Ámame, pero no indagues... (Capítulo 03)

sábado, 10 de agosto de 2013

Encuentro entre sábanas

«Ella despertó lentamente, sintiendo una calidez inusual, le hacían cosquillas en el cuello y el estómago. Era la gloria. Se estremeció y movió ligeramente su cuerpo para acercarse aún más a esa dureza deliciosa que sentía presionando sus nalgas.
Dio vuelta la cabeza y lo miró con los ojos entornados.
La saludó, pero ella dudaba de su capacidad de emitir sonido alguno, trató de apartarse, pero la atrajo de nuevo, hundió la boca en su cuello y la besó allí, presionando con sus manos su estómago y la base de sus senos.
Encontró un espacio en el camisón medio subido de ella para poder meter las manos y acariciar directamente la piel de su estómago, su cintura, sus caderas, lentamente, para no asustarla.
La otra mano encontró acceso en el escote abierto que el satén dejaba al descubierto y se apoderó de uno de sus senos. ¡Oh, Dios, que delicia! Cabía perfectamente en su mano, era suave y el pezón se sentía pequeño y excitado. Lo acarició con la punta de sus dedos, y ella ronroneó.
Fue el sonido más hermoso que hubiera escuchado en su vida. Ella gemía por el placer que él le daba. Sintió que iba a explotar. Presionó su erección contra sus nalgas y fue moviéndose lentamente, sin dejar de tocarla en ningún momento, la mano que acariciaba su estómago fue bajando y subiendo lentamente, hasta solo bajar…»

