. Con mucho gusto —respondió.
Y él hizo una mueca, se diría que fue un amago de sonrisa.

A partir de ese momento salieron casi todos los fines de semana, y hablaban constantemente por teléfono, celular, o se enviaban mensajes de texto.
Primero fue una cita a cenar, donde hablaron y se conocieron mucho más, a solas. A esa salida le siguieron otras, en las que Kiara fue introduciéndolo en su grupo de amigos paulatinamente. Una reunión en casa de uno, un asado en casa de otro, una salida al cine o más invitaciones a cenar. Incluso alguna que otra vez habían ido a bailar.
Kiara era una mujer muy sensual, se había casado porque se quedó embarazada de su hijo cuando apenas tenía 19 años. Su matrimonio nunca fue convencional, y a pesar de que su marido, horas después de haber parido le dijo claramente que no quería seguir casado, su matrimonio duró más de diez años… insólito, pero cierto.
Él la acostumbró a ciertas cosas que si bien no son anómalas, normalmente son prácticas inusuales para un matrimonio común. Y le costó mucho tiempo adaptarse luego del divorcio, ya que todos los hombres que conocía se limitaban a juegos convencionales que la dejaban insatisfecha.
Una vez habían hablado de eso con Lisette, respecto a Gabriel:
—¿Crees que él, siendo tan serio y juicioso, podrá complacerte, amiga? Sabemos que tu naturaleza es muy… mmmm, fogosa, por decirlo de alguna forma.
—No lo sé, nena… no es un tema que surja fácilmente, menos con él, que ni siquiera me ha tocado todavía. Creo que no me queda otra que comprobarlo en la práctica, pero la espera se está haciendo insoportable.
—Realmente no lo comprendo… ¿le diste alguna señal?
—¿Qué tipo de señales? Sabes bien que no soy muy demostrativa a menos que esté en posición horizontal. Pero, por Dios… jamás he rehusado salir con él. ¿No es esa una señal suficiente?
Lisette encogió los hombros.
—El sábado fuimos a comer pizza —continuó Kiara—, y cuando volvíamos hacia el auto, tropecé. Gabriel reaccionó rápido… y cuando me sostuvo para que no cayera, me tocó un pecho sin querer. ¡Se disculpó en veinte idiomas! ¿Puedes creerlo? Yo hubiera querido caer sobre su mano diez veces más…
Rieron a carcajadas por la ocurrencia, pero siguieron sin respuestas.
Normalmente la invitaba a cenar, pero a veces él iba a su casa y ella preparaba la cena en compensación, porque nunca la dejaba pagar. Tampoco se esmeraba demasiado para evitar que Gabriel pagara las cuentas, no estaba acostumbrada a otra cosa, pero tenía esos detalles de vez en cuando, cuando creía que era demasiado lo que estaba invirtiendo en ella sin recibir nada a cambio, ni siquiera un beso… pero bueno, era culpa de él, se justificaba.
La única vez que estuvieron tan cerca como para llegar a tocarse, fue cuando Kiara se había quedado dormida en el sofá de su casa viendo un dvd. Gabriel estaba a su lado, quieto, esperando que despertara, y ella tenía apoyada la cabeza en su hombro sin darse cuenta.
De repente, hubo un tiroteo en la película y Kiara despertó asustada, él la miró fijamente, con sus caras a escasos centímetros una de la otra. Pero al ver donde estaba apoyada, se levantó del sofá inmediatamente, y disculpándose fue hasta la cocina. Dio vuelta alrededor de la mesada del desayunador maldiciendo por su estupidez. Se hubiera quedado apoyada, y como tontita hubiera batido las pestañas somnolienta para seducirlo, pero no… la muy idiota salió huyendo despavorida. ¡Imbécil, imbécil! Se dijo a sí misma.
Al volver, trajo helado de postre, y no volvió a tocar el tema. Él tampoco lo hizo, como si no hubiera ocurrido nada, algo que realmente ocurrió: nada.
Habían pasado casi tres meses desde que se conocieron, y Kiara estaba desilusionada y expectante, pero igual seguía con su vida normal, tratando de entender qué es lo que estaba pasando entre ellos.

—¡Buraco ! —gritó Luana deshaciéndose de todas sus cartas sobre la mesa.