Al releer ese último párrafo, Lisette cerró la notebook, la depositó sobre la mesita de luz y se quedó dormida pensando en el hombre que estaba a pocos metros de ella, descansando en el sofá de la sala.
Pero no por mucho tiempo, apenas una hora después, como si esa novela hubiera sido una premonición, o quizás la concreción de una fantasía, sintió que su cama se hundía detrás de ella y que unos brazos poderosos la envolvían, con fuerza, con calidez. Protectores.
Ella se apretó contra su cuerpo de espaldas y suspiró.
Honorio besó su hombro y con una de sus manos, hizo a un lado su sedoso cabello para poder llegar más profundo hasta el cuello. Se detuvo allí interminables segundos saboreándola con la lengua, acariciándola con su aliento.
—¿Estás despierta? —susurró.
—Mmmmm —gimió ella, sin poder emitir sonido.
—Quiero hacerte el amor, Lisette… ¿lo sabes, no?
—Mmmmm —volvió a gemir, y lentamente volteó—. Lo sé, pero… ¿crees que sea una buena idea?
Él la miró, estaba de espaldas en la cama, pegada a su cuerpo, podía verla por la suave luz de la luna que se filtraba por la ventana. Levantó una mano y la posó en su cuello, y fue bajando lentamente por entre sus pechos sobre el camisón de satén hasta llegar a su estómago.
—Creo que es la mejor idea que tuve en mucho tiempo.
—Avanzas muy rápido.
—¿Para qué perder el tiempo cuando uno sabe lo que quiere? Además, a cada minuto que pasa no nos hacemos precisamente más jóvenes.
Su teoría era aceptable, y muy cierta. Lisette también lo tocó, posó la mano en su pecho, subió por los hombros y bajó por su brazo.
—Veo que te has metido a mi cama preparado… ¿estás desnudo?
—Compruébalo —la retó sonriendo, aunque continuó—: tengo puesto los bóxers… ¿quieres que me los quite?
—Consérvalos todavía… —y volteó hacia él para poder acariciarle el pecho cubierto de un suave vello, bajando lentamente las uñas por sobre su estómago.
—Me estás excitando, Lisette.
—Excusas, excu... —el sonido terminó cuando la paciencia del candidato se acabó y los labios de él cubrieron los suyos por primera vez.
Duro, ávido, la lengua empujó entre ellos mientras la forzaba a tumbarse en la cama, su cuerpo sobre ella, sujetándola inmóvil debajo de él mientras la mano le agarraba la cabeza.
Lisette gimió sorprendida, complacida y asombrada ante la calidad ronca y desesperada del sonido. Los brazos fueron alrededor de sus hombros, los dedos agarraron los duros músculos mientras la lengua de él se hundía en su boca, los labios moviéndose sobre los suyos con una intensidad lujuriosa que envió su sangre latiendo por su cuerpo.
Apenas estaba empezando a disfrutar la sensación de sus músculos ondulándose en su ancha espalda, sus labios moviéndose sobre los de ella con tan descarnada necesidad que le rompió el alma, entonces él le bajó los brazos de un tirón, sujetándolos en la cama mientras seguía desgarrando sus labios.
Sus caderas estaban entre los muslos de ella, manteniéndoselas abiertas cuando levantó la mirada, fijándolas en sus oscuros y hambrientos ojos.
Ella gimió bajo el peso de su cuerpo, pero sus labios se abrieron de nuevo, su lengua se enredó inmediatamente con la de él mientras reprimía la violencia de su necesidad barriéndolos a ambos. Dios, ¿cuánto tiempo había pasado desde que la habían tomado así? ¿Desde que la habían vuelto loca con un hambre tan voraz que hacía que la lujuria creciera en su interior?
Él la despojó de su camisón y sus bragas tan rápido, que seguro el satén sufrió algún desgarrón. Pero ni siquiera pareció importarle, era una menos de esas prendas tan sexis diseñadas exclusivamente para tentarlo.
—Honorio —susurró apenas sus labios quedaron libres por un segundo—, espera.
—No me pidas que me detenga, Lisette… por favor —pidió desesperado.
—Jamás, te mato si paras —dijo riendo—, solo quiero saber si tienes protección.
—¡Oh, sí! Mierda, claro que sí… traje una caja entera —la interrumpió antes de tomar de nuevo posesión de su boca, reclamándola, confundiéndola, volviéndola loca de deseo.
Él cerró los ojos con fuerza, y el ansia de su voz le hizo perder el poco control que le quedaba. El cuerpo desnudo, esbelto pero con curvas de mujer, era perfecto. La cubrió con besos, caricias. Probó su sabor, sus manos y boca moviéndose por encima del rostro de Lisette, por su cuello, sus hombros, sus pechos, sus pezones, donde pudiese alcanzar, mientras ella permanecía trémula en sus brazos.
Sus pequeños gemidos y los espasmos de placer de sus músculos lo enloquecieron. Las manos de ella subieron por sus brazos, apretándole los bíceps antes de seguir por sus hombros. Él se movió contra la cálida mujer, su erección dura como una roca apretada contra su monte, presionando con sutil estímulo su clítoris. Lo único que les separaba era la tela de los bóxers, pero ambos sabían que pronto hasta aquello dejaría de ser un obstáculo.
—Por favor —susurró Lisette, jadeante, haciendo fuerza contra el candidato. Elevó los ojos hasta los de él, los suyos abiertos y luminosos de deseo. Sus labios entreabiertos dejaban entrar el aire a su pecho estremecido.
Él siguió besándola profunda y largamente, penetrando con su lengua la dulce boca femenina. Besó sus labios, saboreándolos. Luego recorrió la larga columna de su cuello hasta el pequeño hueco de su base. Los senos femeninos rozaban su pecho con pecaminosa fricción produciéndole descargas de placer que le recorrían en oleadas. La necesidad de arrancarse los bóxers y penetrarla era insoportable. Se torturó a propósito, regodeándose en la anticipación de sentir ese primer envite, la fiera satisfacción de hincar su miembro en ella y verla retorcerse de placer y cerrar los ojos de gozo.
Jugueteó con sus pechos perfectos, abarcándolos con sus largos dedos que deslizó lentamente por su piel hasta unirlos en el erecto pezón y tironeó de la rosada piel. Quería llevarla hasta el mismo nivel de deseo insoportable que sentía él. Mientras ella se retorcía y gemía, Honorio se metió primero un tieso pezón en la boca y luego el otro. Sintió que el liso estómago femenino se contraía y supo que ella estaba alcanzando el mismo frenesí que él.
Pronto... muy pronto...
El sudor perlaba la frente masculina y sentía que le latía la sangre en los oídos. En cualquier momento estallaría en llamas, tan ardiente era su deseo.
Pero primero… le acarició el estómago, sintiendo su estremecimiento revelador. Luego bajó hasta los suaves muslos sintiéndolos temblar y moverse inquietos. Se abrieron invitadores. Él rozó los pliegues que le rodeaban el coño, acariciándola arriba y abajo, y se sorprendió de lo caliente que estaba. ¿Cómo sería deslizarse dentro de su centro ardiente? Se dio cuenta de que él también temblaba y continuas oleadas de placer le recorrían. Le deslizó dos dedos dentro, y ella dio un respingo con un gemido, y un espasmo le aprisionó los dedos. La fuerza de aquel temblor lo tomó desprevenido.
Levantó el pulgar para apoyarlo en la pequeña protuberancia femenina y acariciársela suavemente. Ella lanzó un grito entrecortado y su mano se hundió en el cabello masculino, apretándolo. Mientras él chupaba y tironeaba suavemente de sus pezones con los dientes, continuó el rítmico acariciar y sintió como ella comenzaba a vibrar bajo su mano. La profunda, muy profunda oleada de liberación estaba a punto de llegarle, y continuó estimulándola más y más.
—S-sí —susurró ella, la voz ronca, la respiración jadeante. Su rápido clímax la hizo apretarse contra él, y la sujetó mientras palpitaba contra sus dedos y su cuerpo se estremecía.
En lo único que podía pensar él en aquel momento era en la necesidad de estar dentro de ella, de sentirla apretarle. Pero se contuvo, sabiendo que la espera haría que ese momento fuese más exquisito.
Lisette se desmoronó en la cama como si sus huesos fuesen de mantequilla y ni siquiera levantó la cabeza de la colcha cuando él retiró sus dedos.
—Todavía no he acabado contigo, mi dulce Lisette —le dijo, su voz tensa, ronca de deseo reprimido.
Le recorrió la piel del estómago con los labios, lamiéndole el ombligo y luego siguió bajando, haciendo un camino preciso hasta su sensibilidad. Sentía cómo ella se iba despertando a la vida nuevamente bajo su boca, necesitaba saborearla, conocer su sabor.
—Honorio —le dijo con urgencia, y él no supo si lo que quería era que se detuviese o siguiera con su asalto.
Bajó la cabeza y probó la perla de su pasión, acariciándola con la lengua. Ella se sacudió y ahogó una exclamación con la garganta seca. Hizo gesto de apartarle porque al parecer estaba muy sensible, pero él le tomó las manos y entrelazó sus dedos con los de ella mientras continuaba el delicioso beso, metiéndole la lengua en el coño para luego deslizarla hacia fuera y acariciar con la punta su centro de placer. Lisette levantó las caderas instintivamente, ofreciéndose. Honorio sintió que la sangre se le agolpaba en la cabeza mientras la chupaba, su cuerpo tan excitado como el de ella. Con un poquito más de estimulación él llegaría al clímax también. Temblaba con la necesidad de correrse.
Nunca se había contenido de aquella forma, jamás había sospechado lo fuerte que podía resultar darle placer a una mujer de forma totalmente generosa. Se sentía embriagado y no tenía intención de detenerse hasta no poder soportarlo más y que Lisette se lo rogase… pero con él dentro de ella.
Levantó la cabeza para mirarla en la penumbra. Era la viva imagen de la feminidad. Tenía una cintura estrecha y unas caderas que se ensanchaban para acabar en piernas largas y torneadas. Miró el pequeño triángulo de vello oscuro donde se unían sus muslos y su verga palpitó.
Moviéndose rápido, dejó de observar aquella figura suave y perfecta para besarla profundamente. Tironeó de sus bóxers.
—Lisette, no puedo aguantar ni un minuto más. Tengo que tenerte, ahora.
—S-sí —susurró ella, y el monosílabo aguijoneó todavía más las viriles emociones. Por fin logró quitárselos y su pene surgió, henchido y orgulloso. Con la sangre latiéndole en las sienes, se puso el condón rápidamente, se deslizó entre los muslos femeninos e intentó entrar, casi torpe en su prisa. Las dulces piernas se abrieron más y su carne lo envolvió. Con un gemido jadeante, la penetró de un solo empujón. El canal era estrecho y le apretó la polla con su brusca caricia.
Lisette echó la cabeza atrás y todo su cuerpo se elevó, las caderas meneándose, mientras emitía un gemido de placer. El sonido lo estimuló más. Ella estaba a punto de nuevo, se dio cuenta con asombro. Pero luego de otro profundo envite, fue él quien se corrió, estallando en un goce que comenzó en los dedos de sus pies y estiró cada uno de sus tendones. Levantó el torso mientras le recorrían oleadas y oleadas de placer sensual. Su cuerpo entero se estremeció una y otra vez.
 Cuando logró respirar nuevamente, lanzó un trémulo suspiro y se incorporó, apoyándose sobre un codo. Lisette lo miraba, y él vio las señales de la excitación en el rubor de la piel femenina, su boca entreabierta, el pulso desbocado latiéndole en el cuello, junto a la delicada curva de su oreja. Besó aquel lugar, sintiendo su calor y percibiendo su aroma con una inspiración complacida.
—Parecías... tener prisa —murmuró ella.
—La tenía —le aseguró—. Tú me llevaste a ella, Lisette. Tú, con tu perfección y tu sensualidad. Eres única —y suspiró—. Pero no te preocupes, enseguida me ocuparé de ti nuevamente.
Él meneó las caderas ligeramente, porque seguía dentro de ella, haciéndola sentirle. Todavía estaba duro, moviéndose, vibrando de renovado vigor gracias al calor y el contacto con el cuerpo femenino.
Ella sintió que se le cortaba la respiración al girarse y acomodarse sobre sus muslos. Él seguía penetrándola profundamente. Levantó las caderas y le mostró cómo podía montar sola sobre su cuerpo sin salirse, y encontró un ritmo que hizo que cada sacudida fuese un deleite maravilloso. Honorio alargó las manos para abarcar los pechos que se balanceaban ligeramente con sus movimientos y Lisette contuvo el aliento.
Verla a horcajadas sobre sus caderas, su dulce cuerpo recibiéndole, su largo cabello flotando ligeramente... sintió que el momento inevitable se acercaba cada vez más mientras observaba crecer el placer de ella. Deslizó su mano entre sus piernas hasta meterla entre sus pliegues para acariciarla. Lisette lanzó un grito ahogado, la cabeza echada atrás, la larga melena acariciando su cuerpo. Ligeros estremecimientos de placer le recorrieron ante el leve contacto, un contrapunto a las profundas oleadas que se acumulaban dentro de él.
El ritmo femenino se aceleró, pero su cadencia comenzó a fallar. Se incorporó y se sentó, con ella en su regazo.
Lisette lo miró, un poco sobresaltada y con la respiración jadeante.
—¿Qué pasa? —preguntó confundida.
—Eres tú, mi querida Lisette. Eres demasiado mujer para que yo permanezca ecuánime. Eres maravillosamente provocadora, demasiado...
—No comprendo —confesó ella.
—Ya no tengo veinte años, cielo. No puedo reponerme tan rápido.
—Ah... —y ella sonrió ligeramente— ¿descansamos, entonces?
—En absoluto. Si deseas más, lo tendrás…
La recostó sobre la cama y besó sus labios, explorando con su lengua el cálido sabor de su boca. Ella le acarició el cabello, la espalda, y él se preguntó si se daría cuenta de lo inquietas que estaban sus manos, del esfuerzo que hacían para acercarla más a él. Lisette tenía una sensualidad sobrecogedora, y él respondía a aquella fuerza sin igual.
Le recorrió el vientre con sus besos, lamiendo las hendiduras junto a los huesos de su cadera y ella la elevó. Sus piernas se agitaron, inquietas, cuando los labios de él se acercaron a la suave piel de la cara interna de sus muslos.
—Honorio, no es necesario… —comenzó ella. Y sin responderle, él se inclinó entre sus piernas y deslizó la lengua entre los pliegues para acariciar su henchido y cálido capullo de nuevo. La rozó con su boca y deslizó sus dedos dentro del canal femenino para acariciarla, jugueteando con su piel. Sintió los espasmos y las oleadas de placer que la recorrían. La respiración femenina se había hecho jadeante, cada vez más rápida. Todo el cuerpo le temblaba, se movía bajo sus dedos. Sintió que la cúspide del placer de ella se acercaba nuevamente y siguió acariciándola para llevarla hasta ella con todas las habilidades que conocía.
Lisette se corrió con un alarido y todo su cuerpo se puso rígido. Luego se estremeció y oleadas de placer la recorrieron de nuevo mientras sus manos se apretaban convulsivamente contra él. Su placer era embriagador. Nuevamente le maravilló el efecto que ella tenía sobre él. Finalmente, el movimiento cesó y el cuerpo femenino quedó laxo. Pasó la lengua por los labios, los ojos entrecerrados de lánguida saciedad.
Honorio se echó a su lado y le acarició la suave piel delicadamente, sin provocarla, permitiéndola recuperarse. Ella volteó ligeramente, las piernas entrelazadas con las de él. Su corazón latía a mil por hora, al igual que el de él.
Miró el rostro de ella. Tenía los ojos cerrados y una suave sonrisa surcaba su cara. Era claramente una mujer a quien habían satisfecho.
—Se han derretido mis huesos —dijo con un suspiro, abriendo los ojos y esbozando una sonrisa.
—Me alegro haber logrado eso —murmuró él, orgulloso.
—¿Todo lo haces tan bien?
—Por lo menos trato —respondió suspirando satisfecho y acomodándola entre sus brazos, cada uno de sus poros en contacto—. ¿Puedo quedarme contigo esta noche? —preguntó sorprendiéndose incluso a sí mismo con el pedido, no deseaba dejarla todavía.
A pesar de que Lisette no quería una relación permanente con él, no en ese momento en el cual el país entero estaba pendiente de Honorio, su pedido la complació.
—No tienes dónde ir… —respondió sonriendo— Alexis ya se fue.
Él frunció el ceño.
—Lo dudo.
—Créeme, lo he convencido de que estarías perfectamente cuando te quedaste dormido en el sofá. Subió, te miró y se retiró, aunque dejó un guardia en la recepción.
—Creo que tienes el mismo efecto en él que en mí…
—Espero que no —dijo riendo a carcajadas.
—¡Ay, Lisette! ¿Qué voy a hacer contigo? —respondió riendo también.
—Soy una niña grande, no tienes que preocuparte… solo duerme, presi.
Y lo hicieron, uno en brazos del otro.