—¡Mierda! —bufó Kiara tirando su mazo a un costado.
—¡Somos invencibles! —dijo Almudena levantando las manos para festejar el triunfo. Luana se incorporó y chocó las palmas con ella, riendo.
Armando, que hacía pareja con Kiara, se quedó sentado cruzando los brazos y maldiciendo en voz baja.
Era un grupo muy bochinchero, que algunos domingos jugaban a las cartas en casa de Kiara. Se habían formado dos mesas y los otros cuatro jugadores todavía no habían terminado la partida, como para continuar el torneo amistoso que habían empezado.
Formaban parte de él tres varones y cinco mujeres, los tres miembros masculinos del grupo eran homosexuales, y una de las chicas también. Se habían conocido en su juventud, y a pesar de que sus caminos habían tomado rumbos diferentes, seguían reuniéndose por lo menos dos veces al mes para jugar, aunque jamás apostaban dinero, lo hacían solo por diversión y el placer de encontrarse.
De las cinco amigas que conocemos, solo a tres de ellas les gustaba jugar: Kiara, Luana y Lisette. Patricio había acompañado a Luana solo para verla divertirse, porque no jugaba. Estaba acostado en una hamaca leyendo un libro y miraba sonriente a su mujer saltando contenta por el triunfo.
En ese momento sonó el celular de Kiara.
—¡Es Gabriel, silencio! —dijo tratando de que se callaran.
Nadie le hizo caso, por supuesto, por lo que tuvo que salir de la galería hacia la piscina para poder hablar con él. Al rato volvió, anunciando:
—Viene para aquí.
—Se va a aburrir como una ostra —dijo Felipe riendo—, puedo ofrecerle mi regazo para evitarle el sufrimiento.
—Tranquiliza tus manos, pulpo —amenazó Kiara—. Si alguien va a sentarse en el regazo de alguien, seré yo… en el de él.
—¡Te gané de mano! —contestó Luana riendo ya sentada en las piernas de Patricio, mimándolo.
—Ustedes dos van a romper mi preciosa hamaca —dijo Kiara riendo—. Le dije a Gabriel que hoy se pagaba entrada en mi casa. Va a traer dos kilos de helado.
Todos aplaudieron, pero cuando el susodicho llegó con el postre Patricio le abrió la puerta y nadie le prestó atención, porque todos estaban concentrados en sus partidas de buraco, que había vuelto a empezar.
Solo le hicieron señas con la mano, saludándolo, y él se acercó a Kiara y le dio un beso en la mejilla. Ella sonrió, le dijo que estaba en su casa e hiciera lo que quisiera, y siguió jugando.
Patricio tuvo que hacer de anfitrión:
—Lo siento, Gabriel… están en trance buraquil en este momento. Pongamos el helado en la congeladora y vamos a tomarnos unas cervezas y meternos a la pileta, porque te aseguro que aquí nadie nos hará caso hasta que terminen la partida.
No era la primera vez que Gabriel se reunía con ese grupo, ya los conocía a todos. Fueron con Patricio hasta la piscina, llevaron una pequeña conservadora con cervezas y se dispusieron a relajarse en el agua y tomar sol, conversando.
De repente, una hora después, cuando ya el sol estaba bajando en el horizonte, escucharon los gritos de júbilo de Luana y Almudena festejando la victoria.
Ambos sonrieron mirándolos.
—Es un grupo bastante extraño… ¿no? —dijo Gabriel.
—Sí… tengo entendido que se conocieron en épocas de facultad, aunque todos tenían carreras diferentes, pero congeniaron y salían a divertirse a la noche. Ahora encontraron esta pequeña actividad para reunirse de vez en cuando.
—Los varones… son bastante, mmm… raros.
Patricio rió.
—Son gays, los tres… y creo que Almudena también. Luana salía con ellos cuando era joven y la pasaba muy bien, nunca les preguntó sus preferencias, no le importaba, hasta que un día, uno a uno fueron contándoles, y se destapó la olla. Creo que cuando Kiara se divorció unos años después, fue el grupo más cómodo que encontró para empezar a salir sin su marido.