Continuará...

Ámame, pero no indagues... (Capítulo 02)

La primera cita

«Tener su boca bajo la suya le hacía sentir un placer tan agudo que casi le dolía. El corazón le palpitaba contra el pecho, y el deseo circulaba por sus venas. Se sentía como si fuera un inexperto joven de dieciséis años recibiendo su primer beso. Su sabor eclipsó cualquier sensación que hubiera tenido antes, y sólo había una palabra en su mente que guiaba los impulsos de su cuerpo: "Más".
Le separó los labios con los suyos y deslizó de nuevo la lengua dentro de su boca. Se dio cuenta de que la caricia, más agresiva que la anterior, la sorprendió, pues soltó un leve gemido y abrió las manos sobre su torso. Ese intenso beso tuvo un efecto inmediato en su cuerpo. La euforia lo inundó al instante, embriagándolo de emoción, pero en vez de sentirse satisfecho, deseó todavía más.
Se apartó un poco, pero sólo lo necesario para respirar, y luego volvió a agachar la cabeza para seguir besándola. Mientras la saboreaba y le recorría el interior de la boca con la lengua, la realidad más allá del beso empezó a penetrar sus sentidos. Bajo las yemas de sus dedos notó cómo se le erizaba el vello de la nuca. La piel de sus mejillas era suave como la seda, tenía el cuello delgado y delicado, frágil como el tallo de una flor. Le sujetó el rostro con cuidado y se esforzó por contener el ímpetu de sus movimientos… »

Sonó su celular, y Lisette se sobresaltó.
No reconoció el número, por lo tanto no contestó. Siguió con lo que estaba haciendo, aunque blasfemó contra esa llamada por desconcentrarla, ahora tenía que empezar de nuevo. Volvió a releer los últimos párrafos…
Pero ya no pudo concentrarse. Pensó en lo que había pasado en la cafetería con sus amigas hacía unos días y sonrió. Les había contado todo, hasta el momento en que terminó el debate con el político idiota y chocó contra el candidato a presidente, pero se aguardó para sí misma la conversación con Honorio, el hombre.
Cerró su notebook y se levantó de la cama.
Fue hasta la cocina y recalentó en el microondas una empanada de jamón y queso, no tenía ganas de cocinar.
Recorrió su pequeño departamento finamente amoblado y se acercó hasta la puerta-ventana, la abrió y salió al balcón, mordiendo la empanada y suspirando. Era viernes a la noche y allí estaba… sola en su hogar.
Desde que se había divorciado hacía diez y ocho años, no recordaba un momento de su vida en la que se sintiera más sola que ahora. Porque a pesar de que había terminado con Alfredo solo una semana atrás, esa relación fue la peor de su vida y la sensación de soledad la acompañaba desde hacía varios años.
No sabía estar sola… esa era su cruz.
Normalmente soportaba largas relaciones solo por conservar la sensación de compañía. Así fue desde siempre, incluso cuando se casó a sus escasos 16 años.
Escuchó el timbre y gimió contenta… había llegado su sol.
Fue rápidamente hasta la puerta, y la abrió.
—Hola, cariño —le dijo a su hijo del medio— y se saludaron con dos besos.
—Hola mamá, estoy apurado. Sara me está esperando en el auto.
—Dame a ese osito —dijo tomando la sillita de bebé—. Que se diviertan, y déjenlo hasta el mediodía, descansen, duerman bien y luego lo vienen a buscar.
—Gracias, mamá… cualquier cosa nos llamas —dijo depositando en la mesa el bolsón con todos los elementos del bebé.
—Claro que sí, no te preocupes.
Se despidieron y Lisette llevó al bebé dormido hasta su cama, lo acostó, puso una almohada al costado y lo tapó.
No podía dejar de mirarlo… ¡era tan pequeño y bello!
Y era su nieto, Yamil… todavía no podía creerlo. ¡Ya era abuela!
Fue un bebé sorpresa, porque su hijo Omar no se había casado. Pero se llevaba bien con su novia y ahora estaban viviendo juntos. Él tenía 25 años y ella 22. Abel, su hijo mayor ya estaba por cumplir 28 años y Zacarías, el menor tenía 22. Ambos también estaban solteros y vivían con su padre, siempre vivieron con él, desde que se habían divorciado.
Su ex marido era descendiente de árabes, luchar contra él, su dinero, su poder y sus creencias de que los hijos siempre tienen que estar con el padre –ya que el hombre es amo y señor del universo–, era lo mismo que intentar llegar a la luna en patines: imposible.
Su celular volvió a sonar y la sacó de su ensoñación.
Lo tomó en sus manos rápidamente, y al ver que era el mismo número desconocido que había llamado antes, dudó en contestar. Pero para evitar que el bebé despertara, presionó el botón de atender, con un «hola».
—Hola, Lisette —saludó una voz desconocida.
—¿Quién eres? —preguntó dudosa.
—Soy Honorio Caffarena… ¿cómo estás?
—Claaaro, y yo soy Marilyn Monroe —dijo saliendo de la habitación y riendo a carcajadas, pensando en que era una broma de algún amigo—. ¿Eres Néstor? ¿Es un blooper?
La línea quedó en silencio por unos segundos.
—Ahhh, ya sé… me están haciendo una broma radial —continuó Lisette—. ¿Tengo que saludar a la audiencia?
—De verdad soy yo… —dijo en un susurro.
—Pruébalo —lo desafió. No creía que fuera él, hacía casi una semana que se habían conocido, si hubiera querido hablar con ella ya tuvo suficientes días para hacerlo. Además, su número de celular era privado, y ni siquiera estaba a su nombre, poca gente lo tenía. Si Gisela se lo hubiera dado ya le habría contado para que estuviera preparada.
—¿Cómo podría probártelo? Es difícil, porque apenas nos conocemos… —se notaba que le divertía la situación, simplemente dijo—: A ver… Zulú Papá, Papá Romeo Sierra.
Ella se quedó muda… ¡era él!
—¿Lisette? ¿Estás ahí? —preguntó preocupado.
—Oh, sí… aquí estoy. Me tomas por sorpresa, pensé que era una broma. Soy una máquina de meter la pata, para variar.
—Bueno, quizás deberíamos empezar de nuevo para que no te sientas mal —dijo divertido—: Hola, Lisette… soy Honorio.
—Hola, Honorio… ¡qué sorpresa tu llamada! —respondió siguiéndole la corriente.
—Espero que agradable para ti, y te pediría que grabes mi número, porque debe ser la quinta vez que te llamo esta semana, y nunca atendiste.
—¿De verdad? Quizás haya sido porque no tengo por costumbre atender llamadas de desconocidos… ¿quién te ha dado mi número de celular?
—Mmmm, tengo mis contactos —respondió enigmático.
—No lo dudo… ¿fue David?
—La verdad es que no, se lo iba a pedir a él cuando vi que te habías ido el sábado, pero después del sermón que me dio sobre la inmaculada y respetable prima hermana de su esposa y el martirio al que sería sometido por ella si osaba acercarme a ti, decidí conseguirlo por otro medio para evitar que se sintiera culpable.
¿Quiere acercarse a mí? Mmmm… interesante, pensó Lisette.
—Y luego de tomarse tantas molestias, su majestad… ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó en broma.
—Cena conmigo —pidió sin más preámbulo.
—¡Oh, santo cielos! —dijo mirando a Yamil desde la puerta— Ya cené, Honorio… y tengo otro compromiso. Lo siento, pero gracias por la invitación.
—No tiene que ser hoy, puede ser mañana.
—En realidad, no creo que sea una buena idea —respondió dudosa.
—¿Por qué?
—No me gusta la exposición pública, Honorio. Y todos los focos del país están pendientes de ti en este momento. Salir a comer contigo, aunque solo sea una cena inocente, puede tener consecuencias que prefiero evitar.
—¿Y si cenamos en privado?
—¿No te darás por vencido, eh?
—Esa es la primera pregunta estúpida que te oigo hacer, Lisette —contestó riendo—. ¿Crees que llegué a donde estoy dándome por vencido tan fácilmente?
—Tienes razón… bueno, solo contesta a una pregunta y si estoy conforme, yo misma te invitaré a comer mañana a la noche en mi departamento.
—Dime…
—¿Por qué quieres cenar conmigo?
—Porque me atraes —respondió sin dudarlo—, porque el sábado fuiste como un soplo de aire fresco dentro del ambiente saturado de mierda en la que estoy metido ahora. Porque estoy aburrido de todo, de los chupamedias, oportunistas, trepadores y tú pareces sincera, directa y no tienes pelos en la lengua. Y me gustas… quiero conocerte.
—¿No hay alguna jovencita de esas tipo tapas de revistas que pueda darte lo que necesitas? ¿Por qué una cuarentona como yo, pudiendo tener a la modelo top más hermosa del país? Cualquiera caería rendida a tus pies.
—Esa ya es una segunda pregunta, hermosa. ¿Acerté en la primera?
—Sí, Honorio… sacaste un sobresaliente.
—Entonces… ¿estoy invitado a cenar en tu casa?
—Lo estás —dijo, a pesar de que sabía que era un error.
—Lisette, tú no tienes que ocuparte de nada. Fui yo el que te invitó, deja que mi asistente lo organice todo, se pondrá en contacto contigo, llevará la comida, la bebida… todo lo que quieras. Te paso su número por mensaje de texto para que lo atiendas cuando te llame. Hay cuestiones de seguridad que tienen que revisar antes, para variar.
—Muy eficiente, señor presidente.
—No te adelantes a los hechos —inquirió riendo—, y contestando tu otra pregunta: no me atraen las chiquilinas, tengo una hija veinteañera, sería un poco desubicado de mi parte salir con niñas de esa edad.
Lisette frunció el ceño porque no era lo que había oído o visto en algunas fotos que circulaban por la red, pero no dijo nada.
—Bien, Honorio… te espero mañana.
Y se despidieron.

Lisette estaba a punto de pegarle a Alexis Almada, el secretario de Honorio a quien apenas había conocido esa siesta. O eso, o lo tiraba directamente del balcón. Apenas eran las cinco de la tarde y su departamento parecía el puesto de comando de la armada. Sintió pena por el candidato, si así era su vida antes de tomar las riendas, no se imaginaba lo que sería después.
—¿De verdad crees que esto es necesario, Alexis? —Preguntó bastante enojada—. ¿Acaso creen que soy una terrorista o qué? Este edificio es perfectamente seguro, no tienen que revisarlo de punta a punta, nadie sabe que él vendrá a cenar aquí.
—Solo es rutina, señora —respondió el asistente.
—¿Sabes qué? No pienso soportarlos ni un minuto más —tomó su cartera, su celular y las llaves de su auto—. Voy a salir. Aquí tienes las llaves del departamento, siéntete como en tu casa, algo que parece que ya has hecho. Llámame cuando pueda volver y todo esté organizado.
Lisette dio media vuelta y caminó hacia la puerta, pero volteó de nuevo:
—Y no quiero encontrar a nadie aquí cuando vuelva… ¿entendiste?
—¿Y quién se encargará de servir la cena, señora?
—Yo lo haré, no soy lisiada.
—Pero…
—Nadie, Alexis… —lo interrumpió con firmeza— o llamo a tu jefe y cancelo todo esto… y tú cargarás con la culpa —amenazó.
Esta vez sí se fue.
¿Y ahora qué mierda hago? Se preguntó.
Llamó a cada una de sus amigas y todas estaban ocupadas, no podían ir a tomar un café. Decidió ir al shopping, se compraría ropa nueva y luego iría a la peluquería-spa del club, haría sauna, un masaje, se bañaría, vestiría y maquillaría allí. Así no tendría que volver temprano ni siquiera para cambiarse.
Pero cuando salió del club ya eran más de las nueve de la noche.
Revisó su celular, y se dio cuenta que erróneamente había apretado el botón de vibración por eso no había sonado, tenía cuatro llamadas perdidas de Alexis y una de Honorio.
¡Oh, santo cielos! Él probablemente ya estaba en su departamento.
Corrió hacia el auto.
Cuando llegó y metió el vehículo en la cochera, vio que frente al edificio estaba estacionada una Hummer negra, y un guardia de seguridad que no conocía se encontraba parado frente a la recepción.
Pero para su tranquilidad, no había nadie desde el subsuelo hasta su departamento en el piso 15, ni siquiera en el pasillo de acceso. Abrió la puerta y entró, todo estaba tranquilo, las luces del comedor estaban apagadas y solo se vislumbraba un suave resplandor en la sala de estar, se acercó.
Se apoyó en el pórtico que separaba los dos ambientes y sonrió.
Honorio estaba recostado en el sofá con las piernas sobre la mesita de centro y un vaso de whisky en su mano. Tenía los ojos cerrados y se veía relajado, había apagado la luz y encendido unas velas.
Lisette carraspeó, él abrió los ojos y sonrió.
—Eres la primera mujer que me hace esperar tanto… ¿sabes? —dijo a modo de saludo, sin que sonara como un reproche.
—Y tú eres el primer hombre que convierte mi departamento en un campo de concentración —respondió acercándose lentamente.
Lisette sabía que era atractiva, alta, esbelta sin ser excesivamente flaca y muy elegante… por lo tanto no perdía oportunidad de usar sus encantos. Se había comprado un vestido negro con detalles lilas que le quedaba como un guante. Caminó frente a él, dio una vueltita llena de glamour y le preguntó:
—¿Te gusta? —lo miró coqueta.
—Dios santo, Lisette —dijo dejando el whisky sobre la mesita y acercándose a ella. La tomó de las manos—. Eres un monumento de mujer, estás preciosa… ¿cómo es que nunca te había visto antes?
—Gracias. Y no lo sé, soy bastante conocida en la sociedad… ¿acaso no me investigaron tus secuaces?
—¿Se-secuaces? —Honorio rió a carcajadas— ¿Por qué habrían de hacerlo?
—Por lo visto pensaron que podría envenenarte, no sé… me sorprende que no me hayan esperado en la puerta con un detector de metales para ver si tenía escondida algún arma entre las piernas.
—Creo que los asustaste lo suficiente como para que no lo intenten —respondió sonriendo—. Alexis me contó que hasta lo amenazaste.
—Se lo merecía… ¡por dios, que despliegue de seguridad! Creo que soy yo la que debería temer, nadie aparte de tus empleados saben que estás aquí, podrías hacerme lo que quisieras y estaría totalmente desprotegida —y le pasó un dedo por sobre su camisa, sonriendo.
—Hay tantas cosas que me gustaría hacerte —respondió mirándola a los ojos. Honorio tenía casi la misma altura que ella en tacones, por lo tanto no tuvo que levantar mucho la vista para devolverle la mirada.
Él se acercó más, sus rostros estaban tan cerca que Lisette podía sentir su respiración irregular… y su olor, era tan delicioso.
—Déjame ver qué hicieron tus energúmenos dentro de mi cocina —dijo subiendo el dedo hasta sus labios para que no se acercara más—, luego podremos conversar sobre eso… ¿te parece?
—Si no hay más remedio —respondió resignado.
—Descansa un rato —dijo antes de ir a la cocina.
Lisette comprobó que todo estaba perfectamente organizado. Habían dejado la comida en dos fuentes encendidas, como para que se mantuviera caliente, al parecer era pescado con guarnición de papas a la crema, solo tenía que servirlo. El vino blanco estaba dentro de un recipiente con hielo, había dos botellas más en la heladera y un cheesecake que se veía delicioso.
Perfecto, pensó y procedió a servir.
—Señor presidente, la cena está lista —dijo acercándose a la sala, él estaba en la misma posición que lo encontró al llegar, totalmente relajado.
Se sentaron a la mesa, a la luz de las velas y disfrutaron de la cena y de una amena conversación, plagada de dobles sentidos.
Lisette no habló en ningún momento sobre política, no solo porque no le interesaba especialmente, o porque temiera que él se diera cuenta que en realidad no entendía mucho del tema, sino porque estaba segura que no era eso lo que él buscaba en ella. Por experiencia sabía que el tipo de hombre poderoso y ocupado que era Honorio lo que necesitaba era un momento de tranquilidad, un espacio para olvidarse de los problemas y las presiones cotidianas.
Dedicaron el tiempo a conocerse. Hablaron sobre sus hijos y sus matrimonios, Lisette ya lo sabía, pero él le contó que se había divorciado de su esposa hacía siete años y que tenía tres hijos: un varón y dos mujeres. La menor era la que más lo acompañaba ya que tenía más tiempo, todavía estaba en el colegio; y los dos mayores estaban en ese momento a cargo de todas las empresas que tenía, junto con su hermana.
Ella le contó sobre sus tres hijos y su matrimonio, y Honorio se sorprendió cuando se enteró de que ya tenía un nieto.
—Eres demasiado joven para ser abuela —le dijo.
—Ya ves, empecé la producción muy temprano, y mi hijo nos sorprendió con la noticia el año pasado. Yamil ya tiene ocho meses, y es mi sol. Anoche estaba conmigo cuando llamaste, a veces hago de niñera —relató riendo.
Y siguieron conversando de diversos temas, Honorio estaba fascinado con la personalidad filosa y desenfadada de Lisette, y la facilidad con que lo hacía reír con sus mordaces comentarios. Le encantaba que no le diera la razón en todo lo que decía, sino que lo retrucara constantemente con fundamentos sólidos.
¡Santo cielos! Pensó en un momento dado. Esta mujer es capaz de venderme un buzón.
—¿Quieres ir a la sala a comer el postre, presi? —preguntó Lisette cuando terminaron de cenar.
—Definitivamente no te gusta mi nombre… ¿eh? —Respondió riendo— Inventas cualquier cosa con tal de no decirlo. Vamos al sofá —y levantó su platito y la copa de vino.
—¿No tienes algún apodo?
—Mmmm, no… —se sentó y empezó a saborear el trozo de cheesecake.
—Bueno, como yo te votaré… eres mi presi, cualesquiera sean los resultados —Lisette se sentó a su lado y dio un sorbo a su copa de vino blanco.
—¿No vas a comer el postre? —preguntó Honorio.
—No… quizás después. ¿Quieres más?
—Más tarde… mucho más tarde —le dijo, dándole a entender que no tenía la más mínima intención de irse todavía—. Ahora me gustaría probar otra cosa.
Lisette sabía a lo que se refería… ¿estaba dispuesta a seguirle la corriente? Desde que la invitó a cenar se había hecho la misma pregunta. Conocía a los hombres, sabía lo que buscaban, pero no era del tipo de mujeres a las que le gustaba un revolcón ocasional. Tuvo solo cuatro parejas desde que se divorció y todas ellas fueron relaciones largas, de más de cuatro años. Aunque pensándolo bien, ninguna había empezado seriamente, pero ella sabía cómo retener a un hombre…
—¿No estás cansado? —preguntó cambiando de conversación.
—Un poco, pero eso es normal… vivo cansado, a veces me pregunto si alguna vez volveré a tener aunque sea un día solo para mí. Creía que eso iba a suceder cuando mis hijos mayores empezaron a hacerse cargo de las empresas, pero luego surgió este tema político… y aquí estoy, de nuevo embarcado en un proyecto que posiblemente absorberá mi vida por completo durante los próximos cinco años. No puedo con mi genio… soy mi propio verdugo.
—Ven aquí, presi —le dijo suavemente sintiendo pena. Se ubicó en una punta del sofá, apoyó la cabeza de él sobre su muslo y empezó a masajearle la frente y los costados con delicadeza—. Los hombres poderosos como tú tienen esa característica, no pueden parar… llegan a la cima pero siempre encuentran otro lugar más alto al que subir. Admiro eso en ti, me gusta que seas así.
Y le pasó los dedos por entre su cabello, relajándolo completamente. Honorio suspiró y se acomodó mejor, levantando las piernas sobre el sofá.
—Se siente tan bien —dijo susurrando.
—Relájate —respondió ella suavemente, y siguió con el tierno masaje en sus sienes, acompañado de ligeros toques en sus cejas y mejillas, casi como la caricia de una pluma. Fue bajando lentamente por su cuello debajo de las orejas, presionando un poco más… y volvió a subir.
—Cuéntame de ti, algo que te haga feliz —pidió Honorio volteando la cabeza y presionando la nariz sobre su estómago.
—A ver… ¿qué me hace feliz? —y sonrió sintiendo cosquillas, volvió a ponerle la cabeza recta y siguió el masaje suave—. Yamil me vuelve loca, pero ya te hablé de él… y de mis hijos. ¡Ahhh! Las chicas… ellas me hacen feliz, tengo tres excelentes amigas a las que adoro —obvió contarle sobre Susana, porque su muerte la entristecía—. Tenemos muchísimas anécdotas, siempre nos apoyamos y estamos juntas cuando precisamos las unas de las otras. Ellas son como un ancla para mi… nunca me dicen lo que quiero escuchar sino la verdad, me alaban cuando lo necesito y me enfrentan si hago algo mal. Cuando estamos juntas no juzgamos y aceptamos nuestras realidades, siempre nos reunimos a merendar, por lo menos una vez a la semana y…
De repente escuchó que su respiración se hizo más profunda, lo miró y vio que se había quedado profundamente dormido. Menudo monólogo, pensó sonriendo, lo aburrí tanto que cayó en brazos de Morfeo en vez de los míos.
Se quedó un rato más en la misma posición sin dejar de tocarlo, pasó los dedos sobre sus cejas y su nariz, delineándolo, luego acarició su sedoso cabello. Se fijó en sus rasgos, no era un hombre excesivamente apuesto, de pelo oscuro con canas en las sienes y ojos negros, ni siquiera era demasiado alto, pero tenía un atractivo muy especial, un aura de poder y autoridad que lo hacía irresistible a sus ojos.
Lisette suspiró y se levantó suavemente, reemplazándose a sí misma por un almohadón debajo de su cabeza. Fue hasta su habitación, trajo un ligero edredón, lo tapó y salió al balcón.
Miró hacia abajo y vio que la Hummer seguía allí, buscó su celular y llamó a Alexis.
—Tu jefe acaba de quedarse dormido —le comunicó—, quizás sea mejor que vayan a descansar y vuelvan mañana.
—Señora, no podemos hacer eso —respondió, notó cierta desesperación en su voz—. ¿Me permite subir, por favor?
—Claro, hazlo —ella entendía que debía verificar que su jefe estuviera bien.
En menos de dos minutos Alexis estaba en la puerta, entró tímidamente.
—Está en la sala —le dijo Lisette.
Alexis miró a su jefe, comprobó que estuviera bien y se tranquilizó.
—¿Acaso creíste que lo había asesinado? —preguntó en un susurro, sonriendo.
—Lo siento, señora… su seguridad y todo lo que a él se refiera es mi trabajo, espero lo comprenda —contestó en voz muy baja.
—Lo entiendo, Alexis… no te preocupes —y lo estiró del brazo hacia el comedor—. Creo que es mejor que no lo molestes, está muy cansado. Si despierta, puede dormir en la habitación de huéspedes, quizás no sea tan lujosa como su casa, pero es cómoda… cumplirá su función. Seguro te llamará cuando quiera que lo busques.
Alexis asintió, no muy seguro.
—Dejaré al guardia en la recepción —anunció.
—Como quieras —y lo acompañó hasta la puerta, despidiéndolo.
—Gracias por avisarme, señora… y por permitirme subir.
Ella solo sonrió, sabía que con esa actitud se había ganado su confianza.