—Es de suponer, según las mujeres, los homosexuales son los mejores amigos. Por cierto, te agradezco que me la hayas presentado… a Kiara, me refiero.
—Parece que se llevan muy bien —quería saber más, sonsacarle algo, ya que Luana siempre se quejaba de la relación extrañamente platónica que tenían—. Me alegro haber sido útil, sobre todo porque Kiara te sacó de tu encierro, amigo.
—Sí, es hora de continuar con mi vida —y cambió de tema suspirando— ¿Otra cerveza?
Patricio ya no pudo seguir sonsacándole nada, y ese fue el momento que todos los demás eligieron para tirarse al agua.
Se formó una oleada que desbordó la piscina luego de que todos se zambulleron. Kiara se sentó al lado de Gabriel al borde, sonriendo y él le ofreció su latita para que bebiera. Luana, por supuesto, se acercó a Patricio y se colgó de sus hombros, besándolo apasionadamente.
—¿Ganaste, mi amor? —preguntó él contra su boca.
—Por supuesto… Almudena y yo somos invencibles —se vanaglorió.
—¿Y tú, en qué puesto quedaste? —interrogó Gabriel.
—Mmmm, Armando y yo quedamos en tercer lugar —dijo Kiara haciendo un puchero gracioso—, pero no te creas, a veces ganamos.
—¡Claro! Cuando yo no puedo venir —respondió riendo Luana, y Kiara le tiró agua en la cara, falsamente enojada.
Patricio le limpió el rostro con una toalla y se miraron sonriendo, ella delineó un «te amo» con sus labios, y él le correspondió con algo así como un «ditto» y se dieron un suave beso en los labios.
En ese momento Kiara miró a Gabriel y sonrió, avergonzada. Él desvió la vista y buscó otra lata de cerveza agachándose ligeramente y volteando su torso hacia la conservadora. Los músculos de sus brazos se tensaron, y ella pudo ver el inicio de sus nalgas bajo el short de baño que tenía puesto.
¡Santo cielos! Que ganas tenía de hacer lo mismo que Luana y Patricio. Gabriel tenía un físico espectacular para su edad, era delgado pero bastante musculado. Se notaba que hacía ejercicios todos los días y se cuidaba mucho.
Unas gotas de agua se deslizaron por el torso de Gabriel y ella siguió el movimiento hipnotizada, hasta que el agua se perdió debajo de su short de baño. Lo deseaba, se moría de ganas de tocarlo… ¿qué podía hacer?
Estaba tan inmersa en sus turbios pensamientos, que no se dio cuenta que uno de sus amigos estaba hablándole.
—¡Kiara! —gritó Felipe, sacudiéndola.
—¿Eh? Disculpa… ¿qué dijiste? —preguntó aturdida y con el corazón bombeándole descontrolado— Lo siento, estaba en la luna.
Luana sonrió, mirándola con una sonrisa cómplice.
—Te decía que voy a festejar mi cumpleaños en la quinta de Piribebuy , y quiero que vengas.
—¡Por supuesto! No me lo perdería por nada del mundo —contestó sin pensarlo dos veces.
—Sábado y domingo, nena. Todo el grupo va a ir —continuó Felipe, y miró a Gabriel—: tú también estás invitado.
—¿Y dónde se supone que vamos a dormir? —preguntó Patricio— ¿Hay algún buen hotel en la zona?
Eso, pensó Kiara confundida. ¿Dónde… y cómo?
—Era la casa de mis padres en vida —dijo Felipe—, es enorme y ahora solo la usamos ocasionalmente, cuando alguno de los hermanos quiere ir a pasar un fin de semana. Tiene cuatro habitaciones. Dejaré que duermas con tu adorada musa en una de las suites matrimoniales, potentado… estarás cómodo —terminó riendo.
—¿Y el resto? —preguntó Almudena.
—Nos arreglaremos —aseguró Felipe—. Hay otra suite más pequeña y dos habitaciones muy amplias llenas de camas con un baño compartido. En una dormiremos los varones y en otra las mujeres… y podemos dejar la otra suite para que esta parejita la disfrute —dijo mirando a Kiara y Gabriel.
Kiara abrió los ojos como platos, sonrojándose completamente.
El semblante de Gabriel era indescifrable, como todo en él.

Continuará...

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