Continuará...

Ámame, pero no indagues... (Capítulo 01)

El primer encuentro

Esto es más aburrido que escuchar un partido de ajedrez por la radio, pensó Lisette removiéndose inquieta en su asiento. Hacía solo cinco minutos le habían servido una copa de vino y ya estaba a punto de acabarla, a ese paso y sin haber comido nada, terminaría tambaleándose en menos de media hora.
—¿Para qué mierda me hiciste venir? —le preguntó a su prima al oído.
Gisela Falabella era su prima hermana, hija de la hermana de su madre y esposa de un importante abogado y político de uno de los dos partidos más tradicionales del país.
—Para no aburrirme sola —respondió riendo.
—¡Pero si a ti te encantan todas estas cosas! No jodas…
—Hasta cierto punto, a veces se ponen taaaan pesados —y le señaló a uno en particular—. Fíjate en ese idiota, quiere ser senador, y dentro de un rato empezará su perorata, te aseguro. Escucharle es el equivalente a un parto de trillizos —y Gisela le sonrió al susodicho, agitando la mano en señal de saludo.
El hombre, que estaba a poco menos de dos metros de ellas, le devolvió el saludo, y como si fuera una premonición, alguien le preguntó sobre su candidatura y el avance del frente opositor. Con la postura orgullosa y típica de un político, dijo muy convencido para cualquiera que quisiera escucharle:
—Estamos muy quietos mientras nuestros enemigos los de la izquierda están avanzando, es mentira que están separados, solo se han dividido en varios movimientos independientes estratégicamente unidos y tienen como objetivo copar el parlamento para poder implementar las leyes contra las cuales nosotros estamos activando: el Matrimonio gay, el aborto, la educación homosexual, la disminución de la mayoría de edad y otros temas. Podemos observar que a diario aparecen más movimientos independientes y todos son de izquierda. Si ellos ganan se implementarán todas esas leyes y nosotros no podemos quedamos sin hacer nada. Tenemos que luchar por nuestros vecinos, amigos, familiares. En defensa de la familia nuestra lista proclama dos premisas: NO al aborto y NO al matrimonio gay.
—¿Eso es todo? —preguntó Lisette, metiendo la cuchara en taza ajena, visiblemente alterada— ¿En esa estupidez basas tu campaña? —Gisela le dio una patada en la espinilla para que se callara.
Pero Lisette no se amilanó, al contrario, se levantó y lo enfrentó de pie. Era tan alta como el candidato a senador, por lo tanto no se sintió en desventaja.
—¿Está usted en contra de la familia, señora? —preguntó el hombre.
—Por supuesto que no, la familia es un pilar fundamental de la sociedad, pero considero que hay temas mucho más importantes que tratar dentro del congreso: la pobreza, por ejemplo, o la generación de fuentes de trabajo, la inseguridad o la corrupción… ¿por qué mier…coles —por no decir otra palabra más fuerte— te preocupas de un gay que no te ha hecho ningún daño?
—Esa opción de vida es una aberración, señora. Nosotros somos un movimiento tradicional pro-familia, no apoyamos el aborto ni la homosexualidad, menos aún el matrimonio gay.
—Disculpa, dime de qué lista eres, te lo agradeceré, porque será la única a la que no votaré —Lisette lo tuteaba, no le importaba, a pesar de que no lo había visto nunca hasta ese día, ni siquiera había oído hablar de él—. Tengo un hermano gay, me toca de cerca y no veo motivo alguno por el que no pueda ser feliz como cualquiera. Estoy de acuerdo con el aborto… la vida debe ser preservada, aunque considero que en ciertas circunstancias debería aprobarse; el embarazo infantil, una violación, mal formación del feto o si la vida de la madre corre peligro, por ejemplo. Pero… ¿prohibir el matrimonio gay? ¿Por qué?
En ese momento de la conversación, todos los presentes en la reunión se callaron y solo les prestaban atención a ellos.
—Porque ser homosexual no es normal, está usted equivocada…
—¿Quién te crees para juzgar lo que es normal o no? —Lo interrumpió enojada—. La homosexualidad existe desde que el mundo es mundo, es lo más normal que hay. Quizás sea una "anomalía", porque una de las funciones de la sexualidad es la de perpetuar la especie, y la homosexualidad no cumple ninguna función en ese aspecto, pero… ¿anormal? ¡Por favor! Es tan normal como respirar.
—La Biblia dice…
—¡No metas a la Biblia en esta discusión! Soy católica, practicante y creyente, la conozco, la he leído y releído cientos de veces, pero no estoy cegada. La Biblia, así como las leyes, fueron escritas por los hombres, las referencias directas a las prácticas homosexuales en ella son nulas, y las que existen solo fueron interpretaciones que se hicieron de ciertos pasajes.
—Usted no parece católica, señora… la religión es muy específica al respecto, incluso el papa no acepta ese tema.
—El papa y su séquito son hombres como cualquiera de nosotros… y no metas la religión en esta discusión. Estamos hablando de derechos civiles, el matrimonio civil no es más que un contrato… ¿por qué negárselo a los homosexuales? ¿Es que ellos no tienen los mismos derechos que nosotros? Piensa en una pareja gay bien constituida en la que uno de ellos muere… ¿qué derecho tiene el otro sobre sus bienes? Ninguno… eso no es justo.
—A veces hay que ser injustos para preservar otros aspectos más importantes de la sociedad, la familia, por ejemplo.
—¿Sabes qué? Me alegro de haberte conocido… ¿cuál es tu nombre?
—Juan Ibarra, para servirle…
—Bueno, Juan… te decía que me alegro de haberte conocido, porque reafirma mi teoría de que estamos y seguiremos estando gobernados por idiotas incompetentes. Pienso que no eres más que un retrógrado y un homofóbico… y no quiero seguir hablando contigo. Por cierto… ¡no te votaré!
Lisette dio media vuelta y chocó de frente contra un hombre que estaba escuchando atentamente todo lo que ella decía. Tambaleó y casi cayó al suelo al darse de bruces con… ¡Honorio Caffarena! Nada más ni nada menos que el candidato a "Presidente de la República".
—Cuidado, señora… —dijo él y la sostuvo tomándola de los brazos.
Solo estuvieron así cinco segundos, él le sonrió y miró fijamente sus hermosos ojos verdes. Lisette sintió su mirada como un relámpago de fuego que penetró todos y cada uno de los poros de su cuerpo.
—Eh… lo siento, disculpe —dijo ella, se apartó y siguió su camino buscando a Gisela.
Honorio la siguió con la mirada sin que ella se percatara y suspiró al ver esas perfectas curvas contorneándose. Había llegado a la reunión justo en el momento en que Juan Ibarra estaba exponiendo su campaña, y casi dio media vuelta hacia el bar para no escucharlo, pero se quedó petrificado cuando esa espléndida mujer lo rebatió acaloradamente. Belleza y cerebro, pensó. Una combinación explosiva.
—¿La conoces, David? —le preguntó al asesor y dueño de la casa, que estaba a su lado.
—¿A quién, señor? —respondió confundido.
—A esa mujer que acaba de chocarme.
—S-sí, claro. Es Lisette Careaga, la prima hermana de mi esposa… ¿por qué?
—Me gustaría conocerla… ¿me la presentas?
—Señor, yo… —dijo David descolocado y renuente— Gisela me acribillaría si yo fuera el responsable de que su adorada prima se metiera problemas. Ella… es una buena mujer, no sé si…
—¿Acaso crees que voy a violarla? —lo interrumpió—. Solo quiero conocerla… ¿está en política?
—No, señor…
—Igual que yo hasta hace un par de años atrás… ¿viste? —dijo sonriendo y guiñándole un ojo— Ya tenemos algo en común. ¿Es mayor de edad? Claro… otra cosa en común, eso significa que puede tomar sus propias decisiones y no te pueden culpar de nada.
David frunció el ceño, no muy convencido.

A Lisette le temblaban las piernas cuando llegó hasta su prima, y no precisamente por la conversación mantenida con el homofóbico candidato a senador. Gisela estaba conversando con Ana Costa, uno de los pilares dentro del partido. Ganaran o no, ella tenía asegurado su puesto dentro del Congreso como senadora, que ya lo ocupaba en la actualidad.
—Tamaño espectáculo diste —dijo Gisela cuando llegó hasta ella.
—Y tremendo moretón voy a tener en el tobillo por tu patada —retrucó riendo, y saludó a la senadora—: Hola, mucho gusto… soy Lisette Careaga.
—Yo soy Ana Costa —respondió pasándole la mano—. Me encantó como lo rebatiste a Juan, te felicito… deberías pensar en dedicarte a la política, creo que te iría muy bien.
—¿Política yo? —y bufó, sonriendo— Creo que paso, senadora… me falta un gen importante: la diplomacia.
Y las tres rieron.
—Me gusta tu prima —le dijo a Gisela, y miró a Lisette—: por favor, llámame Ana… me aburre la formalidad.
Lisette sabía perfectamente el motivo de que le hubiera gustado su discurso, decían que Ana era lesbiana, aunque totalmente encerrada en el clóset a pesar de que todos lo suponían. Lograr la igualdad de derechos homosexuales dentro de la sociedad era un tema muy importante para ella. Era una mujer baja, regordeta, amable y de mediana edad, quizás cerca de los 50 años, aunque no los aparentaba y su vida estaba absolutamente centrada en lo político.
—A mí también, no entiendo cómo soportan todo esto. Creo que si frecuento este mundo me haré de muchos enemigos en menos de lo que canta un gallo.
—Es el pan de cada día para nosotros —respondió la senadora sonriendo.
—¿Quieren tomar algo? —preguntó Gisela.
—Yo deseo un whisky en las rocas, por favor si eres tan amable, Gisela —dijo una profunda voz detrás de Lisette.
Sin necesidad de voltear, ella supo quién era y su corazón se aceleró.
David se acercó también al grupo, diciendo:
—Lisette, quiero presentarte a…
—Sé quién es —dijo ella interrumpiéndolo y volteando lentamente—. Buenas noches, señor Caffarena —y le pasó la mano—. Soy Lisette Careaga, un gusto conocerlo.
—El placer es todo mío, señora Careaga —y le devolvió el apretón. Luego miró a Ana y sonrió. Con una simple mirada, el candidato a presidente le dio una orden específica que ella entendió.
—Eh… te acompaño, Gisela —y Ana se esfumó detrás de la dueña de casa.
Lisette volteó la cabeza de lado a lado y en menos de dos segundos, hasta David se había evaporado. Miró incrédula al poderoso espécimen de hombre que tenía frente a ella.
—¿Siempre es así? ¿Con una mirada domina el mundo? —preguntó con el ceño fruncido.
—No sé de qué está hablando… —respondió Honorio sonriendo— ¿Y usted siempre es así también? ¿Con unas cuantas palabras deja K.O.  a un conocido y versado político?
—Es fácil rebatir una campaña basada en premisas tan idiotas como esa, debería centrarse en temas más importantes de interés público.
—Todavía no estoy convencido de que aprobar el matrimonio gay sea lo correcto, pero estoy totalmente de acuerdo en lo demás, aunque espero que no se lo digas. Ya me he creado suficientes enemigos en el poco tiempo que llevo en esto.
—No comprendo el motivo por el que usted, siendo un empresario tan exitoso haya decidido meterse en este mundo… ¿acaso desea ensuciar su imagen? ¿O es que el poder que tiene no es suficiente y desea más? —se arrepintió de lo que dijo apenas lo expresó. ¿Por qué tenía que ser tan directa siempre?
—¿No crees que mi motivación pueda ser algo más altruista? ¿Ayudar a mi país, por ejemplo?
—No sé, eso solo lo sabremos si gana y accede al poder.
—Tendremos que esperar, entonces. Mientras tanto creo que sería interesante meter algo en mi estómago… ¿tiene hambre, señora Careaga? —Lisette asintió y él la tomó del brazo para que se acercaran al buffet.
—¿Podría llamarme solo Lisette, por favor? —Preguntó sonriendo— "Señora Careaga" me hace sentir muy vieja.
—Solo si tú también me tuteas.
—Quizás cuando estemos solos, como ahora… podría hacerlo… "Honorio" —y rió al decirlo, él frunció el ceño—. Disculpa, pero tienes un nombre espantoso.
—¿Có-cómo? —preguntó él descolocado.
—Lo siento, lo siento mucho… —se disculpó avergonzada—. A veces debería coserme la boca para dejar de decir lo que pienso.
—No lo hagas —pidió Honorio sonriendo y sirviéndose unos bocaditos—, es realmente refrescante. Y tienes razón… pero ya me he acostumbrado, tuve que convivir con este nombre toda mi vida. Hasta me he convencido de que es un poco aristocrático.
—HONOR con Honorio… —dijo ella solemnemente, citando la frase que estaba diseminada por miles de carteles en todo el país— lo usaron muy bien para tu campaña.
—Creo que sí. Dime, Lisette —evidentemente el candidato ya no quería seguir hablando de temas políticos— ¿qué haces? ¿A qué te dedicas?
—A vivir la vida —contestó enigmática como era, y cambió de tema—: ¿Sabías que mi abuelo le compró un avión a tu padre?
—¿Ah, sí? ¿Quién es tu abuelo?
—El general Vargas, ya falleció. Fue como mi padre, viví con él y con mi abuela hasta que me casé, y luego varios años después de divorciarme.
—Lo recuerdo… fue un gran hombre.
—El mejor, tú tenías veinte y pocos años en esa época.
—¿Y tú? ¿Cuántos tenías?
—Una excelente forma de indagar mi edad —y sonrió—. Tenía diez u once años menos que tú, era una niña. Pero recuerdo que estabas allí cuando fuimos a ver la avioneta.
—Mi memoria no es tan buena como la tuya, por lo que veo, aunque recuerdo que era un Cessna de seis pasajeros.
—Sí, hicimos muchos viajes interesantes. Hasta me acuerdo las siglas del avión: ZP-PRS… Zulú Papá, Papá Romeo Sierra. Incluso recuerdo las del avión-escuela: ZP-EAK… Zulú Papá, Eco Alfa Kilo… ¡esa avioneta era minúscula!
—Ufff, ese avioncito fue testigo de muchas locuras cuando aprendí a pilotear. Pero cuéntame, Lisette… ¿hace cuánto te divorciaste?
Ella no pudo contestarle. En ese momento un señor llegó hasta ellos y le dijo algo al oído, que ella no pudo entender.
—¿Me disculpa un momento, señora Careaga? —preguntó Honorio volviendo a la formalidad al tener al político frente a ellos.
—Adelante, señor Caffarena —respondió ella de la misma forma.
Y él se fue hasta un grupo de hombres que estaba a un costado.
Lisette se sirvió otro bocadillo, y no tuvo que esperar ni cinco segundos para tener a Gisela a su lado, mirándola con los ojos abiertos como dos huevos fritos.
—¡Lis! ¿Qué te dijo? ¿De qué hablaron? —y le pasó una copa de vino.
—Tonterías, hablamos del avión que el abuelo le compró a su papá y esas cosas… ¿te acuerdas? El viejo Cessna…
—¿Eso es todo?
—¿Y qué querías? No tuvo tiempo de sacarme la bombacha, si eso es lo que piensas que deseaba —y rió a carcajadas.
Gisela rió con ella, y empezaron a recordar anécdotas de cuando eran niñas y el abuelo las llevaba con él a la estancia en la avioneta, a la que cuidaba como si fuera una joya preciosa.
Pero, su prima todavía tenía dudas con respecto a lo que el poderoso empresario y candidato a presidente deseaba.
—Dime, Lis… ¿qué harías si Honorio intentara conocerte más? —preguntó preocupada.
Lisette lo miró de reojo a lo lejos.
Los hombres poderosos siempre fueron como un imán para ella. Nunca había estado con un hombre simple, empezando por su ex marido y pasando por los pocos hombres con los que había estado –en largas relaciones–, todos habían sido adinerados, fuertes y con mucha personalidad.
—No lo sé, Gi… es el combo perfecto de lo que a mí siempre me ha gustado: rico y poderoso. Puede que él sea ideal para mí, pero dudo que yo lo sea para él… sobre todo en este momento de su ajetreada y pública vida —suspiró, la miró y sonrió—. Creo que mejor ya me voy, prima.
Gisela la entendió, era la única que podía hacerlo.

Continuará...

Ámame, pero no indagues... (Prólogo)

Asunción, Paraguay (Sudamérica)
Época de elecciones presidenciales.

Son tiempos de hablar de política y políticos…
¿En éste libro? Mmmm, que aburrido. Bien, quizás solo un poco, como para crear un ambiente.
De un momento a otro los escenarios públicos cambian; por supuesto, refiriéndonos al arte de hacer política. La atmósfera llamada palestra pública a veces es deplorable; aunque en ocasiones podemos encontrar políticos verdaderamente situados en su labor; no obstante, son los menos. En esta tesitura, nos preguntamos ¿será acaso que merecemos a esa clase de personajes dirigiendo o llevando a pique los destinos de nuestros países?
Se dice que "Cada país tiene el gobierno que se merece" . Esta afirmación, de entrada, provoca airados rechazos, aunque la verdad, si los analizamos, resultan ser más viscerales que racionales, sobre todo entre aquellos habitantes con capacidad de pensar y que tienen la desgracia de residir en esos países en los cuales las cosas no andan como debieran.
En tiempos de elecciones es quizás el momento en que la "opinión pública" cumple un rol más trascendental, parte de la temática que se puede notar durante las campañas electorales es la generación de temas sensibles hacia la ciudadanía, previo a estudios de lo que usualmente causa mayor interés en la población: mejora en las calles, costo de vida, delincuencia, corrupción, desempleo, pobreza, vivienda, economía, salud, y otros. El fin es simple, poder generar opinión entre el pueblo para que tomen la decisión de por quién votar.
La opinión pública y la política suelen ir de la mano, así ha sido a lo largo de toda la historia. Conforme las elecciones se aproximan, cada vez son más recurrentes los mensajes en los medios de comunicación, exorbitantes cantidades de dinero son gastados en propaganda muy mal planeada. Y es donde aparecen las encuestas de preferencia, que no son más que resultados relativos de un grupo selecto de encuestados, pero que normalmente no reflejan la opinión real, a partir de resultados como estos se puede originar una opinión pública y por qué no, cambiar la opción de algunos al momento de votar.
¿Alguna vez escucharon esta frase? "En política hay que estar preparados para ser, no ser y dejar de ser ". Lo cierto es que hay muchos políticos que parecen no digerirla por completo, sobre todo aquellos que se enquistan y se momifican en el poder por el poder mismo.
¡Y de esos hay muchos!
Sobre todo los conservadores, que basan sus candidaturas –ya sea para presidentes, diputados o senadores– en premisas pasadas de moda, queriendo de ese modo mantener al público tradicional y captar a los indecisos, que sin tener opiniones fundamentadas, se deciden por lo que "creen" es lo mejor, o sea lo convencional.
Como a ninguna de las amigas que forman parte de esta serie de libros se las puede tachar de convencionales, la conversación esa tarde en su cafetería preferida dentro de un conocido shopping de Asunción rondaba alrededor de este tema:
—No pienso votar por ningún partido tradicional —dijo Sannie convencida—. Estoy cansada de todos nuestros políticos.
—¿Y por quién piensas hacerlo entonces? —preguntó Luana con el ceño fruncido— ¿Por el versado periodista que de política no sabe nada? No sé qué sería peor. Sabe hablar muy bien, obviamente, se expresa con maestría… pero no tiene experiencia ni siquiera para dirigir una empresa, menos un país. Y el otro…
—Quizás vote en blanco, como castigo —la interrumpió.
—Mmmm, no sé —dijo Kiara tomando un sorbo de su capuccino—. No comparto esa opción, bastante se ha luchado para poder realizar las votaciones como para ahora omitirlo con tu voto en blanco. Es una alternativa legítima, pero tiene como consecuencia que dejas que otros decidan por ti.
—Estoy de acuerdo —asintió Luana encendiendo un cigarrillo—. Además, ten en cuenta que por los porcentajes mínimos que una candidatura debe tener si desea entrar en el reparto de representantes electos, con tu voto en blanco puedes estar favoreciendo, sin pretenderlo, a aquellos a los que no deseas beneficiar, Sannie.
—Si no estás segura, nena —dijo Lisette sentándose junto a ellas—, votarás por quién yo te diga —y rió a carcajadas— ¡Hola chicas!
Todas la saludaron, a pesar de que había llegado con casi una hora de retraso. Bueno, no era conocida precisamente por su puntualidad.
La más puntual de todas siempre era Luana Moure, arquitecta, de 45 años y un hijo que acaba de entrar a la universidad. Feminista recalcitrante, es soltera por convicción y vocación, aunque hacía cerca de dos años su ideología tambaleó cuando conoció a Patricio Dionich, a quien le tomó varios meses y mucho esfuerzo convencerla de que estaban hecho el uno para el otro. Todavía no había logrado llevarla al altar, y sus amigas dudaban que algún día ella quisiera casarse, pero por lo menos aceptó su relación ante todos y actualmente viven en un condominio en casas pareadas, es visible y palpable el amor que se tienen .
Kiara Safuán fue compañera de colegio de Luana, casi un año menor que ella. Es uruguaya, pero vive en Paraguay desde los quince años. Es divorciada de un famoso abogado-juez y tiene un hijo estudiando en el extranjero. Es una morena atractiva, delgada y alta. Un poco tímida a veces y bastante callada, pero muy apasionada. Trabaja en una binacional como asistente del director hasta las tres de la tarde, luego tiene libre para hacer lo que se le antoje. Actualmente está en pareja con Gabriel Astabrugada, un ingeniero a quién conoció en casa de Patricio y con quien tuvo una relación muy inusual, absolutamente platónica al comienzo, pero en este momento conviven en la casa de su novio, y se llevan de maravillas .
Sannie Rotela es la más joven de todas con 40 años, es una hermosa y famosa bailarina y coreógrafa, tiene una conocida academia de baile y un spa exitoso. Es pequeña, esbelta a base de comer solo lechugas y pollo hervido, pero con curvas en los lugares estratégicos. Siempre tiene alguna historia picante que contar, o algún lio en el cual se ha metido, normalmente sin querer, a veces incluso inventado por la prensa amarillista. Es divorciada y tiene un hijo que fue compañero de colegio del de Luana, así fue como se conocieron. Es conocida por sus gustos particulares de hombres: jóvenes, musculosos y si son rubios, mejor.
Lisette Careaga es la mayor con 46 años, madre de tres hijos varones y divorciada hace casi veinte años. Tiene un novio que no la deja sola ni a sol ni a sombra. No trabaja, y ese es un gran misterio para todas, porque siempre está vestida como una reina. Conoce a medio mundo y la otra mitad, si necesitas saber la vida, obra y milagros de alguien, ella parece una enciclopedia social ambulante. Es alta, exuberante e interesante, con una lengua tan mordaz que a veces deja descolocado hasta al más intrépido de los varones.
¿Falta una integrante, no?
Hacía solo unos meses las cuatro amigas habían perdido a una de ellas, Susana Ortúzar, quien falleció en una intervención quirúrgica. Era una madre abnegada de 41 años y tres hijos, tuvo un divorcio tremendamente polémico unos años atrás, cuando descubrió que su marido tenía un romance con una de sus mejores amigas. Su pérdida les dejó una sensación de vacío muy difícil de llenar, y sobre eso continuó la conversación entre ellas:
—Susi ya no tendrá la oportunidad de votar —dijo Luana muy seria.
Todas se quedaron calladas por unos segundos, recordarla siempre tenía ese efecto en ellas.
—Mejor no hablemos de ella, Lua —dijo Lisette suspirando—. Cada vez que lo hacemos nos deprimimos.
—Además, ella no hubiera querido que la recordemos con tristeza —acotó Kiara—, su espíritu y alegría de vivir es lo que debemos atesorar.
—Yo todavía no puedo creerlo —dijo Sannie bajando la cabeza.
—Yo tampoco… —asintió Luana, muy triste.
—Bueno, mejor les cuento algo que las pondrá felices —acotó Lisette. Las tres la miraron interrogantes, continuó—: El jueves rompí con Alfredo.
—¿Y eso por qué nos pondría felices? —preguntó Kiara frunciendo el ceño.
—¡Ay, por favor, chicas! Sé que lo disimulaban magistralmente, pero a ninguna de ustedes les caía muy bien.
—Eso no es cierto… —refutó Luana.
—¿Por qué no podríamos apreciar a quién te tenía como una reina? —Preguntó Sannie—. ¿Cómo vas a hacer ahora para pagar tus cuentas?
Lisette sonrió.
—¿Por qué piensan que él pagaba mis cuentas?
—¿Y no es así? —Luana estaba confundida.
—Yo nunca les dije eso, no sé de dónde lo sacaron. Mis finanzas están bien, no se preocupen —contestó enigmática como era—. Además, no me tenía como una reina… era bastante tacaño en realidad, y muy egocéntrico, esa fue la gota que colmó el vaso.
Las tres amigas se lanzaron miradas furtivas. Era la primera vez que hablaba de su novio de esa forma, Lisette era sumamente sociable, pero poco dada a ventilar su intimidad. Tenía una personalidad desconcertante, aparentemente era una mujer muy segura de sí misma, se llevaba todo por delante, no tenía problema alguno en expresar su opinión sobre cualquier tema y normalmente lo hacía sin tapujos o pelos en la lengua, le pese a quien le pese. Y milagrosamente, siempre sus opiniones eran bien recibidas, quizás por su forma de ser y su desenfado al expresarlas.
En ese momento, Néstor, un amigo de todas ellas se acercó a la mesa y las saludó.
—¿Te sientas con nosotras? —preguntó Sannie.
—No, gracias. Me están esperando dentro del shopping —y miró a Lisette—. Por cierto, Lis… te luciste con tu discurso el sábado.
Lisette empezó a reír a carcajadas.
—Discurso fue el de él, rebatir su postura fue divertido —respondió.
—Le dejaste a ese idiota con la palabra en la boca, te felicito. Me encanta cuando alguien pone en vereda a imbéciles como ese.
—Bueno, creo que fuiste uno de los pocos que lo disfrutaron.
—¿De qué mierda están hablando? —preguntó Kiara confundida.
—Me tengo que ir… —dijo Néstor apurado, y se despidió de ellas con un saludo con la mano.
—¿Y bien? —preguntó Luana.
—¡Ay, no es nada! Encontré a Néstor en una reunión en casa de mi prima el sábado, el marido de Gisela es asesor y mano derecha del candidato a presidente. Estaba lleno de políticos y por supuesto, las conversaciones se centraban en sus campañas. Yo me sentía como pez fuera del agua, hasta que uno de ellos dio un conmovedor discurso pro-familia. Estoy a favor de la familia, por supuesto, pero la forma de encarar su candidatura no me pareció correcta, así que le dije lo que pensaba.
—¡Oh, ya me lo imagino! Cuéntanos más —pidió Kiara.
Y Lisette les contó…

Continuará...

CLTTR

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